miércoles, 23 de noviembre de 2011

Al ministro Lelo de Larrea

Ortiz Tejeda

La Internet es, simplemente, una maravilla. Gracias a ella, en instantes, lo podemos conocer todo: ¿Cuál es la diferencia entre el pleistoceno tarantiense y el gelasiense? ¿Cómo fue que los laboratorios Pfizer llegaron a descubrir el supermaná llamado Viagra? (es decir, viaghara, que en sánscrito quiere decir tigre, animal que aparece en las entradas de los templos con el pene erecto). ¿Qué piensan los integrantes de uno de los poderes máximos de la nación sobre los importantes asuntos sometidos a su consideración? La previa y pública exposición de criterios que hace cada uno de los señores ministros sobre los casos que le son asignados para su estudio y formulación de proyecto de sentencia, me parece espléndida. Es el breve espacio para el desahogo y último pataleo de los perdidosos de un juicio que llegó a las alturas supremas. Ya sabemos que los fallos del máximo tribunal son inapelables, que después de una sentencia de la Corte, nunca es tan cierta la afirmación de que, palo dado, ni el beato padre Maciel lo evita.

Pues gracias a la Internet me enteré del proyecto de sentencia dado a conocer por el ministro Arturo Zaldívar Lelo de Larrea sobre un viejo litigio entre La Jornada y la revista Letras Libres, motivado por un artículo publicado hace ya muchos años por el entonces subdirector de la revista, un individuo apellidado García Ramírez (estoy en condiciones de afirmar que nada tiene que ver con don Sergio, de iguales apellidos, y gente no sólo de bien, sino de muy bien).

El escrito origen del conflicto no me llamó mayormente la atención, aunque me desagradan, de entrada, las denuncias y acusaciones que tienen un tufillo inconfundible de chivatería y delación. Los reclamos contra el diario eran suposiciones e implicaciones no sólo irracionales, sino plenas de inquina, mala fe y, posiblemente, de intereses de esos llamados inconfesables, calificativo ridículo. ¿Por qué se han de confesar –sin Tehuacán o picana– esos intereses?

Más allá de las invectivas al diario, lo que verdaderamente me resultaba criminal (palabrita por demás idónea) era implicar, como una suposición muy personal, al coordinador general de edición del diario, Josetxo Zaldúa, como un acelerado proetarra y afirmar que La Jornada era “una variante escrita de la lucha escrita contra la ley. La Jornada al servicio de un grupo de asesinos hipernacionalistas”.

Yo soy un adicto a series televisivas como The Border, Criminal Minds o CSI:NY. En todas he aprendido que quienes son acusados del delito de terrorismo pierden automáticamente las más elementales garantías individuales, que los derechos humanos esenciales y la protección de las diez primeras enmiendas de la Constitución estadunidense, conocidas como La Carta de los Derechos, se evaporan de golpe. La presunción de inocencia se transforma en lo contrario y el acusado de terrorismo tiene que comprobar a cabalidad su no culpabilidad o se hace acreedor, legalmente, a toda clase de castigos, vejaciones y aun torturas. Remember Guantánamo o Abu Ghraib.

La perversa y jamás comprobada denuncia no sólo manchó la libertad de las letras e infamó a la comunidad de trabajo que constituye La Jornada, sino que, impune e irresponsablemente, formuló una delación que pudo tener graves consecuencias. García, impunemente, chivateó, dio el soplo, señaló el blanco. ¿Habrá habido recompensa?

Pero ese asunto no es mi tema, sino el proyecto de sentencia elaborado por el señor magistrado Lelo, a quien le correspondió estudiar este caso.

