domingo, 8 de febrero de 2015

La gratuidad del crimen


La gratuidad del crimen
La gratuidad del crimen. Cartón de Rocha
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Desde el horror de los acontecimientos de Iguala muchos comenzaron a preguntarse por sus causas. Los hechos fueron tan espantosos que deberían tenerlas. La pregunta me la hice también cuando asesinaron a mi hijo Juan Francisco y a sus amigos. Me la he formulado cada vez que alguien me cuenta una historia semejante. ¿Por qué lo hicieron, por qué con tanta saña? La respuesta es tan atroz y absurda como el mal que la contiene: No hay móvil, no hay por qué.
Quienes los asesinaron y, en el caso de los 43 muchachos de Ayotzinapa, los desaparecieron, lo hicieron porque quisieron y pudieron. El mal no tiene causa. Es, en el sentido inverso de la vida, su antítesis: sorprendente, abismal, gratuito y, por lo mismo, indecible. Intentar comprenderlo sería, dice Primo Levi, justificarlo. Pero también, señala Tzvetan Todorov, “darnos los medios para impedir su regreso”. No se trata, entonces, ni de comprender ni de justificar (hay algo en el mal que pertenece –lo he dicho en otras partes– a la negación del sentido, a lo mudo, a lo irreductible a nada), sino de mirarlo de frente para evitar justificarlo.
Elías Canetti, en su ensayo Sobrevivencia y poder, habla de la experiencia de absurda invulnerabilidad que se experimenta frente a un muerto. “El terror que un muerto yacente produce en el ánimo de quien lo mira es sustituido por una satisfacción: el observador no es el muerto. Habría podido serlo, pero quien yace es el otro. El observador está de pie, indemne, incólume”. Este hecho, que todos experimentamos, es tan terrible y directo en su verdad, que lo encubrimos con todos los medios posibles. De allí la necesidad de encontrarle siempre un móvil a la muerte, al crimen, al mal.
Sin embargo, esta sensación que avergüenza al común de la gente y que nunca nos atrevemos a confesar, es, observa Canetti, “la situación del poder”. Para quien la asume, someter, matar, desaparecer es sentir que su invulnerabilidad aumenta. Al hacerlo, el héroe en la batalla cuerpo a cuerpo, el criminal desde la cobardía frente a un ser inerme siente crecer en él el poder. La gente le teme, se le somete, le habla suplicante. Él mismo amenaza a quien no osa inclinarse ante su presencia. Una vez confesada y aprobada esa satisfacción, “exigirá –escribe Canetti– ser repetida y crecerá rápidamente hasta convertirse en una pasión insaciable. Quien se halla poseído por ella querrá acumularla y se apropiará de las formas de vida social en su entorno poniéndolas al servicio de esa pasión”, que es el poder.
Esa pasión, atroz y adictiva, que tiene que ver también con el dinero –otra de las formas que aumentan la experiencia del poder–, puede, como en México, diversificarse y ahondarse por la impunidad. La impunidad no sólo alienta el crimen; hace que la sensación de poder aumente. El 98% o 95% de impunidad –es decir, el hecho de que quien mata tiene sólo dos o cinco posibilidades entre 100 de ser alcanzado por la justicia– lo hace moverse en una franja de poder y de invulnerabilidad casi absoluta. Un día, como sucedió a los asesinos de mi hijo y sus amigos o a los Abarca, brincan esa franja y el peso de su fragilidad cae sobre ellos. Pero mientras eso no sucedió, sus crímenes y la impunidad que los acompañaron fueron alentando su sensación de poder, acumulando el horror. ¿Cuántos crímenes cometieron antes de brincarla? Muchos, que la imbecilidad de nuestras autoridades no sabrá encontrar. ¿Cuántos criminales más permanecen aún en la franja que alienta su adicción y continúan su macabra experiencia?
Esta realidad nos dice algo más espantoso. Esos adictos a la sobrevivencia y al poder no podrían existir ni solos ni en los grados de horror que hoy vivimos. Existen también porque en las esferas del poder legal, el del Estado, hay una red de esos mismos adictos –la cultura del PRI en dicho terreno es proverbial–, de los que poco sabemos, que los incitan, los dirigen y los sacrifican cuando brincan la franja de la impunidad para sustituirlos por otros. Tales redes son intrincadas y profundas. Están hechas de empresarios, banqueros, prestanombres, expertos en operaciones cambiarias, funcionarios públicos y líderes políticos que en la sombra del poder legal planean los crímenes, dan la orden de iniciarlos y piden que los mantengan informados. Sobre un puñado de víctimas no puede cimentarse un poder verdadero. Es necesario sentirlo, cultivarlo sin justificación alguna porque se trata de una experiencia: “Te secuestro, te torturo, te vendo, te asesino porque quiero y puedo, porque tengo el poder de hacerlo”.
Es insoportable aceptar, vuelvo a Canetti, “que un inmenso número de hombres y mujeres, cada uno de los cuales contiene en sí todas las posibilidades de humanidad, hayan sido sacrificados en vano, absolutamente por nada”, ya que buscamos un sentido, un móvil, una causa que no existe. El mal es pura gratuidad destructiva. Su pretensión es tan grotesca como absurda. Quien incurre en él quiere ser el único. “Quiere sobrevivir a todos para que ninguno sobreviva”. Quiere reinar sobre un mundo de osarios y de miedo.
No hay que buscarle una causa al crimen que nos rodea y nos amenaza cada día. Hacerlo es darle carta de naturalización. Hay que buscar a sus adictos y detenerlos por el principio mismo e indecible de la vida.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas, a Nestora Salgado, a Mario Luna y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, y boicotear las elecciones.