domingo, 30 de junio de 2013

Vestigios y el inicio del silencio, entrevista con Javier Sicilia

 


Juan Domingo Argüelles


Publicado: 30/06/2013 11:17

Poeta, novelista, ensayista y editor, cuya obra está estrechamente vinculada a la fe católica, Javier Sicilia (Ciudad de México, 1956) es autor de diez libros de poemas, entre los cuales destaca Tríptico del desierto, con el cual fue merecedor del Premio de Poesía Aguascalientes, en 2009; también de las novelas El Bautista (Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares), El reflejo de lo oscuro, Viajeros en la noche, A través del silencio, La confesión: el diario de Esteban Martorus, y El fondo de la noche, esta última acerca de la vida de San Maximiliano María Kolbe (1894-1941), fraile franciscano que fue asesinado por los nazis en el campo de concentración de Auschwitz. Es autor también de las biografías Concepción Cabrera de Armida, la amante de Cristo, y Félix de Jesús Rougier, la seducción de la Virgen. En el género de ensayo ha publicado Cariátide a destiempo y otros escombros y Poesía y espíritu, y en el análisis político es autor de los libros La voz y las sombras y Estamos hasta la madre.
Ha sido director de la revista Ixtus (1994-2007) y a partir de 2009, de Conspiratio. Es columnista del semanario Proceso y de La Jornada Semanal. Activista social, Javier Sicilia encabeza el movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, surgido a raíz del asesinato de su hijo Juan Francisco y de otros jóvenes a manos del crimen organizado. Este Movimiento, que recorrió todo el país y que en 2012 llevó su marcha en una caravana por diversos estados de Estados Unidos, ha venido exigiendo a las más altas autoridades y, especialmente, a los aparatos de justicia, que encaren el problema de la inseguridad, que admitan que se han equivocado en las estrategias para combatir al crimen organizado y que asuman la defensa de las víctimas, tanto las de la corrupción y la impunidad de los órganos del Estado como las de acciones criminales de organizaciones delictivas. Fruto de esta lucha y de esta presión social y ciudadana fue la promulgación, por parte del gobierno federal, de la Ley General de Víctimas, un instrumento a todas luces insuficiente pero al menos un paso en la larga marcha del poeta para exigir justicia y dignidad en México.
Desde el momento del asesinato de su hijo Juan Francisco, Javier Sicilia hizo pública su decisión de ya no volver a escribir poesía por considerar que la realidad mexicana no era digna de la palabra poética, pues más que la poesía lo que necesitaba (y necesita) es la protesta ciudadana y la exigencia de justicia. Hoy, Javier Sicilia ha cruzado el umbral de la mudez y ha entrado definitivamente al silencio poético. Lo ha hecho luego de publicar Vestigios (México, Ediciones Era, 30 de abril de 2013), el último de los diez libros de los que consta su obra poética y que contiene los poemas que escribió antes de los últimos y aciagos días de marzo de 2011, cuando su hijo fue asesinado, y luego de escribir los versos postreros que le dedica a Juan Francisco y con los que cierra, precisamente, estos Vestigios:
Ya no hay más que decir
el mundo ya no es digno de la Palabra
nos la ahogaron adentro
como te asfixiaron
como te desgarraron a ti los pulmones
y el dolor no se me aparta
sólo pervive el mundo por un puñado de justos
por tu silencio y el mío
Juanelo.
Luego de casi tres décadas de obra poética, desde que apareció su primer libro, Permanencia en los puertos (1982), Javier Sicilia acude al silencio como una manera de hacer escuchar su protesta en un país y en un momento en que las víctimas de todos (de los delincuentes y de los poderes) son doblemente escarnecidas con injusticia y con olvido.
