lunes, 2 de agosto de 2010

Sola contra “los señores de la guerra”

Alejandro Gutiérrez

Malalai Joya tiene que vivir clandestinamente en Afganistán. Lo absurdo del caso es que ella es afgana y, además, diputada nacional. Sus compañeros del Parlamento, los llamados “señores de la guerra”, la odian porque esta osada mujer les recuerda constantemente los crímenes y delitos que han cometido y por los que no han recibido castigo... Incluso la expulsaron de la institución legislativa y la han tratado de matar. Pero Malalai no desiste y ahora sacó a la luz su libro Una mujer contra los señores de la guerra, en el que narra la barbarie que caracteriza a estos hombres y la tragedia permanente de Afganistán.

MADRID.- Ha esquivado la muerte desde los 24 años, cuando denunció por primera vez a los “señores de la guerra” de Afganistán, quienes se habían apoderado del endeble “proceso democrático” de su país para luego ocupar 60% de los escaños del parlamento afgano y las posiciones clave del gobierno del presidente Hamid Karzai.

En diciembre de 2003 esa joven delegada tomó el micrófono en la asamblea tribal conocida como Loya Jirga, en una sesión en la que se buscaba ratificar la Constitución, primera piedra para la construcción de una democracia “tutelada por Estados Unidos” tras el derrocamiento del régimen talibán.

“Mi nombre es Malalai Joya, vengo de la provincia de Farah. Con el permiso de los respetables asistentes a la reunión, y en nombre de Alá y de todos los mártires en el camino hacia la libertad, quiero dirigirme a ustedes unos minutos.

“Mi crítica a todos mis compatriotas es: ¿por qué permiten poner en duda la legitimidad y legalidad de esta Loya Jirga debido a la presencia de esos criminales que han llevado a nuestro país al estado en que se encuentra? ¿Por qué deberíamos consentir que los criminales estén presentes aquí?”

De figura menuda pero vehemente al hablar, Malalai acusó a muchos de los presentes en esa reunión de ser los señores de la guerra que lanzaron a Afganistán a una espiral de conflictos armados desde fines de los setenta, de provocar muerte y destrucción en aras de obtener el poder e imponer su ley, de ser “los elementos más misóginos” y que deberían ser “procesados en cortes nacionales e internacionales”.

La mayoría de esos hombres de larga barba y turbante a los que acusaba por la matanza de miles de inocentes, formaron parte de la resistencia de los mujahidines a la invasión soviética, entre 1979 y 1989. Tras la expulsión del Ejército Rojo ellos mismos se enfrascaron en una guerra civil para tomar el poder, del que fueron desplazados por los talibanes.

Después del 11 de septiembre de 2001, ellos mismos, agrupados en la llamada Alianza del Norte, fueron los aliados de la operación Libertad Duradera, con la que Estados Unidos expulsó al régimen talibán. Algunos de esos señores de la guerra y sus enemigos, los talibanes, dice Malalai Joya, son responsables de la producción de opio, la mayor en el mundo, que abastece 92% del mercado mundial.

La joven delegada de la provincia de Farah no logró terminar su discurso porque el portavoz de la asamblea, Sibghatullah Mojaddedi, le apagó el micrófono y la acusó de “faltarle al respeto” a los presentes. “Ha cometido usted un grave error... ha cruzado la línea”, le recriminó.

Ya para entonces, antes de que interrumpieran su alocución, la reunión se convirtió en un caos en medio de las vociferaciones y la ira de muchos de los aludidos. “Puta” e “infiel” fue lo menos que le gritaron.

Ante el riesgo que corría, Malalai Joya tuvo que salir del recinto abrazada por otra diputada y escoltada por personal de seguridad de las Naciones Unidas, que la llevaron a un refugio seguro.

Abdul Rab Rasul Sayyaf, uno de esos temibles señores de la guerra, pronunció una arenga provocando al resto para que agredieran a Malalai: “Llamar criminales a estos héroes que han liberado al país, ¡ese es el verdadero crimen!”

