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viernes, 14 de octubre de 2011

Bromea Pacheco sobre los panistas y El Chicharito

Recibe el Premio El Colegio de México-Alfonso Reyes

“La batallas en el desierto es un libro que ya no me pertenece”, dice.

2011-10-14•Cultura

“Cada día es peor, es un baño de sangre...”, dijo de la realidad del país.

Responde a los tiempos electorales: si cuando se le anunció como ganador del Premio Cervantes se sentía una estrella de rock, hoy tantas luces de las cámaras fotográficas y de televisión, tantas grabadoras y entrevistas, lo hacen pensar: “Soy Ernesto Cordero o Josefina Vázquez Mota”.

Es José Emilio Pacheco, quien en su humildad y seriedad, se da tiempo para el humor: cuando le entregan el diploma y el cheque, dice presuroso: “Agradezco el diploma, pero estoy ávido de abrir el sobre, a ver si son los 80 millones de dólares de El Chicharito (Hernández)”.

El escritor, en otro de sus momentos en el que se da tiempo para evocar anécdotas, como aquella vez que le pidieron firmar unos ejemplares de Las batallas en el desierto y entre las tarjetas estaba el nombre de Miguel Alemán Valdés, “no sabía si dedicarla o hacerme pendejo”. Finalmente escribió: “Con suma gratitud, porque sin usted este libro no existiría”.

Es el narrador y poeta, traductor y ensayista, en la ceremonia de recepción del Premio El Colegio de México-Alfonso Reyes, surgido en 2010 para conmemorar el 70 aniversario de la institución, mediante la cual se buscó reconocer la trayectoria y las aportaciones de José Emilio Pacheco.

“Las batallas en el desierto es libro que, desde hace años, ya no me pertenece. No lo he hecho yo, sino sus lectores, por tanto me parece de una arrogancia suprema hablar de este libro como si de verdad yo fuera su autor y hubiese podido planear su único e irrepetible destino”, cuenta el siempre modesto escritor, luego de recibir de manos del presidente del Colmex, Javier Garciadiego, el galardón, y de Jaime José Serra Puche, el monto económico del premio.

Desde su perspectiva, a partir de la segunda reimpresión, la novela se apartó de él para siempre y tuvo su existencia propia e independiente y la historia se transmitió de un lector a otro, “supongo que su resonancia se debe en primer término a los maestros que la adoptaron para sus clases”.

“Un libro que pensé tan local y tan circunscrito en el tiempo y el espacio, tiene hasta hoy lectores en los lugares más remotos y las lenguas más diversas. No se crea, por ello, en lo que llaman su universalidad. Si ha tenido gran aceptación en Francia e Italia, también fue un fracaso absoluto en Estados Unidos.”

Previo a la ceremonia, José Emilio Pacheco se refirió en forma breve a la situación por la que atraviesa México, por la cual se dijo deprimido, “cada día es peor, es un baño de sangre y una fosa común”, de la que no llega a explicarse el porqué de la nueva crueldad: “¿Qué haría?, a mí no me pregunten. Sólo soy un pobre poeta, comentó al rememorar a Pablo Neruda.

Un “pobre poeta” que no se considera un clásico, sino alguien que, en su humildad, sólo es una tentativa: “es increíble que a esta edad lo diga, pero lo digo con toda sinceridad, que me falte tanto por aprender, por hacer y por leer. No se imaginan lo que me falta y lo que siento que ya no voy a alcanzar a hacer”. De nuevo, José Emilio Pacheco.
México • Jesús Alejo

miércoles, 12 de octubre de 2011

Reyes, antídoto contra la desesperación y la violencia: JEP

El poeta recibe mañana el Premio Alfonso Reyes 2011, otorgado por El Colegio de México, pero antes habla con MILENIO de su primer acercamiento al escritor regiomontano y sobre la vigencia de su obra.

2011-10-12•Cultura


En los últimos años, la figura de José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939) se ha engrandecido no sólo con su obra, sino con la recepción de diversos galardones y reconocimientos que han contribuido a ponerlo en el centro de atención, tales como los premios Cervantes y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, otorgados en 2009.

A esos galardones se suma el Premio Alfonso Reyes 2011, que mañana le entregará El Colegio de México, el cual surgió el año pasado con motivo de su programa de actividades para conmemorar su 70 aniversario, en reconocimiento a su “trayectoria literaria, así como por su invaluable aportación a las humanidades y la cultura hispanoamericana”.

Miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua, José Emilio Pacheco, autor de Las batallas en el desierto, El principio del placer, El reposo del fuego o La edad de las tinieblas, habla en entrevista con MILENIO de los diferentes elementos que lo unen a la obra de Alfonso Reyes, cuya prosa “nos permite pensar por cuenta propia y ya no depender de la sumisión al modelo madrileño”.

¿Cómo fue su primer acercamiento a Alfonso Reyes?

Muy niño leí dos poemas canónicos del joven Reyes. Ahora me sorprenden porque cien años después hablan sin quererlo de las drogas: “Amapolita morada/ de los llanos de Tepic” y “Flor de las adormideras/ engáñame y no me quieras”. No creo haberlos entendido pero me sedujo su musicalidad.

Tardé en llegar a don Alfonso. Fui víctima de todos los prejuicios antirreyes: “Escribe muy bien pero no dice nada”, “Sólo se ocupa de Grecia”. Yo fui radicalmente guzmaniano y vasconceliano. Mi padre era amigo de don Martín y de don José. Gracias a ello Carlos Monsiváis y yo pudimos visitarlos. Y escucharlos. Sería presuntuoso decir que conversamos.

Sergio Pitol y Monsiváis me llevaron a la Librería Zaplana de San Juan de Letrán. Libros que estaban en una bodega surgieron en la mesa de a peso. Leí Calendario, Reloj de sol, Tren de ondas. Quedé fascinado y convencido de la estupidez automutiladora de los prejuicios.

Otro ejemplo: pensaba que Novo era un señor que salía en televisión (presentaba, eso sí, magníficas obras de teatro) y daba recetas de cocina en sus crónicas. Monterroso me dijo: “No seas estúpido. Es un gran escritor. Ve a Zaplana y cómprate por un peso Continente vacío”. Así fue.

¿Por qué Alfonso Reyes “siempre resulta grata compañía”, como escribe en uno de sus textos dedicado al regiomontano?

Por favor léelo y verás.

¿Qué le debe la cultura mexicana a Reyes?

La elaboración de una gran prosa española mexicana que nos permite pensar por cuenta propia y ya no depender de la sumisión al modelo madrileño. Fue un proceso muy largo y una batalla que ganó Reyes para todos los mexicanos.

