domingo, 27 de mayo de 2012

El tsunami amenaza ahora a Obama

La crisis, que ha arrastrado a varios líderes europeos, pone al presidente de EE UU a la defensiva

El republicano Mitt Romney avanza en las encuestas

Antonio Caño Washington 27 MAY 2012 - 00:02 CET19

El tsunami político desatado por la crisis económica mundial, que ya ha arrasado Gobiernos de todas las tendencias, desde Islandia hasta Francia, amenaza ahora a la pieza mayor: la presidencia de Estados Unidos. La perspectiva de menor crecimiento, más paro y un empobrecimiento generalizado de la población ha creado un inquietante panorama electoral para Barack Obama, cuya condición de presidente en ejercicio, históricamente una ventaja, puede constituir, en el actual ciclo internacional, un serio inconveniente en noviembre.

Liberado ya parcialmente de sus ataduras con las radicalizadas bases conservadoras, el candidato republicano, Mitt Romney, ha empezado, por su parte, a creer en la victoria. Su mensaje, como prueban las encuestas, comienza ya a calar entre los ciudadanos afectados por las penurias de la economía, y su partido se ha sumado, con dinero y argumentos, a la caza de Obama, a quien se aprecia sorprendentemente a la defensiva.

El presidente cuenta aún con varios factores a su favor antes las elecciones de noviembre. A diferencia de otros líderes derrotados en Europa, Obama no es impopular —el apoyo al conjunto de su gestión ronda el 50% y el aprecio a su persona es casi diez puntos mayor— y puede verse beneficiado por un sistema electoral que no exige para la victoria la obtención de la mayoría del voto popular (marcha con ventaja en casi todos los Estados decisivos). Pero actúa fuertemente en su contra la frustración de los norteamericanos con la situación económica, que ha mejorado con respecto a 2008 pero no lo suficiente como para dejar atrás la irritación por el desempleo, los desahucios y los desequilibrios sociales.

Los votantes no parecen prestar gran atención al debate universal sobre políticas de austeridad o políticas de crecimiento. Su interés, seguramente, es el de políticas que funcionen, sean de la orientación que sean. En Europa, fueron arrollados gobernantes que defendieron el ajuste y la reducción del déficit. Obama puede ser castigado por lo contrario. Su primera gran decisión fue la firma de un gasto de 800.000 millones de dólares para estimular la actividad económica, y hace una semana consiguió que todo el G-8 respaldara esa línea de acción. Sin embargo, esa misma estrategia no ha tenido aquí el éxito prometido.

Incluso en su ciudad de Chicago, es fácil percibir la ansiedad de un electorado que respeta el esfuerzo hecho por Obama pero necesita mejores resultados. Sentado junto a su esposa en un restaurante de comida rápida del centro de la ciudad, un pequeño constructor que opera en toda la región del medio oeste expone su dilema en términos elocuentes: “Obama me parece un gran tipo, ha intentado cambiar algunas cosas y la oposición no le ha dado nunca tregua, voté por él y quizá lo haga otra vez, pero la verdad es que el negocio sigue sin levantar cabeza y que la gente sigue pasándolo mal”.

El paro ha descendido, pero se ha estancado en un preocupante 8,1%. Quizá incluso empeore cuando se conozca la cifra de mayo, el próximo viernes. Ningún presidente ha sido reelegido con más de un 7% de desempleo. Las grandes empresas, como las del sector del automóvil, han vuelto a obtener beneficios, pero, hasta el momento, lo han hecho sin crear puestos de trabajo. El consumo, que representa dos terceras partes de la economía norteamericana, se ha recuperado ligeramente, pero el gasto promedio es todavía un 30% inferior al de comienzos de 2008. En el último año, ha crecido ligeramente el optimismo de la población, pero todavía cerca de un 60% estima que el país camina en la dirección equivocada y un 63% cree que sus hijos vivirán peor que ellos. Incluso la Bolsa, que estaba volviendo a valores anteriores a la debacle financiera, ha retrocedido considerablemente en el último mes como consecuencia del impacto por la incertidumbre en Europa.

La crisis europea actúa como una losa sobre la economía norteamericana. Obama ha intentado intervenir para que los dirigentes europeos tomen medidas urgentes para elevar el bienestar y la capacidad adquisitiva de sus ciudadanos, pero hasta el momento no ha tenido éxito. A ese obstáculo se suma ahora un clima recesivo general, que se aprecia ya en China y que el diario The Wall Street Journal pronostica también para los próximos meses “en India, Brasil, Sudáfrica y otros lugares”.

Imposible en el mundo actual analizar el horizonte electoral en EE UU independientemente de esa realidad. La leve recuperación económica norteamericana en el periodo reciente ha estado, en parte, apoyada en las exportaciones, que crecieron en el último año más de un 7%. Si a la crisis de la Unión Europea, que representa casi el 20% de las compras de productos estadounidenses en el exterior, se suman otras regiones, el riesgo de una próxima recesión se agudiza. Los economistas han rebajado el aumento del Producto Interior Bruto norteamericano, del 3% que se consiguió en el último trimestre de 2011, hasta poco más del 2% que se anticipa para final de este año. Por no hablar del peligro de burbuja tecnológica que se atisba tras los problemas de cotización de las acciones de Facebook en su debut en el mercado de valores. Incluso si los peores augurios no se cumplen, Obama parece ya condenado a afrontar las elecciones en un ambiente de desaceleración económica y, por tanto, de intranquilidad entre los votantes.

