martes, 12 de abril de 2011

López Obrador en Edomex

 MIGUEL ÁNGEL GRANADOS CHAPA

PLAZA PÚBLICA

La radical oposición de Andrés Manuel López Obrador a las alianzas del PRD con el PAN, apenas atenuada o disimulada en el caso de Oaxaca, y exacerbada en el estado de México, clausuró esa operación política en esa entidad. A pesar de que el comité estatal perredista había progresado en la alianza con Acción Nacional, y obtenido el apoyo de una mayoría significativa de militantes y simpatizantes a través de una consulta pública, la estructura del PRD, la reciente renovación del comité nacional y la decisión de López Obrador se conjuntaron para impedir que los dos principales partidos opositores fueran en coalición a los comicios del dos de julio.



Ni en el consejo estatal perredista, reunido el jueves en Toluca, ni en el consejo nacional, que sesionó el sábado fue posible que Nueva Izquierda y Alianza Democrática Nacional, que unidas predominan en aquella entidad, consiguieran la mayoría calificada de dos tercios, necesaria para consagrar la alianza con Acción Nacional. Sí la obtuvo, en el órgano nacional, la coalición del PRD con el Partido el Trabajo y Convergencia.



La alianza entre PRD y PAN era el método que, si bien no garantizaba el triunfo opositor lo ponía al alcance de la mano, para asegurar la alternancia en una entidad donde a sus defectos acendrados por la edad agrega el PRI la existencia de una cúpula excluyente y patrimonialista cuyo ejemplo más acabado es Arturo Montiel, autor de los días políticos de Enrique Peña Nieto.



Si esos partidos opositores hubieran actuado juntos en 2005, Peña Nieto no hubiera sido gobernador. Es sólo un modo de decirlo: La suma de los votos del PAN y el PRD hace seis años fue superior a los obtenidos por el PRI. Con el poderoso influjo del dinero, que pagó una de las campañas mediáticas más dispendiosas, Peña Nieto no llegó a la mitad de los votos emitidos. Se quedó en el 47. 6 por ciento (1.801,530 sufragios), mientras que el PAN, con un candidato impresentable, Rubén Mendoza Ayala, alcanzó el 24.7 por ciento (936, 615) y la ahora senadora Yeidckol Polevnsky Gurtitz obtuvo un porcentaje casi idéntico, 24.3 por ciento (918,347).



Nadie con mínimo conocimiento electoral supone que una coalición reciba la suma aritmética de los votos depositados en un turno diferente. Una alianza produce un efecto negativo en los sectores más radicales de cada partido coaligado, que tenderán a abstenerse y aun a votar por otro partido. Pero también puede generar, y de hecho así ocurrió por ejemplo en Puebla y Oaxaca, que la alianza suscite el apoyo de más votantes que la suma de los obtenidos en su momento por los partidos actuantes por su cuenta.



Hay que considerar, sin embargo, que la volatilidad del voto mexiquense produjo en los años siguientes muy notorias modificaciones en la posición de los contendientes en el estado de México. En la elección federal de 2006, un año después de la victoria de Peña Nieto, su partido fue derrotado en toda la línea. En ese momento la coalición Por el Bien de Todos, integrada por los tres partidos que ahora irán juntos en la contienda local, alcanzó niveles a los que sólo el PRI llegaba. Pero en 2009 ese partido se recuperó, así en los comicios federales en que desplazó casi por completo a la oposición como en los municipales, donde recuperó ayuntamientos que en varios casos habían estado regidos por PAN o por PRD hasta por nueve años. De modo que si bien la estadística estrictamente comparable con la que se producirá este año muestra a un PRI susceptible de ser derrotado, los avances tricolores más recientes lo presentan no como invencible, pero sí como crecientemente vigoroso.



En eso radica el próximo desafío de López Obrador, cuya posición es determinante en el estado de México. Una vez que derrotó a la alianza (lo que en mi opinión es un error), tiene delante de sí el reto de hacer triunfar a la coalición deseable, la de los partidos que lo postularon a la Presidencia de la República hace cinco años. En los dos meses de la breve campaña formal tiene que probar que el caudal incontenible de recursos del PRI puede ser enfrentado y vencido por una campaña de persuasión directa al electorado, tal como en circunstancias diferentes logró en 2009 en la delegación Iztapalapa. Será una operación en extremo difícil pues no sólo tiene que vencer al PRI sino también al que debió ser su aliado, el panismo que si bien no gobierna ya los prósperos municipios de la zona NZT mantiene en ellos una presencia electoral que ahora no se unirá a la del PRD sino que le significará merma de votos.



Con la decisión perredista de este fin de semana se evitó la consumación de una paradoja, la que hacía que Alejandro Encinas, el preferido entre los opositores, según las encuestas, no fuera candidato, ya que aseguró que no lo sería del PAN ni de una coalición que no incluyera a su partido el PRD. Será un aspirante poderoso, en condiciones superiores a las que enfrentó en 1993, la primera vez que aspiró al Gobierno mexiquense (en contienda como ahora con Luis Felipe Bravo Mena). Él mismo ha acrisolado su personalidad política desde entonces, y se ha convertido en uno de los dirigentes perredistas más creíbles y firmes, en un ambiente en que esas prendas escasean. Deberá superar dos obstáculos. Por un lado, el despecho panista que ya prepara el examen de su residencia, algo que no parecía estorbar cuando Encinas parecía posible candidato del blanquiazul a través de la alianza. Y la desmovilización de los perredistas que la propugnaron y no la consiguieron.