¿Cuáles serían sus principales aportaciones?

La anterior, en primer lugar, y en segundo hacer nuestras muchas cosas, por ejemplo la tradición grecolatina y la literatura del Siglo de Oro, tan nuestra como de los nacidos en Salamanca o en Granada.

Te dejo una sola frase para que la pensemos todos. Reyes dice en los treinta que trabaja a fin de que el porvenir “no quede librado a la desesperación ni a la violencia”. ¿Y qué vivimos en el México de 2011?: la desesperación y la violencia. Reyes bien puede ser un antídoto.

Se le acusó de ocuparse mucho de Grecia y menos de México, ¿qué tanto de cierto hay en esa aseveración?

Así como Reyes se ocupó de Grecia en cinco o seis de sus cien libros,
hubiera sido muy bueno para nosotros que alguien se hubiera ocupado en México de Shakespeare o de la gran novela francesa. Además, Grecia había quedado hasta cierto punto fuera gracias a la hegemonía del latín, al mismo tiempo lengua del imperio y de la Iglesia.

¿Alfonso Reyes se ha convertido en el Cervantes mexicano: muy nombrado, pero poco leído?

Cervantes es muy leído, Reyes no, por desgracia. La lectura no puede imponerse por decreto. Nadie está obligado a leer a Reyes, pero si lo
hace puedes estar seguro de que saldrá beneficiado.

En tiempos de barbarie, ¿qué libro recomendaría de la amplia bibliografía de Reyes?

Junta de sombras. Está en la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica.

La entrega del premio va a servir para la evocación de una de sus obras emblemáticas, ¿qué piensa de Las batallas en el desierto a 30 años de su publicación?

Perdóname, no puedo adelantar lo que diré el jueves en El Colegio de México. Además sólo voy a saberlo cuando me ponga a escribirlo. No pienso si no pongo los dedos en el teclado y después en la pluma que revisa.
México. Jesús Alejo

sábado, 24 de abril de 2010

Celebración de la palabra escrita


La gloria del Quijote sigue en pie ante el horror que nos cerca: JEP


*El poeta mexicano recibe el premio Cervantes y consuma su paso a la posteridad
*Escribe sabiendo que vendrá la marea y con ella la desmemoria, dice la ministra de Cultura de España
*Su compromiso fraterno lo pone junto a los que sufren, resalta el rey Juan Carlos

Armando G. Tejeda
Corresponsal
Periódico La JornadaSábado 24 de abril de 2010, p. 4

Alcalá de Henares, 23 de abril. A sus 70 años –50 los ha dedicado a la literatura y la creación–, el polígrafo mexicano José Emilio Pacheco (JEP) recibió el Premio Cervantes de las Letras 2009, con el que se convierte en un “clásico vivo”, en un autor esencial que intenta descifrar el presente.
Después de Octavio Paz, Carlos Fuentes y Sergio Pitol, ahora tocó a JEP el turno de llenar con su palabra el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, en una sesión solemne en la que se consumó su paso a la posteridad. “Me gustaría que el premio Cervantes hubiera sido para Cervantes”.
Su obra, escrita a lo largo de 50 años, se resume en 14 libros, 800 páginas y miles de manuscritos o esbozos de poemas destruidos; su relación con la literatura ha tenido varias vertientes; desde sus primeras incursiones en la veta fantástica y de piratas, cuando tenía seis años y ya garabateaba fábulas, hasta sus doctos ensayos literarios o poemas más proféticos.
Visión doliente
Rodeado de académicos, escritores, de los reyes de España, Juan Carlos y Sofía, y del presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, Pacheco subió al estrado, apartó con elegancia su inseparable bastón negro e inició un discurso rico en referencias literarias y de gran profundidad.
Pacheco recordó su primer contacto con la obra cumbre de Cervantes, El Quijote, cuando, con tan sólo ocho años fue al Palacio de Bellas Artes con sus compañeros de escuela para escuchar una adaptación realizada y dirigida por Salvador Novo. “La cortina se abre. De la oscuridad surge la venta que es un castillo para Don Quijote. Quiere ser armado caballero a fin de que pueda ofrecer sus hazañas a la sin par Dulcinea del Toboso, la mujer más bella del mundo. Dos horas después termina la obra. Desciende de los aires Clavileño que en esta representación es un pegaso. Don Quijote y Sancho montan en él y se elevan aunque no desaparecen. El Caballero de la Triste Figura se despide: No he muerto ni moriré nunca… Mi brazo fuerte está y estará siempre dispuesto a defender a los débiles y a socorrer a los necesitados”.
Con esa visita escolar y la influencia involuntaria de Novo, JEP descubrió “que hay otra realidad llamada ficción. Me es revelado también que mi habla de todos los días, la lengua en que nací y constituye mi única riqueza, puede ser para quien sepa emplearla algo semejante a la música del espectáculo, los colores de la ropa y de las casas que iluminan el escenario. La historia del Quijote tiene el don de volar como aquel Clavileño. He entrado sin saberlo en lo que Carlos Fuentes define como el territorio de La Mancha. Ya nunca voy a abandonarlo”.
José Emilio Pacheco confesó además que en sus sucesivas lecturas de esa obra descubrió que “el Quijote no es cosa de risa. Me parece muy triste cuanto le sucede. Nadie puede sacarme de esta visión doliente”.
Acompañado estos días por su mujer, Cristina, y sus hijas Laura Emilia y Cecilia, volvió después a lo que llamó “el plano de la realidad irreal o de la irrealidad real”, en el que los personajes del Quijote pueden ser al mismo tiempo sus lectores, y afirmó: “Me gustaría que el premio Cervantes hubiera sido para Cervantes. Cómo hubiera aliviado sus últimos años al recibirlo. Se sabe que el inmenso éxito de su libro en poco o nada remedió su penuria”.
Tras detallar cómo padeció Cervantes un orden injusto e impuesto, JEP concluyó: “El Quijote es muchas cosas, pero es también la venganza contra todo lo que Cervantes sufrió hasta el último día de su existencia. Si recurrimos a las comparaciones con la historia que vivió y padeció Cervantes, diremos que primero tuvo su derrota de la Armada Invencible y después, extracronológicamente, su gran victoria de Lepanto: El Quijote es la más alta ocasión que han visto los siglos de la lengua española”.
Finalmente, JEP volvió a esa realidad diaria, a ese “pan cotidiano” de la violencia extrema que padece México. “Nada de lo que ocurre en este cruel 2010 –de los terremotos a la nube de ceniza, de la miseria creciente a la inusitada violencia que devasta a países como México– era previsible para comenzar el año. Toda cambia día a día, todo se corrompe, todo se destruye. Sin embargo, en medio de la catástrofe, al centro del horror que nos cerca por todas partes, siguen en pie, y hoy como nunca son capaces de darnos respuestas, el misterio y la gloria del Quijote”.
El discurso de JEP recibió la respuesta de la ministra de Cultura española, Ángeles González-Sinde, quien señaló: “Pacheco escribe sabiendo que vendrá la marea, y con ella, la desintegración en el tiempo, la desmemoria”.
Mientras el rey Juan Carlos, quien entregó la medalla y el acta de reconocimiento del premio, destacó la “modestia” del poeta, así como su obra que “rezuma una humanidad y un compromiso fraterno que le han llevado siempre a estar cerca de los que sufren”. Su obra entraña “la hondura de un compromiso ético, ejemplar y necesario”.

