viernes, 16 de julio de 2021

Crear Noche de fuego, un proceso muy libre, sensorial y emocional: Tatiana Huezo


Aplauden en Cannes durante 10 minutos la película de la mexicana

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▲ Haber llegado al festival francés es casi un milagro, expresó la cineasta.Foto cortesía Pimienta Films
Especial para La jornada
Periódico La Jornada
Viernes 16 de julio de 2021, p. 6

Cannes. La mexicana Tatiana Huezo trajo su debut en la ficción, Noche de fuego, a Una Cierta Mirada, en la recta final del festival de Cannes. Es una historia de amistad, amor y lealtad desarrollada en un contexto de violencia y protagonizada por niñas (seleccionadas entre 800).

El público se rindió ante la cinta de Huezo y le dio 10 minutos de aplausos al término de la proyección. A continuación, la charla que La Jornada sostuvo con la cinerrealizadora.

Rodada en Neblinas, y Landa de Matamoros, pequeño poblado en la sierra Gorda de Querétaro, la película aborda la historia tres niñas que viven en un lugar en el que es peligroso crecer siendo mujer.

–¿Cómo se siente en este Cannes pospandémico?

Muy privilegiada y profundamente agradecida. Haber llegado aquí es un milagro, un enorme regalo de la vida. También es la cosecha de un arduo trabajo, con un equipo que me acompañó y me respaldo en todo momento, respondió la realizadora.

Huezo agregó: “Fueron tres años de proceso creativo, sin parar. Primero fue el guion. Luego, el casting que duró casi un año. En realidad comenzó un poco antes, al buscar a las seis niñas protagonistas. Tuvo un nivel de dificultad muy importante, porque son tres de ocho años y tres de 13. Había que hallar a las tres pequeñas y a sus clones adolescentes. Era muy importante que fueran del ámbito rural, que anduvieran descalzas, que se treparan en los árboles, que se aventaran al río helado. Además, que tuvieran contacto con el ganado y no les diera miedo. Buscamos en muchos pueblos de México, en montañas.

Se les preparó por medio de un taller que duró casi tres meses, en el tuve la fortuna de que me acompañara Fátima Toledo, como una bruja hermosa, de la que aprendí muchísimo y que las entrenó física y sicológicamente para resistir un rodaje de nueve semanas, nada fácil. Hacía mucho calor, en un lugar muy lejano, fuera de sus casas.

–¿Cómo fue trabajar con ellas?

“Fue un reto, porque es una producción muy compleja, con efectos visuales especiales. Éramos más de cien personas de crew. En el fondo esto me daba terror. Me decía: ‘lo único que no se me puede ir de las manos es la interpretación’. El corazón de la cinta está en las niñas, en su mirada, en su forma de sentir y de transmitir. No hubo lectura de guion, por ejemplo. El casting fue fundamental, era una entrevista. Necesitaba saber quiénes eran, su vida cotidiana, sus afectos, sus pesadillas. Generábamos ciertas situaciones de la película a partir de sus experiencias personales. Nunca supieron qué había detrás de cada escena, sobre todo las pequeñas. Era más importante partir de sus identidades, infinitamente más ricas. Indicarles cómo eran sus personajes y las situaciones, las hubiera limitado y empobrecido a los personajes. Fue un proceso muy libre, sensorial, emocional”.

Entregaron el alma

Respecto de los actores profesionales, la cineasta contó: “Fue fundamental que llegaran. Mayra Batalla, el personaje protagónico –mamá de Ana–, Tere Sánchez, Guillermo Villegas, Norma Pablos, formaron un equipo de primer nivel que entregó su alma y que abrazó el proceso creativo. Su trabajo fue impresionante. Tenían que reaccionar de forma inmediata, con su instinto.

Mayra quería leer el guion, pero le dije que su trabajo iba a ser de investigación: métete con tu vecina local, come con ella, hazte su mejor amiga, fíjate cómo habla con su marido. Su personaje terminó de construirse allí. Se mimetizó, se volvió parte de la comunidad. Todos estos elementos forman un gran universo que se ve en la película. También influyó estar aislados nueve semanas, sin hoteles ni Internet ni teléfonos. Las dificultades nos hicieron pegarnos un clavado de lleno en el filme y quiero saber que eso se ve, que está en la pantalla.

–¿Cómo ha sido su transición del documental a la ficción?

Tatiana Huezo expresó: “Me siento muy feliz de haber hecho esta película. Salí muy fortalecida y muy libre para transitar entre un género y otro. Amo hacer el documental y necesito muchas veces pisar tierra y entrar en la vida de los otros. Me nutro de eso, de los pequeños detalles. Le entré a esta nueva forma cinematográfica, para mí, desde lo que conozco. Fue un gran desafío trabajar con cien personas cuando en 15 años sólo lo he hecho con siete, que han sido mi equipo desde mis dos películas anteriores y mis cortos. Aquí hay muchos departamentos nuevos y muy especializados, como maquillaje, vestuario, dirección de arte, que, para mí, eran como un ejército, comandado por Óscar Tello, también director de arte en Roma”.

Destacó que “muchos escenarios se crearon desde cero, tiramos muros y levantamos paredes. El Jaripeo, esa fiesta enorme que hay en la película, fue creada de la nada, como el campo de amapolas, cada planta está sembrada, generada en este lugar. Fue un viaje fascinante y me enamoré. Me veo haciendo documental y ficción a la par, sin ningún problema.

–¿Trabaja ya en otro proyecto?

“Estoy empezando una nueva película documental que se llama El eco, que también se ubica en el universo de la infancia, en un pueblo lejano. Soy adicta a los niños, no sé por qué. Sigo indagando que significa crecer y cómo es el eco de los padres en los hijos. Es un rodaje con personajes que están envueltos por el paisaje, el clima, el cambio de las estaciones que está muy marcado. También he comenzado a dibujar el siguiente guion de ficción. Es decir, la pandemia, que nos ha cambiado mucho, me ha ayudado a centrarme totalmente y a trabajar muy fuerte. Estoy con estos dos proyectos a la vez.

–¿La pandemia la ha inspirado?

“Sí. Ha sido un tiempo muy duro que nos detuvo en seco a todos. Hemos perdido a gente muy querida, ha sido un golpe al alma, a nuestra vida cotidiana, por un lado. Por otro, me obligó a parar en casa. Llevaba años sin hacerlo. Esta ha sido una película con muchos coproductores, y durante los últimos meses estuvimos varios en Brasil. Y, de repente, en seco, hubo que estar en casa, con la familia, con mi hija y con mi compañero. Fue un viaje muy bonito hacia la familia, lo íntimo.

–Una especie de inyección de humanidad...

Totalmente. Me abrió un espacio muy generoso para ponerme a trabajar en el papel, imaginar y a volar con lo que sigue, concluyó la realizadora.

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