viernes, 7 de noviembre de 2008

Discurso generoso en adjetivos con párrafos propios de misa

■ Despedida a una vieja clase política que llenó el Campo Marte

■ Amor por México y sensibilidad, prendas de Mouriño, dijo Calderón
Arturo Cano

Le faltan adjetivos al Presidente. En el acto de convertir los funerales de Juan Camilo Mouriño y sus colaboradores en un adelantado evento electoral, Felipe Calderón encuentra 50 palabras o expresiones para elogiar a su desaparecido amigo y, al mismo tiempo, para despedir a la vieja clase política. Mouriño es, dice el mandatario, digno representante de una “nueva generación de políticos formada en la pluralidad y la absoluta lealtad a la democracia”. Jóvenes –Mouriño tenía 37 años– que son “una promesa que se cumple conforme asumen responsabilidades públicas”.

La “vieja” clase política atestigua en las primeras filas de las gradas. Y brinda un aplauso de despedida tras el torrente de elogios. El presidente Calderón destaca de Mouriño su amor a la patria, el apego a sus principios, su dedicación y talento, su energía y su eficacia.

El discurso tiene poca sustancia, muchos adjetivos y párrafos propios de una misa. Pero dura 25 minutos. Se trata, al parecer, de hacerlo extenso para subrayar la idea de la “nueva generación de políticos” que llegó para quedarse, pese a la trágica pérdida de su principal exponente.

Calderón alude cinco veces a la cualidad de Mouriño que más le benefició, en tanto su jefe: la lealtad. Otras caracterísiticas también merecen subrayarse: su amor a México (tres veces), su sensibilidad política (tres), su eficacia (tres), su inteligencia (dos), su “visión estratégica” (dos), su disposición o capacidad para el diálogo (siete menciones).

Frente al presidente Calderón hay ocho féretros y una especie de urna. El ataúd con los restos de Juan Camilo Mouriño ocupa un lugar especial, separado de los demás. Delante de cada caja hay una foto grande de la persona muerta.

Seis batallones, banda de guerra, funeral de Estado con más de mil invitados, oscuras las tribunas por la ropa de luto.

Los féretros son colocados poco antes de las nueve de la mañana, mientras arriban los últimos convocados.

“¡Que tomes a Olegario Vázquez Raña!”, le ordenan a un camarógrafo, quien busca con su lente al personaje aludido en las gradas repletas de dirigentes partidistas, ministros de la Suprema Corte, diputados y senadores, empresarios, líderes sindicales, la plana mayor de Televisa y funcionarios públicos de los más altos niveles.

Abajo, de pie, el gabinete en pleno y los representantes de los otros poderes. La última en tomar su lugar es la secretaria de Educación, Josefina Vázquez Mota. El miércoles, la SEP puso como cabeza principal de su síntesis informativa la nota de interiores de un diario: claro, hablaba de que Vázquez Mota “suena” para ocupar el lugar del desaparecido secretario de Gobernación.

En las gradas del frente, el Campo Militar Marte de por medio, están los demás invitados.

Al centro, en la primera fila del graderío destinado a los invitados importantes, está Marcelo Ebrard, única voz oficial en las primeras horas de la tragedia. Cerca de él ocupan lugares varios gobernadores, Beatriz Paredes y Emilio Gamboa Patrón, cuya presencia subraya la ausencia de Manlio Fabio Beltrones. En la misma fila está el senador Carlos Navarrete, de los últimos en llegar en compañía de Guadalupe Acosta Naranjo, quien recibe en la espalda palmaditas de César Nava, secretario particular del presidente Calderón.

En Campo Marte, “todo México” –escribirían los cronistas de antaño– escucha atentamente la lista de elogios hecha discurso que el Presidente dedica al secretario de Gobernación que, según numerosas versiones, estaba a punto de dejar de serlo.

Franco, alegre, sereno, capaz, talentoso, dedicado, lleno de energía, inteligente, disciplinado, recto, tolerante, patriota con “amplitud de miras”. No es la hora de regatear ningún calificativo para un “hombre de acción”, de “carácter”, que con su “liderazgo” supo darle “mayor cohesión” al equipo de gobierno.