jueves, 22 de abril de 2010

JEP lega sus obras y un “adelanto tecnológico”: una estilográfica


El poeta depositó en una cápsula del tiempo sus objetos, que serán “descubiertos” en 2110

*Durante muchos siglos, explica en Madrid, “hubo que hacer una pausa para rebujar primero la pluma de ave y después la pluma en el tintero’’
*Mañana recibe el Premio Cervantes de Literatura

Armando G. Tejeda
Corresponsal
Periódico La JornadaJueves 22 de abril de 2010, p. 3
Madrid, 21 de abril. El poeta mexicano José Emilio Pacheco (JEP) convirtió el acto de entrega de un legado “secreto” en una caja acorazada del Instituto Cervantes de Madrid en un alegato discreto y profundo de la poesía, de la lengua española y de su propia obra, “un átomo en una cadena que empezó hace mil años”.
Enfrentado de bruces con la posteridad, con lo póstumo o con el devenir de objetos tan cotidianos y necesarios como la “pluma estilográfica”, el Premio Cervantes de Literatura 2009 afirmó: “Como todos los seres humanos, vivo, y no podría ser de otra manera, en la absoluta ignorancia del porvenir”.
En los años recientes, los escritores que son reconocidos con el máximo galardón de las letras hispanas han tenido entre su apretada agenda previa a la ceremonia de entrega una visita obligada al Instituto Cervantes.
Ahí, en un edificio que hasta hace unos años fue la sede central de un importante banco español, se abre una caja de acero inexpugnable.
En ese recinto cerrado y repleto de llaves y de claves secretas, JEP tenía la encomienda de dejar un “legado secreto” que se abrirá en cien años, como una manera de transmitir conocimiento y obra a las futuras generaciones.
En los años recientes han dejado su “caja secreta” escritores como Juan Marsé o Ana María Matute, o la prima ballerina assoluta cubana Alicia Alonso.
La entrada a la caja acorazada está custodiada por una inmensa puerta de acero, con una enorme cerradura que se asemeja a los timones de barco y un sinfín de mecanismos internos que la convierten en una puerta infranqueable.
Ahí esperaban a José Emilio Pacheco, para que dejara su legado, la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel, y la ministra de Cultura española, Ángeles González-Sinde.
Dentro, decenas de pequeñas cajas de acero vacías permanecen a la espera del legado póstumo de otros artistas o escritores.
El poeta, narrador y traductor mexicano llegó con su andar pausado y depositó en una silla próxima un pequeño maletín negro en el que guardaba los objetos y documentos que quería dejar a la posteridad.
De entrada, anunció: “Yo no voy a mantener en secreto lo que voy a dejar”.
Porque JEP convirtió la caja acorazada y sus paredes inexpugnables en un escenario sobre el que interpretó una obra literaria creada ex profeso, desde la que no sólo reflexionó sobre el tiempo que no verá, sino también sobre el que padeció.
“Dice un poema de Wislawa Szymborska que leemos cartas de los muertos y somos como dioses desamparados, pero dioses después de todo, porque sabemos qué sucedió más tarde. No han nacido quienes abrirán esta caja, un 21 de abril, pero no del terrible 2010, sino del impensable 2110. Ellos sí saben lo que va a suceder más tarde. Yo no.
“Como todos los seres humanos, vivo, y no podría ser de otra manera, en la absoluta ignorancia del porvenir. Hay una sensación de vértigo y terror al dejar caer estos guijarros en el insondable pozo del tiempo”, dijo el autor de Como la lluvia.
“Dentro de un siglo nadie recordará mi nombre ni mi trabajo”, aseguró.
Pacheco detalló entonces el contenido del “legado”: dos libros de reciente publicación en España, Tarde o temprano, que es la recopilación de todos sus libros de poesía, y la novela Las batallas en el desierto.
También dejó unos manuscritos separados por unos cuantos años de distancia y elegidos al azar, algunos escritos en el papel más barato de su juventud, el papel revolución. Además de una pluma estilográfica, “que fue un gran adelanto tecnológico porque durante muchos siglos hubo que hacer una pausa para rebujar primero la pluma de ave y después la pluma en el tintero”.
Por último, un bolígrafo –cuyo origen es un poco triste, pues fue inventado por causa de los bombardeos aéreos– y un rotulador para que las personas del futuro vean “estos instrumentos, que en un siglo serán como vestigios hallados en una cueva de la prehistoria”.
Pero JEP también dejó en herencia una frase reveladora y rotunda: “No sabremos si habrá libros en el siglo XXII, pero me atrevo a creer que en formas desconocidas para nosotros existirá la lengua española y la poesía. Y mi obra es una gota de agua en el océano, un átomo en una cadena que empezó hace mil años y ahora aquí transmito a ustedes para que tengan piedad de mí y compasión por nuestra época tan oscura y tan sangrienta”.
El poeta estuvo acompañado de su esposa, Cristina, y de sus hijas Laura Emilia y Cecilia.

lunes, 30 de noviembre de 2009

A José Emilio Pacheco, el Cervantes 2009

Al poeta y ensayista mexicano "lo hemos definido como el idioma entero", declaró el jurado.