Desde entonces, dice Malalai a Proceso,
fue objeto de cinco atentados. Detalles de ello los ofrecio durante una visita que hizo a Madrid en octubre de 2009, cuando recibió el premio Juan María Bandrés a la Defensa del Derecho de Asilo y presentó su libro de reciente aparición: Una mujer contra los señores de la guerra, donde describe su vivencia y lo que enfrenta Afganistán.

Reconocimiento mundial

A partir de la Loya Jirga de diciembre de 2003 el nombre de esta activista, por los derechos de las mujeres y los menores afganos, saltó a los medios del mundo, que reprodujeron sus palabras. “Una joven afgana se atreve a mencionar lo inmencionable”, tituló The New York Times su nota.

Fue expulsada de la Loya Jirga por negarse a ofrecer disculpas a los señores de la guerra, como le exigía el portavoz de la asamblea, pero su denuncia y el arrojo mostrado fueron los detonantes del inicio de una carrera política que en 2005 la llevó a ocupar un escaño en el Parlamento afgano.

Es la diputada más joven del Parlamento –al que ingresó con 27 años de edad– pero no puede cumplir su función en la legislatura: fue expulsada por persistir en su petición de que los tribunales enjuicien a los señores de la guerra y narcotraficantes que comparten escaños; los compara con los talibanes por su “fundamentalismo”, por sus “leyes medievales”, las prácticas corruptas y por la impunidad de los crímenes que cometieron en el pasado.

Malalai se convirtió en la piedra en el zapato del Parlamento: en una de sus intervenciones denunció los abusos de Abdul Rab Rasul Sayyaf al apoderarse de tierras que no le pertenecían. En respuesta, éste la amenazó desde su escaño: “¡Cállese ya!, la haré callar para siempre”.

Identifica a este señor de la guerra como “el primero que invitó a Osama bin Laden a Afganistán” y haber “apadrinado y entrenado a Khalid Sheikh Mohammed, a quien Washington considera el cerebro de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Sayyaf pronunció luego un discurso alegando que sus acusaciones eran “antiislámicas” y que debía existir una “línea detrás de la cual no podía decirse nada contra el Islam” y por tanto no los podía acusar de nada. Luego de este incidente, esos diputados aprobaron la polémica Ley de Estabilidad y de Reconciliación Nacional que les da inmunidad por crímenes cometidos en el pasado.

Clandestinidad

Malalai relata en su libro cómo el 19 de diciembre de 2005, al inicio de la legislatura, observaba a los presentes en el Parlamento y recordaba el informe de Human Rights Watch en el que se documenta que 60% de los nuevos parlamentarios son señores de la guerra o sus aliados. “Mucha de esa gente obtuvo su asiento en el Parlamento a punta de pistola o gracias a sobornos con dólares que tenían en abundancia porque la CIA pagó a los líderes de la Alianza del Norte en metálico su apoyo durante la guerra con los talibanes”, afirma Joya.

“Mis más sinceras condolencias al pueblo de Afganistán”, dijo en su primera intervención parlamentaria para criticar la composición del Parlamento y del gobierno de Hamid Karzai, pero en el acto le cortaron el sonido en medio de los reclamos de los señores de la guerra.

Como ejemplo de lo que Karzai ha hecho, señala la designación como vicepresidente de Karim Khakiki, “infame señor de la guerra de la provincia de Bamyan”, o la de Izzatullah Wasifi como juez anticorrupción de Afganistán, pese a haber estado preso cuatro años en Nevada por traficar heroína.

Vive casi en la clandestinidad dentro de Afganistán rodeada por un grupo de guardaespaldas comandados por su tío Azad, y la rutina es tan cambiante que debe dormir en casas diferentes cada día.

El primer intento por terminar con su vida, recuerda, fue cuando después de la Loya Jirga volvía a Farah en compañía de una compañera y fue alertada por un partidario de que sería atacada en un pueblo llamado Shewan, en la zona de Daristan, bajo control talibán. “La idea era matarme ahí para que se pudiera acusar a los talibanes del crimen”.