Yo no he leído muchos documentos de este tipo, razón por la cual puedo estar equivocado de cabo a rabo, pero ciertamente los argumentos del señor ministro y su forma de expresarlos me anonadaron. Citaré algunos ejemplos:

1. El ponente establece que no son condenables las afirmaciones del señor García, entre otras cosas porque La Jornada cuenta con los medios idóneos para replicar las expresiones que le resulten contrarias. ¡Échate esa! O séase que si un sujeto me acusa falsamente de alguna falta, me gritonea e insulta y ante la agresión lo hago comparecer ante la barandilla de la más cercana delegación y me toca la suerte que el turno lo esté cubriendo el juez Lelo de L, éste me puede mandar al diablo y decirme que yo cuento con medios idóneos para responder los agravios ¿o qué no tengo cuerdas vocales, qué no me sé alguna retahíla de buenos improperios para defenderme? Para qué molesto a la autoridad y más aún si soy de Alvarado o gané algún concurso de oratoria.
2. El ponente afirma que, “ciertamente, los términos empleados en el artículo (del señor García) pueden molestar a la quejosa, pero este factor, desde la perspectiva del carácter presuntamente injurioso, no es lo suficientemente insultante o desproporcionado”. Algunas preguntitas al ponente: a) ¿Qué tanto es tantito? b) ¿Considera que too much is enough? c) ¿Cómo se llama el instrumento o el sistema empleado para valorar si un insulto, difamación o calumnia es suficiente y desproporcionado? ch) ¿Es usted sostenedor de las tesis del vaso medio lleno, acepta la posibilidad de un embarazo insuficiente o una virginidad desproporcionada? Y, finalmente: si alguien escribe que las tesis que fundamentan el proyecto de sentencia de un ministro son una variante de las actividades delictivas del narcotráfico y que supuesta, presuntamente, es el enclave dentro de la Suprema de un grupo de hipernarcos internacionales, ¿consideraría que la temeraria afirmación, si se dio “en el contexto de un debate periodístico”, goza de un fuerte excluyente de responsabilidad?

3. La terminología jurídica fue brutalmente desplazada por la gastronómica y la legislación vigente por el Manual de Urbanidad del maestro Carreño. Dice el señor ministro que: “la nota (del señor García) utiliza expresiones desabridas y de mal gusto (¿habrán sido las proyectistas del ponente la señora Cony Delantal o la bellísima Martha Chapa?), que evidentemente podían molestar, chocar, perturbar a La Jornada”. Tan propio el señor ministro: no, las “expresiones” no perturbaron al diario, simple y llanamente lo encabronaron.

4. El ministro se contradice: por una parte señala que el tono excesivo de la columna Cómplices del terror, es una mera suposición, pero en el mismo párrafo concede: “resulta evidente la exageración utilizada en el texto, especialmente al concluir que la línea editorial de la quejosa equivalía a ponerla ‘al servicio de asesinos hipernacionalistas’”. Y luego, con una finísima sensibilidad, concluye: “la cual podría (la exageración) resultar sumamente desagradable. Piel hipersuave que les da por tener a algunos. ¿Verdad, inolvidable Truffaut?

5. Continúa el licenciado Lelo afirmando que, pese a lo anterior: “el tono empleado se encuentra justificado por su propósito de causar impacto entre los lectores”. Como dijo la chilenita Mona Bell: ya lo sabía, ya lo sabía. El fin justifica los medios. Ahora el señor ministro se quita su gorra de chef y se acomoda la del publicista Alazraki. El impacto (el rating), no la legalidad, no la verdad de la acusación, no la certeza, es lo que justifica el tono empleado.

Además, el ministro juzga que “es necesario considerar el contexto de debate periodístico en el que el uso de la hipérbole es un recurso frecuente entre los profesionales del periodismo”. Dado que la hipérbole es una figura retórica, una descripción que presenta las cosas, más graves e importantes de lo que son (así lo dice María Moliner, no yo), el ponente ya se llevó al baile a todo el gremio por su, según él, consuetudinaria tendencia a la exageración y el amarillismo.

6. Finalmente, asegura que “los comentarios severamente críticos (del señor García), fueron proporcionales al grado de indignación por los asuntos alegados”. ¡Qué desperdicio de juzgador estamos cometiendo! ¿Por qué no estarán en su agenda los casos de Pasta de Conchos, de la guardería ABC, de los miles de levantados, desaparecidos, asesinados, del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, de los rechazados en las universidades e instituciones de educación superior, de los millares de desempleados, de los millares de obligados migrantes, de los millares de mujeres victimadas por el solo hecho de serlo, de los millares de ninis que presagian que nuestro futuro se está convirtiendo en fatalidad?

7. Solamente una pequeña sugerencia, señor ministro: no confundamos la justa indignación con la farsa y la trapacería.

8. Por lo que sé de usted, aún confío.