Afp Publicado: 30/11/2009 08:38

Madrid. El poeta y ensayista mexicano José Emilio Pacheco ganó el premio Cervantes 2009, considerado el Nobel de las letras hispanas, anunció este lunes la ministra de Cultura española, Ángeles González-Sinde.
"José Emilio Pacheco lo hemos definido como el idioma entero", afirmó el presidente del jurado, José Antonio Pascual, en referencia a la elección del poeta mexicano.
"Es un poeta excepcional de la vida cotidiana, con una profundidad y una libertad en sus pensamientos, una capacidad de crear un mundo propio y un uso lingüístico impecable", añadió Pascual.
La elección de Pacheco, de 70 años, cumple con la regla no escrita del premio Cervantes de alternar su concesión a literatos de uno y otro lado del Atlántico después de que el pasado año el galardón recayera en el escritor español Juan Marsé.
El premio Cervantes, dotado con 125 mil euros, está destinado a dar "público testimonio de admiración a la figura de un escritor que, con el conjunto de su obra, haya contribuido a enriquecer el legado literario hispánico", dijo la ministra española al leer el acta del jurado.

lunes, 27 de julio de 2009

“Por llegar, el momento de la despedida”: JEP

Octavio Vélez Ascencio, Corresponsal


Oaxaca, Oax., 26 de julio. El escritor José Emilio Pacheco dijo que ha llegado el momento de su despedida y de ceder el lugar a los jóvenes, porque se ha empezado a terminar la generación de los escritores de su época.
“Creo que empieza a llegar el momento de la despedida y de iniciar una larga ausencia de los medios de comunicación”, afirmó en un homenaje recibido durante la clausura del Encuentro Internacional de Hacedores de Palabras 2009, efectuado en el Teatro Macedonio Alcalá.
El ganador del Premio Reina Sofía 2009 expuso que una consistente generación de jóvenes escritores, hombres, pero en especial mujeres, viene empujando fuerte, lo cual “llena el quehacer literario”.
“Sé que se excedieron”
Agradeció el homenaje y se dijo conmovido por la distinción que recibió.
“Quiero agradecer todo; estoy muy conmovido por esta fiesta que me dan, pero sé que se han excedido”, señaló.
En el Encuentro Internacional de Hacedores de Palabras 2009, Pacheco, sin protocolos académicos, entabló una charla con los también escritores Vicente Quirarte, Raúl Renán, Gerardo de la Torre, Carmelo Angulo Barturén, Jorge Esquinca, Ignacio Trejo Fuentes, Héctor Carreto y Julio Ramírez.
El acto fue organizado por la Secretaría de Cultura del estado, uniéndose así a las demás instituciones que participan en la celebración nacional por los 70 años de vida del escritor.

jueves, 2 de julio de 2009

JEP en sus 70 años

Margo Glantz

Vieja y legítima es la tradición del lamento en México, presente en nuestro país desde tiempo inmemorial, quizá desde la caída de Tenochtitlán, derrumbe que se prosigue hasta nuestros días. Resuenan todavía en nuestros oídos los trenos pronunciados por los mexicas, tal y como los escuchamos en la aproximación –para usar una de las categorías preferidas por José Emilio Pacheco– que de ellos hizo Miguel León-Portilla en su Visión de los vencidos, libro que acaba de celebrar sus primeros 50 años de vida, religiosamente editado en la Biblioteca del Estudiante Universitario que dirigió hace mucho tiempo José Emilio Pacheco en nuestra Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en la que Jaime García Terrés fuera alguna vez director de Difusión Cultural en la época del rector Ignacio Chávez, y José Emilio, jovencísimo, secretario de redacción de la Revista de la Universidad en su periodo más glorioso, nunca superado. Allí publicaba casi imberbe, delgado y con anteojos, su columna Simpatías y diferencias, continuada ininterrumpidamente durante muchos años, como esas calles mexicanas que se cortan y reciben en su mismo transcurso otros nombres, a saber, Calendario en Siempre!, Inventario en Excélsior y luego en Proceso, columnas que deberían ser reditadas, o quizá convertirse en blogs, ahora tan de moda y que este poeta anticipó con creces.

En su poesía se hace eco también de la visión de los vencidos: “pueblos hábiles para la guerra…/ con manos delicadas para tallar la piedra/ entretejer las plumas/ abrir el pecho de los cautivos –y con lágrimas/ para llorar después la servidumbre”. En sus intensos textos elegiacos de tono imprecatorio,Visión de Anáhuac o Palinodia del polvo , Alfonso Reyes también practica esa tradición: en ellos el desierto natural, desencajado de la tierra por su luminosidad y su retorcimiento (prefigurando avant la lettre la visión de Malcolm Lowry), tiende igualmente, no en su contenido sino en el movimiento necesario para producirlo, a la destrucción total. La transparencia, la luminosidad se cancelan y se deterioran en la lenta y secular labor de los creadores del desierto artificial, de aquellos que emprendieron un desastre que origina, como dijo Reyes proféticamente en 1915, “el espanto social”, el desierto, otro de los temas recurrentes en la obra de Pacheco: “Somos una isla de aridez/ y el polvo/ reina copiosamente entre su estrago/. Sin embargo la tierra permanece/ y todo lo demás/ pasa/ se extingue/ se vuelve arena para el gran desierto”, dice en Islas a la deriva.

José Gorostiza se conduele por su parte de la muerte sin fin del universo entero, como José Emilio lo hace al acercarse a él en Los elementos de la noche, poema escrito entre 1958 –¡hace 50 años y él con 20!– y 1962, poniendo en práctica su teoría de la aproximación y reinstaurando a su modo la figura inmarcesible que del agua sitiada por el vaso nos legó el poeta tabasqueño.

Sí, todo cambia, ya lo había dicho el viejo Heráclito, y nuestro poeta hace suya la premisa: “El viento pasa y al pasar se desdice/ se lleva el tiempo y desdibuja el mundo”; cambio incesante modulado como lamento y asociado eternamente al tema de la fugacidad: “No soy –afirma Pacheco– el inventor de la disolución y del caos”, aunque esté convencido de que, en poesía, “sólo la desgracia y el sufrimiento hablan”, y por ello mismo en su escritura son un punto de arranque perentorio: “Mi punzante estribillo es nunca más./ Y sin embargo amo este cambio perpetuo/ este variar segundo tras segundo/ porque sin él lo que llamamos vida/ sería de piedra”.

Y ese cambio perpetuo acaba siendo la esencia misma del poema o la poesía a secas, porque “ésta jamás se queda inmóvil”, y porque “...todo poema/ es un ser vivo/ envejece”. Y justamente por eso, porque los poemas son seres vivos y envejecen, José Emilio se aboca a la tarea de resucitarlos aproximándose a ellos en esa continua revisión de los poemas que lo han formado y constituyen su canon.

sábado, 27 de junio de 2009

Sabía que José Emilio Pacheco sobresaldría en el futuro: Óscar Chávez

El cantautor dijo que a mediados de los 70 había un grupo universitario, "era un movimiento compuesto de escritores, pintores, músicos y filósofos. Realmente una generación interesante, pero José Emilio siempre se distinguió".

