jueves, 28 de abril de 2011

Diferentes clases de clase política

Lorenzo Meyer

Punto de partida

Una encuesta levantada en 2010 mostró que el 74 por ciento de los mexicanos tenía una opinión negativa respecto de la situación general del país (Covarrubias y Asociados, febrero de 2011). Sin embargo, la clase política mexicana se comporta como si el resultado de su gestión fuera positivo, los privilegios de que disfruta fueran merecidos y mantiene como divisa la frase atribuida hace decenios a Carlos Hank González: "un político pobre es un pobre político". En pocos casos se ve a los miembros de ese grupo asumir la actitud de austeridad y sacrificio que se suponen propias de quien dirige a una sociedad que está lejos del nivel de desarrollo óptimo y que tiene una distribución del ingreso notable por su inequidad (en 2011, entre los países de la OCDE, México tiene el segundo mayor índice de desigualdad).

El concepto de "clase política" lo introdujo al final del siglo XIX un politólogo italiano, Gaetano Mosca. Con ese término se propuso identificar a la minoría organizada que está presente en todas las sociedades, que se comporta como un grupo relativamente homogéneo y con rasgos de solidaridad, que controla los instrumentos del poder político formales e informales -gobierno, partidos, Ejército, sistema económico, medios de comunicación, etcétera- y que por lo mismo puede imponerse y dominar en su provecho al resto de la sociedad -a la enorme mayoría-, obviamente desorganizada y dividida.

Para juzgar a una clase política puede haber muchos puntos de partida: sus logros, sus fracasos, sus códigos éticos, los medios empleados para llegar al poder y para sostenerse en el mismo, las biografías, su legado, etcétera. Sin embargo, hay un indicador particularmente revelador y relativamente fácil de observar: su forma cotidiana de vida.



Un ejemplo situado a 180° del mexicano

En su edición del 17 abril, el periódico español El País trae la entrevista que Soledad Gallego-Díaz le hizo al actual presidente de Uruguay, don José Mujica. Vale la pena reflexionar en torno al contenido de la conversación. El hoy presidente uruguayo fue en otro tiempo guerrillero tupamaro, cayó prisionero cuatro veces, fue herido y torturado y finalmente quedó preso en calidad de "rehén", es decir, de alguien que sería ejecutado si sus camaradas volvían a llevar a cabo acciones armadas. En total "Pepe" Mujica pasó casi 15 de sus 76 años de vida preso. Fue una prisión particularmente cruel y que duró entre que los militares tomaron el poder en 1973 y lo dejaron tras las elecciones de 1984. Su esposa, la senadora Lucía Topolanski, también fue guerrillera, presa y torturada.

Tres cosas resaltan de quien es hoy cabeza de la clase política uruguaya. En primer lugar, su negativa a apoyar, como Presidente y en aras de la unidad nacional, la derogación por el Senado de la ley de 1986 y que ha impedido llevar a juicio a los torturadores -a sus torturadores- de la época de la dictadura militar. La segunda es que para resolver el problema de la inseguridad, de la delincuencia, no se concentra en el castigo -por ejemplo, se opone a bajar la edad en que se puede tratar al delincuente como si fuera un adulto- sino en buscar soluciones de carácter social, aunque admite que más allá del combate a la pobreza -su modelo es la política que Lula siguió en Brasil- su gobierno aún no ha dado con la fórmula adecuada para motivar de manera positiva a los jóvenes afectados por un ambiente familiar y social adverso y convencerlos que pueden hacer algo positivo con su vida. El mandatario no tiene soluciones ya hechas pero supone que no es suficiente seguir con las políticas sociales tradicionales. Aunque confía en la educación, no confía en la tradicional sino en otra, en una que aún no ha elaborado a satisfacción pero cuyo objetivo deberá ser lograr motivar a los jóvenes que ni estudian ni trabajan "a levantarse cuando fracasan" para volver a intentar superar su decepción. Como sea, Mujica lleva apenas 13 meses en este intento, y sería muy útil para nosotros seguir el desarrollo de este enfoque.