Javier Sicilia ha tomado la decisión más extrema que puede tomar un poeta: renunciar a la palabra poética, es decir a su voz. Para un poeta, silenciar su obra es evidenciar la banalidad del canto y la celebración en un medio avasalladoramente infame, donde poetizar ha perdido su sentido frente a la realidad más apremiante.
Desde la muerte de su hijo, el poeta que había cantado y celebrado el mundo supo que tenía que caminar, denunciar y abandonar el canto. Nos ha dejado una obra plena de bondad y de esperanza: La presencia desierta (1985), Oro (1990), Vigilias (1994), Resurrección (1995), Trinidad (1996), Pascua (2000), Lectio (2004) y Tríptico del desierto (2009), además de Permanencia en los puertos, el primero, y de Vestigios, el último, éste con el que ahora cierra todo un ciclo.
Su obra cabe en el título general La presencia desierta, pues en 2004 agrupó todos sus libros, hasta ese momento, bajo este nombre simbólico que es, a un tiempo, Alegoría y Verdad. En el prólogo, el autor anticipó: “Siempre he creído que toda poesía narra un largo viaje hacia la luz. En mi caso, ese viaje es, como el título de mi primer libro, una permanencia. En realidad, nunca partí. Desde que decidí viajar para encontrar a Dios, Él ya estaba en mí y me aguardaba. Estos poemas, en su pequeñez, son sólo un atisbo a las confidencias de ese misterio.”
Al margen de la poesía, en este inicio de su silencio poético, en medio de la tragedia por la que atraviesa el país, conversamos con él.
–¿Qué representa Vestigios dentro de tu obra poética y, en general, literaria?
–Lo que queda de una obra poética trabajada a lo largo de casi treinta años. De allí el nombre de Vestigios. Podría decir, en relación al nombre bajo el cual reúno toda mi obra poética, La presencia desierta, que son los vestigios de esa presencia y el inicio del silencio de lo que siempre he considerado el lenguaje más sagrado y profundo de todos, el del poema.
–¿Dónde está Dios, y de qué modo, en estos Vestigios?
–Donde siempre ha estado, en el misterio del amor, una realidad pobre, impotente para cambiar la herida de la historia y, sin embargo, eterna. Esa presencia, en Vestigios, aparece como un tenue resplandor, como una huella casi imperceptible, como digo en uno de los poemas, “Absconditus” “el pulso en el fondo de una arteria”.
–¿Para qué sirve la poesía en tiempos de miseria?
–Hölderlin, quien fue el primero en formular esta pregunta en su poema “Pan y vino” (“¿Para qué poetas en tiempos de miseria?”), da allí mismo una extraña respuesta: “Pero ellos son, dices tú, como los sacerdotes sagrados del dios del vino. Los que fueron de un país a otro en noche sagrada.” Para Hölderlin –que también terminó en el silencio; al final de su vida sólo pronunciaba dos palabras incomprensibles, “Pallaksch, Pallaksch”–, nuestra época se caracteriza por el hecho de que el sentido permanece lejano por falta de Dios y, en consecuencia, carece ya de fundamentos y pende del abismo, de la noche, que se expresa en la barbarie del todo está permitido. Todos quieren hacerse y hacernos creer que no existe, pero el poeta decide encararla, mirar esa ausencia que, semejante a la noche del Sábado Santo o a la noche anterior a la creación, puede preparar el advenimiento de una nueva presencia que, de alguna manera, el poeta contempla, en medio de la noche y del desastre, en las huellas, en los rastros, en los vestigios del Dios. Esas huellas son el pan y el vino –o como lo digo, pensando en Hölderlin, en el poema “Época”, “un fragmento de pan/ y los restos del vino”–, los frutos de la tierra trabajados en la comunión y la alegría. Ser poeta, diría Hölderlin, es contemplar esas huellas, porque en la noche su sentido se encuentra más allá del lenguaje: de allí ese “Pallaksch, Pallaksch”. Yo diría, incluso, vivirlas en lo que podemos rescatar y mantener vivo del amor.
–¿Cómo podremos salir de esta oscuridad en la que hemos caído?