Notimex Publicado: 27/06/2009 13:00

México, DF. A mediados de los 70, en Radio Universidad se reunieron las voces que apostaban por la cultura en México; "era medio mundo", describe el cantautor Oscar Chávez, "todos tenían algo que decir, pero sólo unos cuantos sobresaldrían para la posteridad, como José Emilio Pacheco".

Indicó que trabajaron con Max Aub, coordinador en la dirección de difusión cultural de la Universidad (UNAM). "Estábamos con Jaime García Terrés, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Juan García Ponce, Eduardo Lizalde, Rosario Castellanos y Augusto Tito Monterroso, entre otros".

En entrevista comentó que: "Era un movimiento compuesto de escritores, pintores, músicos y filósofos. Realmente una generación interesante, todos éramos muy jóvenes y valiosos, pero José Emilio siempre se distinguió, era un brillante prospecto que hoy significa uno de nuestros poetas más célebres".

Óscar Chávez, quien se caracteriza por interpretar y componer diversos géneros de música popular mexicana, con temas de protesta dirigidos al gobierno y en apoyo al movimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), aplaudió que se le rinda una serie de homenajes al escritor, poeta, novelista y traductor, con motivo de sus 70 años, 50 dedicados a la literatura.

"Me da mucho gusto que estos reconocimientos los hagan en vida, porque normalmente se hacen cuando la gente ya no está para disfrutarlos; además, me parece que son muy merecidos", destacó.

El pasado 17 de junio, en El Lunario del Auditorio Nacional, Chávez junto al Trío Los Morales, participaron en el tributo al novelista, quien compartió experiencias al lado de los escritores Sealtiel Alatriste e Ignacio Solares. Al recital asistió, entre otras personalidades, su esposa Cristina Pacheco.

"Interpretamos uno de sus más grandes poemas, Alta traición (1969), que reza: No amo mi patria. Su fulgor abstracto es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos, cierta gente, puertos, bosques de pinos, fortalezas, una ciudad deshecha, gris, monstruosa, varias figuras de su historia, montañas (y tres o cuatro ríos).

"Fue un atrevimiento cuando musicalicé esta obra, pero después me llenó de satisfacción saber que le había gustado, ya que es bien difícil entrar en el mundo del poeta. Desde entonces, no he dejado de cantarlo", comentó.

Una de las cosas que más recuerda de su amistad con el autor de No me preguntes cómo pasa el tiempo (1970), "es cuando en 1964 tuve la suerte de fungir como narrador en una película que se hizo sobre su cuento Viento distante, bajo la dirección de Manuel Michel Sinner, para un concurso de Cine Experimental".

En aquel tiempo, dijo, "participaron varios directores y se llevaron al cine obras como La Sunamita, un texto de Inés Arredondo, a cargo de Héctor Mendoza. Asimismo, hubo otros que hicieron Juan Ibáñez y Juan José Gurrola.

"Fue una buena época", así como el tiempo en que más frecuentaba a José Emilio Pacheco, pues ahora "nos vemos muy poco debido a que es un hombre muy ocupado y yo también, pero eso no impide que seamos buenos amigos", añadió.

El artista presumió que es de su conocimiento toda la obra literaria de José Emilio Pacheco, pero si entre poemas y narrativas tuviera que escoger alguno de su preferencia, "sin duda me quedaría con Las batallas en el desierto (1981), la historia de un niño de clase media que habla de su experiencia política y social".

En el libro, el protagonista "Carlos", en su etapa adulta, describe ante Pacheco los problemas del gobierno de Miguel Alemán (1946-1952), la influencia en la cultura popular proveniente de Estados Unidos, así como la moral ambivalente del México de los años 40.

"De José Emilio sólo puedo decir cosas buenas, siempre fue muy talentoso, creo que ha realizado todo lo que se ha propuesto e insisto, me da una enorme satisfacción que se le ovacione en vida", reiteró Óscar Chávez.

viernes, 12 de junio de 2009

Soy un eslabón de una cadena que empezó hace mil años: JEP

Rindieron homenaje al poeta, quien cumplirá 70 años y recibirá el premio Reina Sofía

*En el tiempo de todas las crisis y todas las desgracias, con el Príncipe de Asturias conferido a la UNAM “tenemos cuando menos algo de qué alegrarnos”, manifestó el escritor

Ericka Montaño Garfias

“No soy sino un eslabón muy pequeño, un eslabón más, de la cadena que empezó hace mil años y que quizá no termine nunca”. Apenas un fragmento del discurso que José Emilio Pacheco (JEP) regaló en el homenaje que recibió por haber sido galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2009.

Noche de tráfico y un chaparrón en la zona de Palmas. Noche de amigos, de poetas. Noche de El Poeta. De la sonrisa del poeta, de su eterno cambio de lentes, de su discurso salpicado de memoria y cotidianidad. Fue la noche de José Emilio Pacheco, previa a dos festejos más: su cumpleaños el 30 de junio –apenas 70 años– y de la entrega del Premio Reina Sofía, el próximo 17 de octubre.

Noche de doble festejo: horas antes se había anunciado que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) había sido reconocida con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Caos citadino

José Emilio llegó a la residencia oficial del embajador de España en México, Carmelo Angulo, acompañado de su esposa, la periodista Cristina Pacheco. Contra su costumbre, el homenajeado llegó tarde, por lo que, en cuanto pudo, ofreció disculpas aun cuando el responsable del desaguisado no fue él sino la falta de taxis en el caos citadino del miércoles por la noche.

Sólo faltaba JEP. Ya estaban Ramón Xirau, Juan Gelman y Marco Antonio Campos, todos poetas y amigos del homenajeado, quienes junto con el embajador Angulo lo acompañaron después en los discursos.

Asistieron también la presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Consuelo Sáizar; el director de la Academia Mexicana de la Lengua, José G. Moreno de Alba, y escritores como Angelina Muñiz-Huberman, Pura López Colomé y Daniel Sada, entre otros.

Este es un homenaje a “uno de los poetas mayores de nuestra lengua”, señaló el diplomático español. Con el premio a Pacheco, y los recientes reconocimientos al también poeta Tomás Segovia (Premio Federico García Lorca de Poesía), al narrador Jorge Volpi (Premio de debate Casa de América), a Margit Frenk (Premio Internacional Menéndez Pelayo) y a la UNAM, demuestran que “México, su literatura y su cultura están más presentes que nunca en España”.

