jueves, 22 de abril de 2010

JEP lega sus obras y un “adelanto tecnológico”: una estilográfica


El poeta depositó en una cápsula del tiempo sus objetos, que serán “descubiertos” en 2110

*Durante muchos siglos, explica en Madrid, “hubo que hacer una pausa para rebujar primero la pluma de ave y después la pluma en el tintero’’
*Mañana recibe el Premio Cervantes de Literatura

Armando G. Tejeda
Corresponsal
Periódico La JornadaJueves 22 de abril de 2010, p. 3
Madrid, 21 de abril. El poeta mexicano José Emilio Pacheco (JEP) convirtió el acto de entrega de un legado “secreto” en una caja acorazada del Instituto Cervantes de Madrid en un alegato discreto y profundo de la poesía, de la lengua española y de su propia obra, “un átomo en una cadena que empezó hace mil años”.
Enfrentado de bruces con la posteridad, con lo póstumo o con el devenir de objetos tan cotidianos y necesarios como la “pluma estilográfica”, el Premio Cervantes de Literatura 2009 afirmó: “Como todos los seres humanos, vivo, y no podría ser de otra manera, en la absoluta ignorancia del porvenir”.
En los años recientes, los escritores que son reconocidos con el máximo galardón de las letras hispanas han tenido entre su apretada agenda previa a la ceremonia de entrega una visita obligada al Instituto Cervantes.
Ahí, en un edificio que hasta hace unos años fue la sede central de un importante banco español, se abre una caja de acero inexpugnable.
En ese recinto cerrado y repleto de llaves y de claves secretas, JEP tenía la encomienda de dejar un “legado secreto” que se abrirá en cien años, como una manera de transmitir conocimiento y obra a las futuras generaciones.
En los años recientes han dejado su “caja secreta” escritores como Juan Marsé o Ana María Matute, o la prima ballerina assoluta cubana Alicia Alonso.
La entrada a la caja acorazada está custodiada por una inmensa puerta de acero, con una enorme cerradura que se asemeja a los timones de barco y un sinfín de mecanismos internos que la convierten en una puerta infranqueable.
Ahí esperaban a José Emilio Pacheco, para que dejara su legado, la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel, y la ministra de Cultura española, Ángeles González-Sinde.
Dentro, decenas de pequeñas cajas de acero vacías permanecen a la espera del legado póstumo de otros artistas o escritores.
El poeta, narrador y traductor mexicano llegó con su andar pausado y depositó en una silla próxima un pequeño maletín negro en el que guardaba los objetos y documentos que quería dejar a la posteridad.
De entrada, anunció: “Yo no voy a mantener en secreto lo que voy a dejar”.
Porque JEP convirtió la caja acorazada y sus paredes inexpugnables en un escenario sobre el que interpretó una obra literaria creada ex profeso, desde la que no sólo reflexionó sobre el tiempo que no verá, sino también sobre el que padeció.
“Dice un poema de Wislawa Szymborska que leemos cartas de los muertos y somos como dioses desamparados, pero dioses después de todo, porque sabemos qué sucedió más tarde. No han nacido quienes abrirán esta caja, un 21 de abril, pero no del terrible 2010, sino del impensable 2110. Ellos sí saben lo que va a suceder más tarde. Yo no.
“Como todos los seres humanos, vivo, y no podría ser de otra manera, en la absoluta ignorancia del porvenir. Hay una sensación de vértigo y terror al dejar caer estos guijarros en el insondable pozo del tiempo”, dijo el autor de Como la lluvia.
“Dentro de un siglo nadie recordará mi nombre ni mi trabajo”, aseguró.
Pacheco detalló entonces el contenido del “legado”: dos libros de reciente publicación en España, Tarde o temprano, que es la recopilación de todos sus libros de poesía, y la novela Las batallas en el desierto.
También dejó unos manuscritos separados por unos cuantos años de distancia y elegidos al azar, algunos escritos en el papel más barato de su juventud, el papel revolución. Además de una pluma estilográfica, “que fue un gran adelanto tecnológico porque durante muchos siglos hubo que hacer una pausa para rebujar primero la pluma de ave y después la pluma en el tintero”.
Por último, un bolígrafo –cuyo origen es un poco triste, pues fue inventado por causa de los bombardeos aéreos– y un rotulador para que las personas del futuro vean “estos instrumentos, que en un siglo serán como vestigios hallados en una cueva de la prehistoria”.
Pero JEP también dejó en herencia una frase reveladora y rotunda: “No sabremos si habrá libros en el siglo XXII, pero me atrevo a creer que en formas desconocidas para nosotros existirá la lengua española y la poesía. Y mi obra es una gota de agua en el océano, un átomo en una cadena que empezó hace mil años y ahora aquí transmito a ustedes para que tengan piedad de mí y compasión por nuestra época tan oscura y tan sangrienta”.
El poeta estuvo acompañado de su esposa, Cristina, y de sus hijas Laura Emilia y Cecilia.