Ante eso, ante el peligro que supone acudir a las urnas con la misma pregunta que Ronald Reagan formuló en 1984 —“¿está usted hoy mejor que hace cuatro años?”—, la campaña de Obama se ha propuesto enfatizar el contraste personal entre el presidente y su semidesconocido contrincante. Reagan, que consiguió una fuerte recuperación económica en su primer mandato, triunfó porque la respuesta a su pregunta era un rotundo sí, pero también porque había demostrado en el Despacho Oval una fuerte personalidad y porque competía con un rival muy débil, como era Walter Mondale.

Obama trata de reproducir esas dos últimas circunstancias. El presidente se ha revelado como un hombre firme en el uso de la fuerza y en el manejo de la política exterior, el ángulo mejor valorado de su gestión en todas las encuestas. La muerte de Osama Bin Laden, la conclusión de la guerra de Irak y el comienzo del fin en Afganistán han creado una sensación de confianza en su conducción y han contribuido a crear la imagen de que el país está bien representado en el mundo. Es un aspecto que su campaña tratará de rentabilizar al máximo.

El otro objetivo de explotación electoral es el de la fragilidad de Romney. Obama se ha centrado estos días en recordarle al público la trayectoria de su rival al frente de Bain Capital, una firma de inversión cuyo trabajo consiste en comprar empresas en quiebra, reducir su tamaño, reestructurarlas y venderlas posteriormente con el mayor beneficio posible. Es lo que algunos asesores de Obama han llamado “un capitalismo de buitres”. Sin ir tan lejos, el propio presidente declaró esta semana en Iowa que “la visión del mundo que Romney obtuvo en su experiencia empresarial es la que le llevó a decir en este mismo lugar que las corporaciones son personas”. “El trabajo de un presidente no es maximizar beneficios”, ha recordado.

En su respuesta, el candidato republicano ha acusado a Obama de no entender el funcionamiento del capitalismo y de demostrar una ideología que condena la riqueza y la prosperidad. “Sus críticas son un ataque a la libre empresa”, ha contestado Romney. Pese a que el nombre de Bain solo le resulta familiar a un 53% de los que responden una reciente encuesta de NBC-The Wall Street Journal, Bain y la indiscutible adscripción de Romney al exclusivo círculo de los millonarios van a tener un considerable peso electoral.

Lo que tiene que decidirse en estos cinco meses es si el malestar por la crisis va a anteponerse a cualquier duda sobre la categoría del recambio. El candidato así lo cree, sobre todo después de su ascenso en la intención de voto entre los independientes, que no comparten las suspicacias sobre la fortuna de Romney. El Partido Republicano, sanadas algunas de las heridas de las primarias, también actúa por primera vez convencido del triunfo. La maquinaria de recolección trabaja ya a pleno rendimiento. El mes pasado, el aspirante recaudó tanto como el presidente, y le supera ampliamente en el volumen de los fondos disponibles por los llamados Comités de Acción Política (PAC), un instrumento con ilimitada capacidad legal de gastar dinero a favor o en contra de una candidatura.

Obama conserva algunas ventajas. La principal es su posición actual en los Estados en los que tradicionalmente se juega la presidencia. El presidente está por delante en las encuestas, en mayor o menor medida, en Ohio, Wisconsin, Florida, Pensilvania y Virginia, y es competitivo en Colorado y Carolina del Norte, incluso en Arizona, la tierra de John McCain. En todos ellos el índice de paro es inferior a la media nacional.

La campaña de Obama confía en esas cuentas para conservar la Casa Blanca, aunque sabe que, para conseguirlo, necesitará una fuerte movilización de sus bases electorales más seguras, los jóvenes y los hispanos. En ese sentido puede ayudar algo el reciente anuncio sobre el respaldo del presidente al matrimonio entre parejas del mismo sexo. Por lo que respecta a los hispanos, un grupo en el que Obama supera a Romney por casi 40 puntos en las encuestas, la principal amenaza es que finalmente no acudan a las urnas en la misma proporción en que lo hicieron hace cuatro años.

En el mejor escenario posible, en el cuartel general de la campaña demócrata, en Chicago, se asume con naturalidad la posibilidad de que el presidente, aunque gane, sufra una considerable erosión de votos.

Obama ha hecho un trabajo apreciable al frente de la nación, sobre todo en la reparación de algunos de los graves daños heredados. Pero, por múltiples razones, no ha redondeado una gran presidencia. Su mayor logro, la reforma sanitaria, ni siquiera es una baza electoral. No puede aspirar en noviembre a la coronación con la que quizá soñó algún día. Sigue siendo, sin embargo, un buen candidato. Unas elecciones, en última instancia, consisten en decidir si la opción A es mejor que la opción B, y ahí Obama es una excelente carta. Pero estas elecciones en particular se celebran en un tiempo de convulsión en el que la impaciencia e inconsideración de los votantes saltan barreras y cruzan océanos, en una galopada justiciera que no conoce amigos.