jueves, 3 de septiembre de 2009

Convoca a los actores políticos a asumir cambios profundos y propone una decena de reformas

*En el discurso de su tercer Informe llama a pasar de la lógica de las modificaciones posibles a las de fondo
*Promete asumir esta agenda “con todos los riesgos y todos los costos que ello implica”

Claudia Herrera y Fabiola Martínez/La Jornada

A medio tramo de su gobierno y con una mayoría opositora en el Congreso, el presidente Felipe Calderón reclamó la “falta de visión” de los actores políticos, propuso un decálogo de reformas que permita pasar de la lógica de los cambios posibles a los de fondo y prometió asumir esta agenda “con todos los riesgos y con todos los costos que ello implica”.

Rodeado de gobernadores, legisladores, representantes de diversos poderes, de las cúpulas empresariales y del sindicalismo oficial, reunidos en Palacio Nacional para escuchar el mensaje de su tercer Informe de gobierno, el michoacano hizo un llamado enérgico a dejar atrás la inercia, aquellos prejuicios, mitos, tabúes y miedos para alcanzar una gran alianza que dé paso a “cambios profundos”.

Así, planteó un paquete de reformas en diez rubros: combate a la pobreza, salud, educación, finanzas públicas, energía, telecomunicaciones, laboral, desregulación, seguridad y política electoral.

Con un ritual que sólo cambió de escenario y de protagonistas, Calderón revivió el cancelado “día del Presidente”. En el patio central de Palacio Nacional fue interrumpido 12 veces con aplausos, que no pocas veces comenzaron en las tribunas de legisladores panistas y en los espacios que ocupaba la burocracia, y luego fueron seguidos, a discreción, por gobernadores, dirigentes partidistas y legisladores.

Por primera vez, el jefe de Gobierno capitalino, el perredista Marcelo Ebrard, acudió a este ceremonial, aunque fiel a su costumbre evitó el saludo con el mandatario panista. Este hecho contrastó con las ausencias de dos miembros del PRD: el presidente del Senado, Carlos Navarrete, quien fue representado por el panista Ricardo García Cervantes, y el gobernador de Michoacán, Leonel Godoy. La falta de Narciso Agúndez, mandatario de Baja California Sur, fue justificada por la alerta en su estado ante el huracán Jimena.

El resto de los integrantes del presídium eran los invitados que nunca faltan a los ceremoniales presidenciales: gobernadores de todos los partidos y miembros de un gabinete que está próximo a modificarse, según los planes presidenciales. Uno de los más mencionados en la ruleta de cambios fue el procurador Eduardo Medina Mora, quien insistía: “Aquí estamos firmes”, y para rehuir a las preguntas soltó: “Es el día del Presidente”.

Orador único, Calderón ocupó una hora 12 minutos, primero para defender las acciones de su gestión en este “año diferente”, término que utilizó para describir la conjunción de la crisis económica, la mayor virulencia del crimen organizado, la caída severa de la producción petrolera y el impacto de la sequía, listado en el que no apareció el incremento de la pobreza en el país, aunque después hizo referencia a que uno de cada diez mexicanos la padecen.

En la segunda parte de su discurso convocó a los mexicanos a plantear una agenda de reformas de “segunda generación”, tras decir que él mismo reconoce que lo hecho es “claramente insuficiente” y que a este ritmo tomaría muchos años, y quizá décadas, el poder alcanzar cambios concretos.

En un escenario en el que la Presidencia de la República no escatimó recursos tecnológicos, con pantallas de televisión que reproducían los espots difundidos en medios electrónicos en los últimos días y grúas con cámaras que captaban mínimos detalles para la transmisión televisiva, el Presidente ofreció poner la muestra de austeridad y pidió que siguieran su ejemplo los otros poderes.

Al principio de su alocución, pareció dedicar dos párrafos a Godoy Rangel –quien ha cuestionado la detención de funcionarios locales y alcaldes, así como las investigaciones en contra de su hermano Julio César–, cuando presumió que ha desarticulado importantes redes de protección política y policiaca y que en ello no habrá consideración alguna, fuero partidista o criterio político que valga para aquellos que traicionan a México y a los mexicanos.

A un costado del escenario se instaló una tribuna especial para militares y marinos. Ante ellos, el michoacano volvió a agradecer la lealtad y patriotismo de las fuerzas armadas en esta lucha por la seguridad pública del país y se mostró orgulloso porque “por primera vez en mucho tiempo”, el Estado está poniendo un límite a las acciones criminales.

Fue un punto que la cúpula priísta no aplaudió. A la convocatoria acudieron los líderes del partido en el Senado, Manlio Fabio Beltrones, y en la Cámara de Diputados, Francisco Rojas, aunque la dirigente nacional, Beatriz Paredes, llegó con retraso de 25 minutos. Mientras Calderón hablaba de los “logros” de su gobierno en seguridad, la tlaxcalteca fue llevada rápidamente a su asiento en primera fila.

En la única referencia que hizo a las elecciones del pasado 5 de julio, exaltó que quedó confirmada la “pluralidad democrática” de México. Señaló que una vez renovada la Cámara de Diputados y sus liderazgos, es momento de hacer cambios de fondo, y para ello “tenemos que cambiar nosotros, quienes tenemos algún tipo de responsabilidad encomendada por los electores”.

Enseguida propuso superar la inercia y “pasar de la lógica de los cambios posibles, limitados siempre por los cálculos políticos de los actores, a la lógica de los cambios de fondo, que nos permitan romper las inercias y construir, en verdad, nuestro futuro”, con lo que dio un viraje discursivo a lo que había defendido en los primeros años de su administración, sobre que era mejor conseguir las reformas posibles, aunque no fueran las deseadas.

Buscó dejar en claro que con esta convocatoria no piensa provocar división en el país, sino al contrario, dijo que su apuesta es por la unidad, por tender puentes y lograr una gran alianza para que “las cosas cambien”, ya que esta tarea no es responsabilidad exclusiva del Presidente.

En su intento por justificar este llamado, planteó que la celebración del centenario de la Revolución Mexicana compromete a corregir de manera estructural la pobreza que padecen millones de mexicanos y a revisar cómo hacer realidad las aspiraciones de justicia y democracia que la hicieron posible.

Ante un millar de invitados, entre los que se encontraban empresarios, como Carlos Slim, y miembros de la farándula, como Chabelo y el hijo de Blue Demond, expuso que la crisis debe ser un acicate para promover un cambio que –admitió– es difícil, pero necesario, “porque el tiempo y los recursos se nos agotan, porque las necesidades de la población cada vez son más apremiantes”.

Luego, fustigó a los actores políticos, al plantear que deben reconocer que los ciudadanos no están satisfechos con sus representantes y perciben una enorme brecha entre sus necesidades y la actuación de sus gobernantes.

Sin importar qué partido, qué gobierno o qué poder se lleve el mérito de ello, pidió que haya altura de miras y que se tiendan puentes para enfrentar este “momento definitorio”. Anunció incluso que en los próximos días buscará reunirse con diversos liderazgos sociales, políticos, económicos y académicos, a fin de analizar todas las alternativas.

Concluido su discurso, Calderón se despidió de los gobernadores y después apresuró el paso para bajar del templete. Lo primero que hizo fue abrazar y besar a Beatriz Paredes. No importó que la lideresa priísta hubiera llegado tarde al acto.

El PRI es mayoría en la Cámara de Diputados y las deseadas reformas “de fondo” dependen de ese partido.