El tercer punto a destacar es el modo mismo de vida del presidente uruguayo, uno que se puede resumir así: predicar con el ejemplo. La entrevista no tuvo lugar en un Palacio o Casa Presidencial, sino en la pequeña "chacra" -granja- donde el Presidente y su esposa viven desde hace 20 años. Esa pequeña propiedad cuenta con una vivienda que de tan pequeña es mínima: apenas ¡¡45 m2!! Y mientras tenía lugar la entrevista, la senadora y "primera dama" se dedicaba a arreglar sobre la mesa de la cocina la ropa que acaba de descolgar del tendedero. Uruguay es un país pequeño, de apenas 3 y medio millones de habitantes, pero su ingreso per cápita ajustado al poder de compra no es diferente del de México. Ahora bien, si el ingreso promedio de ambos países es similar, lo diametralmente opuesto son las actitudes presidenciales frente al poder. En el Uruguay hay la voluntad de vivir frugalmente, incluso por debajo de la "medianía republicana" recomendada por Benito Juárez, en México no.

El lector mexicano no tiene más que imaginar la calidad de vida en "Los Pinos", en el nuevo rancho de Vicente Fox, en la casa del Pedregal de San Ángel construida para Ernesto Zedillo por su hijo -las fotografías de ambos sitios fueron publicadas en revistas de amplia circulación- o en la tristemente célebre "Colina del Perro" de José López Portillo -Carlos Monsiváis hizo una descripción de la gran biblioteca circular del ex mandatario- para contrastar no sólo formas de vida de las clases políticas de Uruguay y México, sino también sus respectivas visiones del mundo y, sobre todo, de sus formas de relación con los gobernados.

El concepto de clase política no sólo incluye a quienes ocupan puestos de elección y a la alta burocracia sino también a la cúpula empresarial, a "los que mandan" desde el dinero. Ahora bien, dentro de las reglas de una economía de mercado, los empresarios no tienen por qué solidarizarse con el grueso de sus coterráneos y vivir modestamente (aunque aquellos cuya fortuna está asentada en monopolios harían bien en ser frugales, para no despertar resentimientos justificados). En contraste, los políticos profesionales, los que viven de la política, es decir, del erario, sí están obligados a hacer patente no sólo su honestidad sino un modo de vida que no difiera mucho del dominante en el país.



Legitimidad

Las cifras uruguayas citadas por Mujica ponen al número de indigentes en alrededor del 1 por ciento de la población, lo cual contrasta con las estadísticas mexicanas, donde, de acuerdo con el Coneval, el 10.5 por ciento de la población vive en "pobreza multidimensional extrema". Así pues, resulta que en un país con pocos pobres la forma de vida del líder de la clase política, un hombre de izquierda, es casi espartana. En contraste, en México, donde la pobreza campea, sus dirigentes, más o menos identificados con la derecha desde hace más de 70 años, están acostumbrados a vivir en formas donde la distancia entre gobernantes y gobernados recuerda a los despotismos orientales.

El vivir, y muy bien, de la política explica en gran medida la ferocidad de las pugnas internas de la clase política mexicana a pesar de que las diferencias ideológicas son insignificantes; se lucha por el puesto, no por el proyecto. Esa gran distancia en las condiciones materiales de vida entre la base ciudadana y la cúpula dirigente explica el resultado de esas encuestas de opinión donde la confianza ciudadana en el Presidente, diputados, senadores, partidos políticos, sindicatos, policías o bancos se encuentra en el 50% inferior de la estructura institucional evaluada (Consulta Mitofsky, "Confianza en las instituciones", 21/02/2010).

La legitimidad de un gobierno y de un sistema político depende de un conjunto complejo de factores, pero no hay duda que uno de ellos es la percepción que el ciudadano promedio tiene de las formas de vida de quienes manejan y dan sentido a la estructura de poder. Una clase política que comparte la manera en que las mayorías enfrentan la vida cotidiana tiene mayor autoridad moral y legitimidad en el ejercicio de su poder que aquellos que sistemáticamente toman distancia. El caso del Uruguay es un botón de muestra que contrasta con la situación mexicana. Aquí, quienes toman las decisiones que moldean el entorno cotidiano de la mayoría habitan en un mundo de privilegios que hace casi imposible la empatía y la solidaridad entre gobernantes y gobernados, tan útil en coyunturas como la actual, donde sólo la confianza entre dirigentes y dirigidos podría neutralizar los efectos dañinos de una notoria debilidad institucional.

Reforma
28/04/2011