viernes, 26 de agosto de 2011

Beltrones y el entusiasmo libanés


Miguel Ángel Granados Chapa

Se cita con frecuencia la frase del presidente López Mateos: "quién no tenga un amigo libanés, ¡que lo busque!". La expresión consta en un muro del club social y deportivo de esa comunidad en la Ciudad de México. El miércoles comió allí el presidente del Senado, Manlio Fabio Beltrones, invitado por la mesa directiva del Centro Libanés. Fue recibido con entusiasmo que acaso va más allá de la cortesía y que muestra que el senador sonorense no tiene necesidad de buscar amigos en esa comunidad, pues ya los tiene.

El discurso del presidente del Centro, Napoleón Fillat Martínez, fue particularmente caluroso, y aplaudido, como lo fueron también las palabras del legislador, y aspirante a la postulación presidencial de su partido. El hecho más significativo de la reunión fue la presencia de Carlos Slim, con mucho el miembro más eminente de esa comunidad. En la actual coyuntura preelectoral, el que haya estado con Beltrones el hombre más rico del mundo no significa necesariamente el que éste apoye a aquél. No será extraño verlo en alguna otra reunión con algún otro presidenciable o candidato. Pero un hombre tan ocupado como Slim podría haberse excusado de participar en el encuentro del miércoles, o mostrado alguna reticencia ante el modo de recibir a Beltrones. No lo hizo.

Fillat Martínez es un joven abogado, por lo que se ve ganoso de participar en la vida pública. Preside la Asociación Democrática de Abogados y recibió de otra agrupación de ese gremio, el Colegio de Abogados Foro de México, la presea Eduardo García Máynez, llamada así en honor de uno de los grandes juristas mexicanos. Escribió un capítulo titulado "La obra pública municipal", en un libro coordinado por Jorge Fernández Ruiz, notable profesor de derecho administrativo y miembro del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Actualmente Fillat Martínez es director de prevención del delito de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal.

No es extraño que los presidenciables busquen o se hagan invitar a reuniones de las comunidades de migrantes más activas y presentes en la vida mexicana, la judía y la libanesa. No lo hacen únicamente, por lo demás, quienes aspiran a la Presidencia de la República. También muestran su interés por relacionarse con esas comunidades candidatos como Luis Felipe Bravo Mena, quien como parte de su campaña por el gobierno mexiquense se reunió en junio, precisamente un mes antes de la elección, con el comité central de la comunidad israelita mexicana. Seguramente el panista tuvo presente que más de la mitad de esa comunidad en todo el país habita en el Estado de México, especialmente en los municipios de Naucalpan y Huixquilucan.

Así lo hizo notar, por su parte, el gobernador Peña Nieto durante su visita a Israel, en enero del año pasado. Fue recibido con el protocolo reservado a los jefes de Estado y de gobierno nacionales, inaplicable a un gobernador estatal. Se entrevistó con el primer ministro Benjamín Netanyahu. Un año más tarde, recibió en Toluca al Gran rabino ashkenazi de Jerusalén, Yona Metzger. En esa ocasión, además de David Korenfeld, secretario de Aguas del gobierno mexiquense y ex alcalde de Huixquilucan, estuvo presente, ya en su carácter de persona privada, el ex procurador Alberto Bazbaz, de quien Peña Nieto tuvo que prescindir a causa del escándalo provocado por la muerte de la niña Paulette Gebara.

Las comunidades libanesa y judía no son homogéneas políticamente. Por lo tanto, los políticos en campaña que las procuran no andan allí en busca de votos. Lo que les interesa es el aval de los miembros de esas comunidades, que tienen una presencia relevante en el mundo de los negocios. Tampoco pueden esperar de ellos aportaciones financieras relevantes, por un lado porque la legislación electoral impone límites y condiciones al financiamiento privado, y por otro lado porque esas comunidades tienen tal fuerza por sí mismas que no requieren asegurarse el favor gubernamental por esa vía abierta.

Se sabe que, pragmáticamente, grandes empresarios de esas comunidades diversifican sus aportaciones y las entregan a más de un partido. El más próspero entre ellos, al mismo tiempo el hombre más rico del mundo, así procede y también administra su presencia y su acompañamiento a candidatos en esa misma dirección. Hace una década era notoria su cercanía con Andrés Manuel López Obrador. Tenían, sí, intereses públicos en común, como el apoyo a la resurrección y prosperidad del Centro Histórico de la Ciudad de México, pero adicionalmente los aproximaba el ejercicio de una intuición y una sensibilidad común. Luego se distanciaron, pero aun así el ex jefe de Gobierno se ha mostrado cuidadoso en no denostarlo, como hace en cambio con quienes llama miembros de la mafia del poder.

Como quiera que sea, a Beltrones le vino muy bien ser invitado al Centro Libanés. Se aproxima la definición del modo y momento en que el PRI resolverá la sucesión presidencial y el senador sonorense intensifica su presencia en la atención pública. Dentro de dos semanas quedará en posición ventajosa frente a Peña Nieto, pues su papel como presidente de la Mesa Directiva senatorial le permite ser visto y hacerse oír de manera natural. En cambio, cuando el 16 de septiembre Peña Nieto deje de gobernar a los mexiquenses, perderá reflectores. Es seguro que, según las lecciones de su tío y protector (que así procedió hace seis años), su pacto con Televisa se extienda más allá de su gestión. Pero ya no será lo mismo.


Cajón de Sastre


Todos, aun los profesionales de la palabra, perdemos el habla ante la magnitud y el significado del ataque al casino de Monterrey. Más de 50 muertos en un solo atentado hace más evidente que nunca la capacidad de fuego de las bandas que dominan los escenarios públicos en buena parte del país. Y dejan también constancia de la ineptitud de las fuerzas del orden, cualquiera que sea su adscripción formal. Sólo por ineficacia o por complicidad pueden los delincuentes reunir arsenales como los necesarios para llevar la insolencia bélica delincuencial a estos niveles. Sería comprensible que la prevención física, inmediata de delitos de esta dimensión sea difícil de realizar. Pero no tiene excusa la falible tarea de inteligencia de que tanto se ufana la Secretaría de Seguridad Pública.

Reforma
26/08/2011