El poeta Juan Gelman, quien antecedió a Pacheco en el Premio Reina Sofía y recientemente fue reconocido con el Cervantes, y el filósofo y poeta Ramón Xirau, en su brevedad dijeron todo:

“José Emilio es un narrador admirable, es un crítico profundo y todos extrañamos los textos que solía publicar semanalmente en Proceso. Pero José Emilio es sobre todo y ante todo poeta, un poeta querido, admirado, uno de los poetas más eminentes en lengua española, es natural que se le haya otorgado un premio que lo honra tanto como honra al jurado por haberlo otorgado y al premio mismo. José Emilio, muchas felicidades, pero muchas”, dijo Gelman.

Xirau ofreció un dato: su amistad con Pacheco se remonta a 50 años, desde que ambos participaron en la revista Diálogos, de la que recientemente se presentó la edición digital y un volumen antológico. “Quiero decir simplemente que me da mucho gusto este premio que no ha tenido, que yo sepa, ningún otro mexicano, y darle muchas gracias, decirle que lo queremos mucho”.

Sufrimientos del país este 2009

José Emilio Pacheco, dijo Marco Antonio Campos, “tenía apenas 17 años cuando publicó su primer texto. Desde entonces muchos pájaros han volado desde los árboles y es actualmente, con justicia, uno de los escasísimos poetas y escritores vivos más reconocidos a escala internacional”.
Habló entonces José Emilio, crítico y cronista: “Esta noche celebramos que por iniciativa de usted, señor embajador, el premio Príncipe de Asturias se entrega a la UNAM, grande y justa compensación por todos los horrores que nuestro país ha sufrido y sigue padeciendo en este año siniestro de 2009. En el tiempo de todas las crisis y todas las desgracias, del virus al incendio –iba a decir el crimen– de la guardería de Hermosillo, del desastre económico, de las batallas en Acapulco, tenemos cuando menos algo de qué alegrarnos.

“Arturo Ripstein, que se encuentra aquí, me contaba la última vez que hablamos de su diálogo con Eduardo Lizalde. Arturo le preguntó a Eduardo ‘¿qué consejo le da a usted a los jóvenes poetas?’ ‘–Que no sean poetas, porque es dificilísimo y las posibilidades de éxito son nulas’.

“Para mí es tan difícil que algo me salga bien como estos melate, ¿cómo puede acertar uno a seis pares de números? Más o menos así es escribir poesía.”

Al reconocer la obra de Gelman, Xirau, Campos y Luis María Merina, y del exilio español –aquí hizo mención particular a Max Aub y Vicente Aleixandre–, José Emilio Pacheco se reconoció como ese “eslabón pequeño, uno más de la cadena que empezó hace mil años y que quizá no termine nunca”.

Y antes de agradecer el homenaje, aclaró: “¡Ah!, por cierto, no he recibido el dinero (del premio, 42 mil euros). Será el 17 de octubre. Me llaman personas para que les dé dinero. El otro día recibí un sobre de la Fundación Guggenheim, y me puse muy contento pensando que me iban a dar una beca o algo. No, me pedían dinero, ya es el colmo”, dijo entre risas.

viernes, 8 de mayo de 2009

Distinguen a José Emilio Pacheco con el premio Reina Sofía

El galardonado va del realismo y la ironía a la crítica social y el amor, pondera el jurado

*“Nadie puede ser arrogante si considera el triste destino de los poetas”, expresa a La Jornada
*“Permanece, aunque sepa que ya es una locura, la voluntad de conocer y de mejorar”

Arturo García Hernández

En medio de la catástrofe nacional, la distinción a José Emilio Pacheco con el decimoctavo Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana es una buena noticia. Muy buena. Y motivo de sobra para una entrevista, en el curso de la cual, a pregunta expresa, responde con una ingeniosa paradoja: “elegí ser poeta porque no tuve de otra”.

A media mañana de ayer, el autor de Fin de siglo responde el teléfono, amable pero agobiado por las numerosas llamadas que recibe para felicitarlo o para solicitarle una entrevista.

Dice que no está preparado para atender a nadie en su casa y, además, asegura que le cuesta mucho trabajo expresarse oralmente con claridad. Prefiere un cuestionario por escrito, vía correo electrónico.

Sólida trayectoria

Este año el jurado del prestigioso galardón –dotado con 42 mil euros (algo así como 56 mil dólares)– está integrado por los escritores Pablo García Baena, José Saramago, Luis Antonio de Villena, Jaime Siles, José Manuel Caballero Bonald, José Miguel Santiago Castelo y Carmen Posadas; además de Yago Pico de Coaña, presidente de Patrimonio Nacional, y el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha.

Siguiendo el criterio de premiar a un autor vivo cuyo aporte sea relevante para la cultura iberoamericana, el jurado vio en la obra de Pacheco a un poeta moderno, pero fiel a la tradición clásica; que va del “realismo” y la “ironía” a la “crítica social” y el “amor”.

Su lenguaje parece “coloquial” pero es “profundamente elaborado”, sostuvo Luis Antonio de Villena, mientras que Jaime Siles aseguró que Pacheco secunda a Octavio Paz en su capacidad para crear un “ámbito y un espacio poético propios”.

De tal forma, admitió que “el premio otorgado en esta edición no descubre a ningún poeta sino que ratifica su amplia y sólida trayectoria”.

José Emilio Pacheco (DF, 1939) es novelista, cuentista, ensayista, traductor y crítico literario; especialista también en la literatura mexicana del siglo XIX y autor de la columna Inventario, que durante años se publicó semanalmente en la revista Proceso y que hoy constituye una referencia obligada como ejemplo mayor del periodismo cultural.

Entre los numerosos títulos de prosa y poesía que conforman su bibliografía personal están Morirás lejos, Las batallas en el desierto, El principio del placer, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás e Islas a la deriva.

–¿Cómo y a qué hora se enteró del premio?

–Poco antes de las siete de la mañana. Fue una sorpresa absoluta. No lo esperaba. Pensé que por haber sido finalista no lo obtendría. Ser finalista es como haber sido precandidato a la presidencia mexicana. Ocurrió con André Malraux, Graham Greene o Alberto Moravia, que jamás llegaron a recibir el Nobel.

–¿Tiene algún significado especial para el polígrafo que es usted esta distinción a su obra poética?

–Basta un solo ejemplo para mostrar por qué me siento satisfecho: es un premio que se ha dado a Juan Gelman.

La memoria no idealiza ni disfraza

–¿La poesía para usted ha sido necesidad, destino o, incluso, privilegio? Dicho de otro modo, ¿eligió ser poeta o no tuvo de otra?

–Supongo que son las dos cosas: la elegí porque no tuve de otra.

–Entre el poeta joven que fue y el poeta maduro que es, ¿qué ha cambiado en la manera de ver la poesía, de entenderla, de ejercerla? ¿El tiempo mejora al poeta?