–No me gusta dar respuestas de esa naturaleza. La enseñanza de la historia nos muestra que cuando alguien dice tener la clave para salir de la herida de la historia termina por ahondarla. No hay peor cosa que los ideólogos o los planificadores de la realidad. Sus razones se edifican sobre el odio, el dolor, los cadáveres y las fosas comunes. Algo, sin embargo, que no puede ser reducido a ningún racionalismo, es lo que indica Hölderlin, lo que siempre ha revelado la poesía y, para hablar de los fundamentos traicionados o corrompidos de Occidente, lo que de novedad trajo el Evangelio: el amor como don, como pobreza, como límite, como reino: donde dos seres se encuentran y se ayudan, donde se trabaja no para ganar, sino por la alegría de compartir el pan y el vino en su pobreza, donde el decir es la profundidad del ser inabarcable, allí está el reino, allí está el amor; allí está una tenue luz que hace que las tinieblas del sinsentido y la barbarie no sean absolutas.
–¿Hemos tocado fondo en nuestra tragedia?
–Por desgracia, no. Seguimos tolerando lo intolerable. Aceptando que siga habiendo seres humanos torturados, destazados, secuestrados, desaparecidos, extorsionados, prostituidos, comerciados para la esclavitud y el placer de imbéciles; seguimos tolerando gobiernos que son cómplices de ese horror y lo retroalimentan; seguimos tolerando la miseria y deseando la riqueza. Seguimos haciendo como si el espanto del abismo y de la noche no existiera.
–¿Las víctimas del crimen organizado lo son también del Estado?
–Son víctimas de ambas partes. Hay víctimas del crimen organizado y víctimas de violaciones a los derechos humanos. Ambas víctimas sufren también, por parte del Estado, una revictimización porque no sólo no se las atiende, sino que a veces se les culpabiliza y, también, porque hay profundas redes entre el crimen y las policías, se les amenaza.
–¿Hacia dónde se dirige México con toda esta des-dicha bárbara?
–Si no la detenemos, hacia la destrucción de la civilidad, de la cultura y de la democracia; hacia la destrucción de lo humano.
–¿Dónde quedó el Edén?
–Allí, velado por la noche. El amor siempre está allí. Una reflexión del staretz Zósima, el santo de Los hermanos Karamazov, lo dice con la sencillez del místico: “No comprendemos que el mundo es el Paraíso. Bastaría que lo deseáramos para que se nos revelara en toda su belleza.” Es lo que de otra manera nos dice Hölderlin cuando nos invita a ver las huellas del Dios en medio de la noche.
–¿Qué podemos esperar de la justicia humana?
–Mientras no seamos capaces de hacerla –continuamos con el noventa y cinco por ciento de impunidad en este país–; mientras los gobiernos y los partidos continúen tolerando y encubriendo en sus filas a criminales –son cientos–; mientras las leyes, que son la palabra de la justicia, continúen malversándose; en síntesis, mientras la palabra sea usada como una moneda de cambio y traicionada, no podremos esperar mucho de ella.
–¿Les interesa a los partidos políticos asumir la defensa de las víctimas?
–No. No sólo por lo que he dicho sino también porque están muy lejanos a la realidad del país. Mientras no limpien sus filas y continúen usando la vida partidista y al Estado con una lógica patrimonialista, nunca podrán comprender el dolor de las víctimas y lo que significa su defensa en la salud del país.
–¿Cómo leer tu silencio final en la poesía?
–Como mi imposibilidad, en medio de la noche y del abismo, de articular la palabra sagrada; como una contemplación de las huellas del Dios –por ahora indecible y ausente– en el centro del abismo, como el silencio que está después de la palabra y aguarda el advenimiento de una nueva presencia, como un acto de amor al sentido. Si contra ese silencio decidiera volver a hablar en el poema, lo único que saldría de mí es el balbuceo inarticulado del último Paul Celan o del último Hölderlin, el del “Pallaksch, Pallaksch”.
Ciudad de México, 14 de junio de 2013.