lunes, 26 de enero de 2009

Mea Culpa

Denise Dresser

Ciudadanos y ciudadanas. Estoy aquí para pronunciar el discurso que ustedes quisieran oír; el que merecen escuchar. Como Presidente constitucional de México, yo, Felipe Calderón, confieso ante los ateos, los agnósticos, los musulmanes, los evangélicos, los judíos, los budistas, las madres solteras, los divorciados, los homosexuales, las lesbianas y vosotros hermanos que me he equivocado seriamente en pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa he minado los cimientos del Estado laico y asumido posturas públicas que corren en contra el liberalismo democrático que debería guiar mi conducta y la del gobierno. Al hablar como lo hice en el VI Encuentro Mundial de las Familias -organizado por el Vaticano- violé el espíritu de la Constitución que juré defender. Violé los preceptos de la separación Estado-Iglesia sobre los cuales México ha intentado construir un país moderno. Ahora quisiera rectificar y hablarles con la claridad y el respeto que ansían lo habitantes de un país plural.

En aquel encuentro, tuve que haber dado la bienvenida como un jefe de Estado y no pronunciar un sermón, como fue el caso. Debí inaugurar el evento, pero no formar parte de la cruzada religiosa a la cual dio pie. Fue un error confundir aquello que guía mi fuero privado con mis labores públicas. El artículo 24 de la Carta Magna me da derecho a profesar y practicar mis creencias religiosas. Pero no me da derecho a suponer que son mejores que las de otros, o que deben ser asumidas por todos los mexicanos, o que la historia de México debe ser entendida a través de los Mártires de la Persecución. Cuando hablé de la promoción de "los valores y principios fundamentales" para el país, no enfaticé aquellos que construyen la democracia liberal; enfaticé aquellos vinculados con mi credo. No hablé desde la inclusión sino desde la exclusión.

Sé que tengo derecho a practicar mi fe, respetar mis valores, saludar a mis santos, hacer una apología de mi educación religiosa. Pero es un acto de torpeza presumir esa fe, esos valores, esos santos y esa religión como Presidente, ante mis compatriotas. Porque en este país hay muchas formas válidas de ser mexicano, no sólo aquellas reconocidas por la Iglesia Católica. Debí haber seguido el ejemplo de Barack Obama, quien es su discurso inaugural dijo "somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes y no-creyentes (...) Y porque hemos probado el sorbo amargo de la guerra civil y la segregación y emergido de aquel capítulo oscuro más fuertes y más unidos, no podemos dejar de creer que los viejos odios algún día pasarán; que las líneas de la tribu serán disueltas; y que conforme el mundo se achica, nuestra humanidad esencial será revelada...".

Yo, lo reconozco, me porté de manera tribal ese día. Actué como un católico que sigue los lineamientos del Vaticano, pero no como un Presidente que respeta los lineamientos de la Constitución. No reconocí ni celebré ni aplaudí la humanidad compartida por millones de mexicanos que han elegido vivir de maneras distintas: las mujeres que crían hijos solas y las mujeres que los crían acompañadas, unos que creen en Dios y otros que dudan de su existencia; quienes cargan con un crucifijo y quienes se arrodillan hacia La Meca; los que aman a personas del mismo sexo o los que aman a personas del sexo contrario. En lugar de reconocer a los mexicanos con experiencias vitales diferentes a la mía, hice caso omiso de ellas. En lugar de apelar a la diversidad, ensalcé a la familia tradicional. Millones de mexicanos se volvieron invisibles para mí. Mandé un mensaje: no hay espacio en este país para ellos.

Peor aún, repartí sablazos morales al sugerir que los divorcios producen delincuentes. Que las madres solteras merecen compasión. Que la única familia sólida es la familia tradicional. Que sólo hay una forma reconocida de llegar al cielo. Que un entorno familiar distinto al mío es disfuncional. Dividí a México en bandos de buenos y malos, en familias decentes y familias "extracurriculares", como lo señala Carlos Monsiváis. En vez de franquear las brechas que aún nos distancian, las ahondé. Pero peor aún, no hice un llamado a combatir la discriminación; no convoqué a luchar contra la homofobia; no exhorté a pelear contra la intolerancia; no subrayé la necesidad de proteger a las minorías; no resalté la necesidad de construir un sistema político capaz de proveer todos los derechos para todos, al margen de la raza, el género, la preferencia sexual, la edad, el camino andado.

Ustedes se preguntarán por qué me comporté así. Quizás sólo puedo reconocer que fue un acto motivado por imperativos electorales. En el pasado, había intentado no repetir los errores que cometió Vicente Fox y empañaron su gestión: confundir lo privado con lo público, usar el púlpito presidencial para darle a Dios lo que es del César, trivializar la simbología que acompaña a los actos presidenciales y subestimar su impacto. Había sido muy cuidadoso con respecto a temas religiosos y sin embargo ahora las circunstancias me obligan a cambiar, a revirar, a emular a quien tanto critiqué. La elección intermedia se avecina y si las cosas siguen como van, al PAN se encamina a perder apoyos y votos y puestos y curules. Los asesores políticos me han dicho que una manera de movilizar mi base electoral es a través del conservadurismo confesional. Hice un cálculo y llegué a la conclusión de que los beneficios potenciales superaban los costos incurridos. Algunos intelectuales me criticarían, algunos divorciados me condenarían, algunos columnistas cuestionarían la confusión de mi papel. Pero a cambio tal vez podría conseguir un caudal de votos católicos.

Sé que contribuyo a erosionar principios constitucionales básicos cuando actúo como Presidente proselitista. Sé que al asumir posturas católicas no respeto las libertades de otros grupos. Sé que me alejo del constitucionalismo liberal que debería promover. Sé que la democracia debe trascender una definición minimalista y abarcar la autonomía y la dignidad del individuo contra cualquier forma de coerción, ya sea de la Iglesia, la sociedad o el Estado. A nivel teórico, entiendo esos argumentos pero no los hago míos. Aquel día, rodeado del clero católico, me sentí en casa y mimeticé su lenguaje. Me revelé tal y como soy; no creo verdaderamente en la separación Estado-Iglesia; no asumo la laicidad como instrumento de navegación. Creo que si el PAN necesita apelar a Dios y al catolicismo para mantenerse en el poder, debe hacerlo. Por ello pido perdón, con una advertencia: quizás me he equivocado, pero por lo menos no he pecado.

Reforma26/01/2009