–Gracias por hablar de “madurez” a alguien a punto de cumplir 70 años. No tengo una visión ni histórica ni crítica de mi trabajo. Si la tuviera me sentiría paralizado. Aquí también todo cambia y todo sigue igual. Permanece, aunque sepa que ya es una locura, la voluntad de conocer, de trabajar y de mejorar.

–En su caso, ¿qué le ha dado, qué le ha quitado?

–El tiempo te da y te quita todo. Te da experiencia que no sirve porque cada día es diferente. Y te quita la arrogancia. Nadie puede ser arrogante si considera el triste destino de todos los poetas, grandes y pequeños, famosos y desconocidos. Todo acaba en polvo y ceniza. Pero lo importante es lo que está en medio, lo que podemos hacer entre las dos oscuridades.

–¿Ser buen poeta tiene importancia para usted? ¿Piensa en eso cuando escribe?
Pienso en hacer el mejor texto posible. Lo intento siempre aunque pocas veces me salga. La única verdadera competencia, la más feroz y despiadada, es conmigo mismo.

–Con base en los temas y algunas constantes de su poesía, se podría decir que es usted un poeta del pesimismo, la nostalgia (¿la memoria?) y la belleza. ¿Qué opina? ¿Es demasiado simplificar?

–Perdón: objeto el término “nostalgia”. La nostalgia es la waltdisneyzación del pasado. Es muy distinta la memoria que no idealiza ni disfraza.

–La catástrofe nacional en que nos encontramos, incluida la reciente emergencia sanitaria, ¿ha germinado ya en un poema?

–Todo es tan terrible que me siento excedido por las circunstancias, incapaz de enfrentarme en verso a ellas como lo hice con otros momentos atroces de nuestra vida mexicana.

–Por último: el premio Reina Sofía de Poesía está dotado de una cantidad importante de dinero, ¿ya sabe qué va a hacer con él?

–Como te imaginarás, a estas alturas de la vida lo único en que puedes emplear el dinero es en gastos médicos. La vejez no perdona a nadie.

jueves, 7 de mayo de 2009

Galardonan a José Emilio Pacheco con el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana

"Este premio no descubre a nadie, lo que hace es ratificar una amplia y sólida trayectoria", dijo el jurado.

Dpa Publicado: 07/05/2009 10:26

Madrid. El mexicano José Emilio Pacheco fue galardonado este jueves en Madrid con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, uno de los más prestigiosos del género.

El galardón, que se falló en el Palacio Real de Madrid, reconoce así el conjunto de la obra de este autor, perteneciente a la llamada generación de los años 50 mexicana y quien ha cultivado una gran obra poética de temática universal.

"Este premio no descubre a nadie porque lo que hace es ratificar una amplia y sólida trayectoria", alabó el jurado la obra de Pacheco.

"Ha sido el único que después de Octavio Paz ha sabido crear un ámbito propio, no desde lo coloquial, sino trabajando el lenguaje sobre sus tonos", manifestó el escritor Jaime Siles, miembro del jurado.

El Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que en esta ocasión celebró su XVIII edición, está dotado con 42 mil 100 euros. Lo convocan anualmente Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca para reconocer "el conjunto de la obra de un autor vivo" que suponga "una aportación relevante al patrimonio cultural común de Iberoamérica y España".

Pacheco (ciudad de México, 1939) está considerado uno de los grandes poetas del ámbito latinoamericano. Pero además de los versos, el mexicano cultiva el ensayo, la novela y el cuento, así como la traducción.

"Su obra combina la cultura con la ironía, con la crítica social, con el amor. Hay que destacar su crítica contra la absurdidad humana, contra la realidad de los hombres", destacó el poeta Luis Antonio de Villena, miembro del jurado.

El Reina Sofía de Poesía no es el primer galardón de altura que recibe. En su haber tiene también Premio Nacional de Poesía de su país, el Premio Octavio Paz, así como el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.

En su obra poética destacan Los elementos de la noche (1963), Irás y no volverás (1973) y Trabajos en el mar (1983), entre otros muchos.

Pacheco se enfrentaba en esta edición del Premio Reina Sofía con autores de la talla de Cristina Peri Rossi, Francisco Brines y Ernesto Cardenal. El año pasado, el ganador del galardón fue Pablo García Baena. Los candidatos son propuestos por instituciones académicas, universitarias y culturales de los países que integran la comunidad iberoamericana.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La ciudad de la novela

José Emilio Pacheco


El tercer tomo de Obras Reunidas, que bajo el subtítulo de Imaginaciones mexicanas recoge las novelas Aura, Cumpleaños, Constancia y otras novelas para vírgenes, Instinto de Inez e Inquieta compañía, es inminente que comience a circular. Coincide con la celebración de los 80 años de vida del autor y configura, en palabras de Julio Ortega, “la parte más literaria de la narrativa de Carlos Fuentes, aquella que celebra la libertad más permutante del mundo en el relato”. Como una primicia, ofrecemos a los lectores de La Jornada, con autorización de la editorial, el Fondo de Cultura Económica, un fragmento del epílogo que para este tomo escribió el poeta y ensayista José Emilio Pacheco

Epílogo

Ángel Rama soñó con hacer una antología: “Las mejores novelas cortas de los maestros latinoamericanos”. Incluiría Aura, El coronel no tiene quien le escriba, El perseguidor, Para una tumba sin nombre, El arpa y la sombra, Los cachorros, Cara de sombra… Lo dijo en 1982 al comenzar una década en que la novella, nouvelle, short novel –todo menos “noveleta”– iba a alcanzar un esplendor comparable al que tuvo en el otro fin de siglo.

A juicio de Rama, “en ese género es donde han llegado más alto nuestros narradores, quienes inútilmente han procurado superarlo en largas y brillantes novelas”. Ya Henry James contrastaba the shapely nouvelle con the baggy monster. La verdad es que en el monstruo cabe todo y una y otro se complementan en vez de oponerse.

Los grandes novelistas han triunfado en ambos campos. La muerte de Iván Illich la escribió el autor de Ana Karenina y Guerra y paz. Flaubert hizo Un corazón sencillo y Madame Bovary. Apenas ayer García Márquez nos dio Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera; Fuentes, Agua quemada y Cristóbal Nonato. Su mérito en Constancia y otras novelas para vírgenes es hacer que en the shapely nouvelle quepan más cosas de las que sueña the baggy monster. En su libro que se diría más extraterritorial y excéntrico adopta como centro y territorio, modelo mítico y estructural “la ciudad más vieja del Nuevo Mundo. No la ciudad muerta más antigua (Cuzco, Teotihuacán, Tula) sino la ciudad que vivimos aún y vive desde 1325, México”.

