domingo, 25 de abril de 2010

Un estante llamado “Kapuscinski”

Maciek Wisniewski *

Gabriel García Márquez, en un texto escrito después de la muerte de su amigo Julio Cortázar, lamentaba que se dejó engañar por las editoriales en busca de una ganancia fácil: en uno de los estantes de la librería, entre las rediciones de las obras del autor de Rayuela, encontró un libro que bien podía haber sido el último opus del argentino, pero resultó ser sólo una insignificante compilación, una trampa tendida a los lectores distraídos.
Si el autor de Cien años de soledad hubiera entrado a una librería en Polonia después de la muerte del otro amigo suyo, el reportero y escritor polaco Ryszard Kapuscinski (fallecido en 2007) hubiera encontrado una situación parecida: estantes igualmente llenos de rediciones y de compilaciones de textos de Kapu y alrededor de él, mantenidos, por lo general, en un tono insoportablemente hagiográfico.
Fue una trampa que nos tendimos a nosotros mismos: los libros póstumos reproduciendo una imágen mitificada y deformada de Kapuscinski, que nos dedicamos a construir, impedían el verdadero conocimiento de Kapu; éste muchas veces se limitaba sólo a mirar al monumento que se le erigió o a la colección de libros en el estante que permanecían allí sin leer.
Sólo cuando hace un mes en las librerías apareció Kapuscinski non-fiction, biografía escrita por Artur Domoslawski, discípulo de Kapu, surgió una oportunidad de aproximarse a su persona y su obra. Sin embargo, la manera en que lo mitificamos hizo que todo intento de discutir en serio sobre él, o tocar los temas que él mismo a veces prefería callar, tuvo que ser visto en principio como sacrilegio o “parricidio”, como la viuda de Kapuscinski había calificado el trabajo de Domoslawski, al intentar –sin éxito– bloquear la distribución del libro.
La biografía ha desatado polémicas y suscitó un debate poco visto en Polonia, país de muy baja cultura de discusión pública (quizás sólo comparable con la reacción al libro Los vecinos, de Jan Tomasz Gross, sobre el antisemitismo polaco). La noticia también dio vuelta al mundo, aunque muchas veces se señalaban controversias donde no las había, por ejemplo, al tildarla como ataque al escritor.
Pero el libro no atenta contra Kapuscinski ni daña su memoria; al contrario: mostrar a Kapu por primera vez, a contrapelo de su visión idealizada, como ser humano de carne y hueso, con contradicciones e imperfecciones, ayuda a comprenderlo. El biógrafo, en vez de dedicarse a mostrar las grietas en el monumento, señala que toda la idea del monumento es absurda y revalora la idea de la “grandeza”: no necestimos a Kapuscinski símbolo, sino a Kapuscinski observador vivaz, de fuerte convicción ética y política reflejada en sus trabajos. Al ofrecer una visión múltiple de él –habla de su taller profesional, de su experiencia de trabajo, de la vida privada y de su pensamiento social y político– el autor rescata también algunas facetas que quedaron invisibles de Kapu, como su vocación izquierdista que, en Polonia, país conservador, con fuerte hegemonía neoliberal, ha sido censurada para poder desarrollar su culto general.
Después de haber hecho un significativo trabajo de documentación e investigación, el autor trata varios temas con los cuales se había topado, y lejos de acusar a su maestro ofrece las explicaciones con mucha empatía. Por ejemplo, el tema de la vida privada, siempre mantenida en secreto por Kapuscinski, es abordado con mucha delicadeza; respecto de las fabulaciones en su propia vida, como las historias de supuestas amenazas de fusilamientos o presuntas amistades con Lumumba o Che Guevara, señala que a veces fuimos nosotros, los kapumaniacos, que nos dedicamos a reproducirlas ayudando a crear su leyenda (nota bene: leer esta biografía junto con la de Gabo, de Gerald Martin, muestra que la actitud de Kapu no ha sido tan inusual, ya que el Premio Nobel colombiano había ido mucho más lejos en la recreación de su vida); a los contactos de Kapu con los servicios secretos de la Polonia socialista, el autor contrapone los contactos de los periodistas estadunidenses con la CIA, que tienden a ser vistos como “normales”, etcétera.
Algo semejante sucede con las supuestas “acusaciones” de falta de objetividad en su oficio o de fabular en sus reportajes, como se había informado. La lectura de la biografía muestra algo distinto: primero, no se puede decir que Kapuscinski careció de objetividad, porque nunca creyó en un “periodismo objetivo”, al afrimar que siempre había que declararse por algún lado; segundo, Domoslawski no cuestiona el valor periodístico de Kapuscinski, sino más bien, siendo él mismo reportero, abre un debate acerca del límite entre el periodismo y la literatura, hechos y ficción, frontera que Kapuscinski cruzaba al optar por la metáfora para resaltar a menudo la dimensión universal de sus historias (por ejemplo, el tema del poder en El emperador o en Sha) –¿demasiado a menudo?
El autor de la biografía bromeó al decir que habría que cambiar los libros de Kapu del estante fact al estante fiction, sino que debería haber un estante separado, llamado “Kapuscinski”; quizás en el mismo podría caber también Kapuscinski non-fiction.
Es probable que Kapu no estaría encantado con algunas cosas allí contenidas. Pero este libro es una propuesta seria a un lector atento, dispuesto a revalorar su mirada hacia él; al fin y al cabo, quien sale ganando aquí es el mismo Kapuscinski.
* Periodista polaco