El peor, sin embargo, fue luego de visitar una mezquita de su pueblo natal, Ziken, donde había sido invitada a hablar durante una celebración: cuando salía en una caravana de dos vehículos con sus escoltas, en un puente “una enorme bomba explotó justo delante del coche, con una intensidad y una onda expansiva que nos levantó de los asientos”. Tiempo después supo que aliados de los señores de la guerra prepararon el atentado, molestos porque “yo había ensuciado la mezquita con mi presencia”.

El terror talibán

Malalai Joya nació el 25 de abril de 1978 en la aldea de Ziken, en el montañoso distrito de Anardara, oeste de Afganistán, tres días antes de que Afganistán se viera cimbrada por el golpe de Estado auspiciado por los soviéticos, recuerda en su libro.

“Uno de mis primeros recuerdos es estar pegada a las piernas de mi madre mientras varios policías registraban nuestra casa buscando a mi padre”, relata en su libro. Su padre había abandonado sus estudios de medicina para sumarse a los mujahidines y pelear contra la ocupación soviética.

Cuatro años después su familia la llevó a un campo de refugiados en Irán y luego a otro en Paquistán, donde pudo completar sus estudios básicos; mucho después se involucró en programas de alfabetización de adultos.

Con la derrota del gobierno prosoviético, el 28 de abril de 1992, “los verdaderos mujahidines dejaron las armas, pero los extremistas y los grupos poderosos comenzaron la guerra civil, porque los señores de la guerra se disputaban el botín: Kabul, por ejemplo, era campo de batalla de las milicias de Gulbuddin Hekmatyar y las de Ahmad Shah Massoud”.

De éste último recuerda que la CIA le llenó los bolsillos de dólares para que capturara y asesinara a Osama bin Laden, pero que es un comandante de la Alianza del Norte que se benefició de “dinero de traficantes de heroína y contrabandeaba piedras preciosas”. Murió en un atentado el 9 de septiembre de 2001, dos días antes de los ataques a las torres gemelas, aunque Joya critica que el gobierno de Karzai y el gobierno francés, con el que tuvo tratos, lo eleven a “categoría de héroe”.

La familia de Malalai se asentó en Farah, pero era tal el caos que “no podíamos salir a la calle porque todas las mujeres eran secuestradas y violadas.

“Occidente vive engañado creyendo que la intolerancia, la brutalidad y la dura opresión sobre las mujeres en Afganistán comenzó con el régimen talibán. Pero eso es mentira, más polvo en los ojos del mundo por los señores de la guerra que dominan el gobierno apoyado por Estados Unidos, autodenominado ‘democrático’, de Hamid Karzai”, relata en su libro.

Los talibanes combatieron el gobierno de los señores de la guerra hasta que los derrotaron en 1996 y los orillaron al exilio. En 1998 los talibanes ya controlaban 95% del país. “Pero a pesar de que prometieron seguridad a la población, pronto las esperanzas se convirtieron en cenizas” porque “los talibanes repitieron los mismos crímenes cometidos por sus hermanos yihaidistas”.

En 1998, en el régimen talibán, Malalai regresó a Afganistán acompañada de su familia para poner en marcha en Farah la impartición de clases a las niñas, algo prohibido por los talibanes; además impulsó la construcción de un albergue de menores y luego un hospital.

“Daba clases en los sótanos de casas. Nos teníamos que acostar en silencio en el sótano cuando nos avisaban que los talibanes patrullaban la zona y llegaban a registrar la casa.”

Como las leyes talibanes prohibían escuchar música o cantar, las fotografías y el cine, Malalai recuerda que en 1999, a los 21 años, pudo ver clandestinamente la primera película de su vida. “Vimos Titanic. Se convirtió en una sensación clandestina en la juventud afgana que la vimos”, relata. l

Proceso
02/08/2010