La puesta en abismo

Constancia. En nuestro país la producción novelística y el trabajo crítico han sido ante todo obra de juventud. La vida activa de nuestros escritores no ha durado en promedio más de doce años. Los días enmascarados apareció en 1954: Fuentes lleva cuarenta de construir sin descanso una obra proliferante. Sin ella sería impensable nuestro tiempo mexicano. Constancia de sus temas y obsesiones presentadas bajo una nueva luz. Homenaje en su centenario a su maestro Alfonso Reyes, a quien le hubiera gustado perdurar por un título, Constancia poética. Y a medio siglo de su muerte, recuerdo de Walter Benjamin, cuya obra podría llamarse también “Historia de dos ciudades”, París y Berlín. Él considera la aventura humana “una catástrofe única que acumula ruina sobre ruina”, pero a la que siempre han respondido, y contestarán, la rebelión, el arte y el amor.
La región más transparente fue en 1958 la novela de la ciudad. En 1990 Constancia es la ciudad de la novela. Nunca terminaremos de descubrir a México aunque esté a nuestro lado y bajo nuestros pies. Como ha dicho Milan Kundera, jamás terminaremos de explorar las posibilidades de la narrativa.

Antes de leer Constancia, yo estaba seguro de que la novela corta requería de la separación, la unicidad, el aislamiento en un solo volumen, el espacio propio para el tiempo que invirtamos en leerla. Aura es el más claro ejemplo. Incluida en Los días enmascarados o en Cantar de ciegos, quizá no arrojaría el mismo resplandor que no ha dejado de emitir durante tantos años. Como todos los dogmas, el fanatismo por la novela corta se ve rebatido cuando Fuentes disuelve en Constancia las fronteras formales. Sus cinco short novels admiten la lectura unitaria, exigen la indispensable colaboración llamada relectura y al mismo tiempo se relacionan entre sí y se apoyan como si formaran un libro de cuentos.

Pero no se trata de “cuentos largos” sino de cinco novelas cortas semejantes a cinco niveles históricos en el subsuelo pantanoso de la capital mexicana o cinco pirámides sobrepuestas en una misma estructura. “Lo más sólido se deshace en el aire”: la Catedral de Hull, carcomida por la brisa del Mar del Norte, la Catedral de México, la iglesia-pirámide hecha –como el Palacio Nacional, la antigua casa de Her nán Cortés– con las piedras de Tenochtitlan y producto de construcciones acumuladas a lo largo de cuatro siglos, está roída por el esmog, devorada por la lluvia ácida, estremecida por la venganza emergente del Templo Mayor, el ferrocarril subterráneo, el lago que al concluir su agonía deja en su sitio la materia desmoronable del precipicio.

La ciudad de México se halla literalmente puesta sobre el abismo. El principio constructivo de este libro es la “puesta en abismo”, la estructura a base de cajas chinas o muñecas rusas o plazas de las que, como en el tablero de ajedrez de Savannah, Georgia, salen calles que conducen a plazas que irradian calles que desembocan en plazas. Constancia sería en inglés a book of stories. Y stories son al mismo tiempo pisos, plantas de un edificio, relatos.

Sólo Fuentes pudo haber escrito este libro. Fuentes, solo, nunca lo hubiera escrito. Lo que va de un adverbio a un adjetivo. Ciudades, catedrales, pirámides, novelas: obras colectivas. El novelista es el único arquitecto que tiene que ser también el albañil de sí mismo. Trazar el plano y hacerlo tangible y habitable piedra por piedra, palabra por palabra.

La tempestad de la historia

En las ciudades del siglo que termina todos somos para los demás espectros, espantos. Ya no tenemos semejantes, sólo rivales y enemigos. En nuestra congestionada soledad leemos novelas para salir de la prisión del yo –entretenernos, divertirnos– y conocer a los otros fantasmas (a fin de cuentas, los personajes de un libro no son sino palabras puestas una tras otra en negro sobre blanco) como jamás podríamos conocer a nuestros prójimos más próximos, los inescrutables seres de carne y hueso que nos rodean. Podemos tener cierto control sobre una historia con minúscula. La Historia con mayúscula viene como quiere y nos arroja adonde menos pensamos.

El doctor Hull fue un joven de la generación victoriosa que el Día D de 1944 desembarcó en Normandía y derrotó al imperio hitleriano del mal. Años después, como gran cirujano del corazón, Hull cree tener poderes contra la muerte. Constancia es andaluza. Hull la ha llevado a Savannah –ciudad dentro de una ciudad que contiene otra ciudad– y ha vivido con ella durante medio siglo. Al cabo de este tiempo su país tiene la certeza de haber logrado el triunfo sobre el segundo imperio del mal que produjo el Gulag y la locura genocida de Pol Pot en Camboya. Se ha impuesto al mundo la economía de mercado, el sistema que nació de otros gulags y otros genocidios: la Conquista y la trata de esclavos. A las dos naciones que Disraeli separó en 1850 –los que tienen y quienes no tienen– se suman ahora los que tienen muchísimo de todo y quienes no tienen nada de nada.

La guerra del norte contra el sur, de ricos contra pobres, de blancos contra no blancos ya no se libra en remotos campos de batalla y exterminio sino en el interior de las ciudades. Su instrumento es la droga, el pharmacon nepente de la antigüedad, el elixir del olvido. Se le sacralizó por su poder, sólo concedido a los dioses, de modificar la realidad. La droga representa la herbolaria y la química puestas al servicio de la máquina de soñar que todos llevamos dentro pero sólo el novelista convierte en casa con dos puertas, la más importante de ellas es la que se abre para el lector, la autoridad suprema, el Gran Elector de Cristóbal Nonato.

La trama de la Historia con mayúscula no es predecible. Nadie, ni científicos ni adivinos, soñó con lo que iba a deshacerse en el aire tras la caída del muro de Berlín ni con los horrores que salieron de la noche. Hoy como ayer “el hombre hace sufrir al hombre”. La Sagrada Familia huye de Palestina o de El Salvador en busca de una tierra prometida que jamás se alcanzará pero nunca dejaremos de buscar. La periferia invade el centro y ocupa los sótanos de la casa. Del mismo modo, en este libro el cuento –según Frank O’Connor la voz de los grupos sumergidos que anhela ser escuchada por los grupos dominantes– se instala dentro de la novela, el arte de los ricos que pueden comprar el tiempo para escribirla y leerla. El resultado es lo más temido por el racismo y el fundamentalismo: la hibridación, el mestizaje, la diversidad, la riqueza de perspectivas y potencialidades.