El doble juego

“Soy el primer interesado en que surja la verdad y se esclarezcan las causas de estos hechos”, dice el Presidente, antes de los adjetivos. En esa línea se ha mantenido desde su primera declaración. A Luis Téllez, vocero de ocasión del gobierno federal, le ha correspondido fortalecer la hipótesis del accidente, incluso deslizando a los medios el posible “error humano”.

No se alude, en las explicaciones oficiales ofrecidas hasta el momento, a las fallas en la seguridad que comenzaron a ser señaladas desde que ocurrió el accidente. Pero mientras Téllez va ofreciendo pruebas de un “accidente”, el presidente Calderón se niega a darle ese nombre y destacados panistas sugieren la posibilidad de un atentado por la vía de insistir en la investigación a fondo.

“Están en un doble juego: Luis Téllez machaca la versión oficial del accidente y el Presidente y los panistas juegan con la posibilidad de un atentado. Quieren su Colosio para 2009”, dice un legislador priísta, pescado al término del acto mientras espera su automóvil.

Puede ser, admite el priísta, que como dice Germán Martínez, Mouriño haya sido el “arquitecto del triunfo electoral” de Calderón, pero el discurso presidencial lo quiere convertir también en pieza clave de la reforma de Petróleos Mexicanos. “No fue un actor relevante en esa reforma”, remata el legislador, en alusión a los ya célebres contratos familiares que inhabilitaron políticamente a Mouriño para negociar el tema energético.

A unos pasos, otro personaje espera su automóvil, un Audi gris, mientras el Paseo de la Reforma se inunda de bocinazos a causa de los camiones que van por los invitados, de las camionetas y autos lujosos que acuden por los funcionarios.

Como pollitos alrededor de mamá gallina, los dirigentes del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación permanecen en bolita, atentos al menor gesto de la profesora Elba Esther Gordillo, quien hizo publicar tres esquelas para lamentar la muerte de Mouriño: una por el Partido Nueva Alianza, otra por el SNTE y una más a nombre propio.

Enfundada en un traje sastre negro, con una bufanda color hueso, la maestra no hace caso de los atentos líderes. Gira sobre sí misma a cada instante, mira hacia todos lados, impaciente. Sólo habla con el muy solícito secretario ejecutivo del sindicato, Rafael Ochoa Guzmán, quien no se cansa de apurar a los ayudantes por el carro de la maestra. Ella al fin se va, sin que nadie pueda preguntarle si se fue con Mouriño la alianza electoral con el Partido Acción Nacional.

Dos tandas de aplausos

La clase política observa, a su derecha, a las familias de las víctimas del avionazo, que ocupan una carpa levantada ex profeso. Padres, madres, esposas, hijos, reciben las condolencias del presidente Calderón, quien les entrega también las banderas que poco antes cubrían los féretros. Sólo los poderosos lentes de los fotógrafos alcanzan a tomar los gestos de dolor, las lágrimas.

Poco antes, el presidente del rebase por la izquierda acude a las bienaventuranzas de la liturgia católica (Mateo) para afianzar desde su cargo al Estado laico: “Sabemos que son bienaventurados los limpios de corazón,… bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, bienaventurados los que por causa de lo alto son insultados y se diga toda clase de calumnias en su contra, porque su recompensa será grande”.

Mouriño es, ya, merced a su prematura desaparición, símbolo de esa “nueva generación” de Calderón, una figura que huele a elecciones intermedias. Una generación de políticos, a juzgar por el discurso, que ha de ser no sólo leal a la democracia, sino también creyente. Porque, ¿quién insulta y persigue a los bienaventurados? Aquellos, explicaría un cura, cegados por las “fuerzas diabólicas” que niegan el advenimiento del reino de Dios.

No se baten palmas al finalizar el discurso. Pero un largo aplauso, solicitado por los organizadores, despide los féretros. Desde los altavoces anuncian que Calderón se retira. En lugar de hacerlo, camina hacia el principio de la fila de su gabinete y saluda uno por uno a sus secretarios. Nuevo aplauso. Muchos priístas y perredistas ya no se suman. Ni Marcelo Ebrard ni Carlos Navarrete, por ejemplo. El calderonismo, el partido arropa. La muerte de Mouriño y una de sus muchas consecuencias: la tregua en las filas azules. Sólo ahí, y eso tal vez.