viernes, 3 de julio de 2009

PLAZA PÚBLICA

Distrito Federal (Iztapalapa incluida)
MIGUEL ÁNGEL GRANADOS CHAPA

Además de veintisiete diputados federales, los ciudadanos del DF elegirán pasado mañana a sesenta y seis diputados locales a la Asamblea Legislativa (cuarenta de mayoría y 26 de representación proporcional) y 16 jefes delegacionales. Recién llegados a los comicios para escoger a sus propios gobernantes (en 1988 votaron por primera vez por una Asamblea de representantes, en 1997 por su jefe de Gobierno y en 2000 por los delegados), los capitalinos impusieron marcas singulares a la actividad electoral que no se hallan en el resto de la república.

El rasgo más sobresaliente es la postergación del PRI. Mientras que en la elección de diputados federales se augura un nuevo florecimiento de ese partido, que en 2006 cayó al tercer lugar en San Lázaro, en la Ciudad de México el antaño partido dominante es una organización perdedora, privada casi por entero de posibilidades de obtener más que diputados de representación proporcional. Desde mucho antes de que la pluralidad partidaria y el respeto al voto favorecieran la actual distribución de poder, la votación a favor del PRI descendía paulatina, pero consistentemente. En 1988 el tricolor perdió por primera vez las senadurías del DF y un importante número de diputaciones, a manos no del PAN que había sido su opositor tenaz, sino del Frente democrático nacional.

A partir de 1991, el PRD que resultó de aquella organización creada en torno del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas ha incrementado su presencia en los órganos de Gobierno de la capital, hasta convertirse en la fuerza dominante. En 1997 con el propio Cárdenas obtuvo la jefatura de Gobierno, en mandato que ha sido refrendado ya dos veces, la primera en 2000 con Andrés Manuel López Obrador, que triunfó con apenas márgenes estrechos sobre Acción Nacional (que entonces vivió un auge insólito y no repetido gracias al efecto Fox) y con gran holgura en 2006 (gracias al efecto López Obrador), con Marcelo Ebrard a la cabeza.

En la primera mitad de su Gobierno, López Obrador tuvo que gobernar con una Asamblea legislativa adversa, con mayor número de diputados opositores: 21 de la Alianza por el cambio, 14 de los cuales eran panistas y 7 correspondían al Partido Verde, contra 19 del PRD. En 2003, en cambio, el PRD ganó 37 de las 40 curules de mayoría y obtuvo el Gobierno de 13 de las 16 delegaciones. Hace tres años su victoria fue aun más sobrada: mantuvo su mayoría en la Asamblea y 14 delegaciones.

Según las encuestas, ese predominio continuará. Reforma realizó a mediados de junio el sondeo más reciente, que muestra una preferencia de 39.6 por ciento de los capitalinos a favor del PRD. Si bien el porcentaje es menor que el expresado en las urnas en 2003 y 2006 (43 y 50 por ciento respectivamente), asegura la mayoría perredista en la Asamblea, ya que los opositores se hallan en niveles mucho más abajo: el PAN obtuvo el apoyo de 25.4 por ciento y el PRI de 15.4 por ciento.

Parece igualmente probable que el panorama en las delegaciones se mantenga como hasta ahora o acaso con leves variaciones. Quizá conserve Acción Nacional el Gobierno de Miguel Hidalgo y Benito Juárez, aunque el PRD presentó la candidatura de figuras muy atrayentes, las de Ana Gabriela Guevara y Bernardo Bátiz. Si el PAN perdiera alguna de ellas, acaso compensaría la derrota triunfando en Coyoacán, perredista desde hace nueve años. En el resto de las delegaciones las encuestas indican inclinaciones del electorado que permitirán al PRD, a solas o con sus singulares aliados-adversarios del PT y Convergencia seguir gobernando. Salvo en Iztapalapa, que se ha convertido en un singularísimo fenómeno político.

En esa delegación van a resolverse varios de los dilemas que cruzan al PRD, especialmente el de la relación de Nueva Izquierda con López Obrador, y aun el destino político de éste, que se ha empeñado personalmente en una campaña cuya frustración serviría a sus adversarios para mostrar la disminución de su influencia dentro de esa organización, lo que a su vez impulsaría el enfrentamiento interno, al que los chuchos no se han atrevido hasta ahora ante el temor de que si expulsan al ex candidato presidencial quede desfondado su partido.

López Obrador ha concentrado su esfuerzo electoral en revertir el fallo del Tribunal Federal Electoral que depuso de la candidatura al Gobierno delegacional a Clara Brugada y la sustituyó por Silvia Oliva, miembro de la familia chuchista que domina Iztapalapa y es encabezada por el senador René Arce, que fue delegado en esa demarcación, como lo fue su hermano Víctor Hugo Cirigo y como espera que lo sea su esposa, Silvia Oliva.

La operación en que se empeña el ex jefe de Gobierno es complicada y de ardua realización, ya que debe partir de la explicación sencilla y convincente a sus compañeros perredistas en Iztapalapa de que esta vez y allí no voten por el PRD sino por el Partido del Trabajo. Brugada, a su vez, tuvo que convencer a los votantes de que no sufraguen por ella, sino por el candidato petista Rafael Acosta, que era su antagonista y está comprometido a renunciar al triunfo si es que lo obtiene. Como estaban ya impresas las boletas cuando la justicia electoral puso a Brugada fuera de combate (o lo intentó sin éxito pleno) su nombre permanece en las papeletas, pero quien lo escoja estará en realidad votando por Oliva.

El liderazgo de López Obrador se basa en muchos factores. Pero quedará erosionado si no realiza la hazaña de hacer jefa delegacional a Brugada.

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