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jueves, 22 de abril de 2010

Carlos Montemayor dejó terminados cuatro libros para su publicación

Rinden al escritor homenaje póstumo en el Museo Nacional de Antropología

*Figura uno de poesía titulado Apuntes del exilio, adelanta su viuda Susana de la Garza

Ericka Montaño Garfias

Periódico La JornadaJueves 22 de abril de 2010, p. 4

El escritor, traductor y tenor Carlos Montemayor, quien falleció el pasado 28 de febrero, dejó listos cuatro libros para su publicación, entre ellos uno de poesía, género en el que desde hacía varios años no publicaba.
Se trata del volumen titulado Apuntes del exilio, adelantó Susana de la Garza, esposa del narrador durante 14 años, al finalizar el homenaje que se rindió al colaborador de La Jornada la noche del martes en el auditorio Jaime Torres Bodet del Museo Nacional de Antropología.
Los otros tres son la novela Las mujeres del alba, que publicará la editorial Random House Mondadori en septiembre; un volumen de nahuatlismos derivado del Diccionario del náhuatl en el español de México, y una entrevista con la pintora y escultora Águeda Lozano realizada durante la estancia en París de Montemayor y su esposa entre 1999 y 2000.
Del poemario, el libro de nahuatlismos y la entrevista todavían no hay fecha definida para publicarse, pero “yo creo que será este mismo año”, dijo De la Garza. Apuntes del exilio “me encantó, además me lo dedicó a mí. Es un solo poema en varios cantos, creo que 10. Es sobre lo que él sentía como poeta, hay muchas imágenes. Es un poema de amor”.
Ese poema “le ayudó a sacar muchas cosas. Su trabajo en la comisión, el libro Violencia de Estado en México: antes y después de 1968, que son cosas muy fuertes. Entonces él se refugiaba tanto en la música y el canto como escribiendo ese poema. Fue más o menos un año el que le dedicó”.
Susana de la Garza, familiares y amigos del escritor y ensayista, asistieron al homenaje Carlos Montemayor in memoriam, que le ofreció la Fundación México Unido, como parte del ciclo México Unido en el Bicentenario en el que participan los ganadores del premio que ofrece esa institución y que el también activista obtuvo en 2007. La conferencia que habría impartido Carlos Montemayor estaba programada para el 25 de marzo.
Al comienzo del homenaje se proyectó en una pantalla el discurso que ofreció al recibir el premio, y ya durante la ceremonia las palabras de los escritores Ignacio Solares y Vicente Quirarte fueron acompañadas con fotografías del autor de La guerrilla recurrente en las que aparece de niño, vestido para jugar tenis o basquetbol, y de adulto, acompañado de Raúl Castro, Jorge Luis Borges, Alí Chumacero, los zapatistas.
Solares, director de la Revista de la Universidad, y Quirarte reconocieron la obra literaria del homenajeado, su trabajo como funcionario, pero sobre todo la amistad, su talento y congruencia, honestidad y disidencia, y su incansable labor como “custodio de nuestras lenguas originales”.
Carlos Montemayor “siempre tuvo un alto concepto de la amistad; enamorado de su tierra natal, su literatura iluminó y transmitió lo mejor de su tierra”, dijo Ignacio Solares.
En su poesía, “encontró su propia voz y no se dejó llevar por la pirotecnia”, destacó Quirarte, quien se refirió así al poemario póstumo Apuntes del exilio: “en él se desnuda. Es un homenaje y reclamo al amor”. Carlos, añadió, “nunca se durmió en sus laureles, los que conquistó desde su adolescencia”.
La siguiente conferencia de la fundación estará a cargo del historiador y académico Miguel León-Portilla, el 18 de mayo, también en el Museo Nacional de Antropología (Paseo de la Reforma y calle Gandhi, bosque de Chapultepec).

sábado, 6 de marzo de 2010

Desfiladero

Carta a una mariposa

Jaime Avilés

Carlos Montemayor estaba en todo. Nada de lo humano le era ajeno. Era experto en disciplinas tan disímbolas y complementarias como la guerra, la poesía, la música y las lenguas vivas, muertas y en vías de extinción. Poeta, novelista, periodista, ensayista, activista, traductor, cantante de ópera, lo mismo daba conferencias magistrales en los salones del Estado Mayor, para explicar a los generales las razones de ser de los movimientos guerrilleros del siglo XX, que fungía como mediador entre el EPR y la Secretaría de Gobernación, participaba en congresos literarios, grababa discos y escribía sin descanso.

Tenía 23 años en 1971 cuando ganó el premio Xavier Villaurrutia por Las llaves de Urgell. Yo acababa de cumplir 19 cuando en 1973 lo conocí en Filosofía y Letras de la UNAM, y lo miraba hacia arriba: ya era un grande. Una mañana me salí de la aburrida clase de un profesor tan orejón y calvo como antipático, que daba Siglo de Oro, para ir a tomar café al Sanborns de San Ángel, con los poetas Marco Antonio Campos, Luis Chumacero (hijo de Alí), los cuentistas Carlos Chimal y Bernardo Ruiz, y desde luego Montemayor.

Quizá porque a pesar de sus tempranos laureles, todavía era un joven norteño que se sentía intimidado por la gran ciudad, Montemayor mezclaba el lenguaje coloquial con términos untados de prosopopeya que lo hacían hablar de una manera un poco rara. Aquella vez en Sanborns, por ejemplo, me dijo: “Pásame esa cuchara, parece que está impoluta”. En 1991 me invitó a presentar su novela Guerra en el paraíso, en la casa-museo de la guerrilla mexicana, que entonces dirigía el ex combatiente de la Liga Comunista 23 de Septiembre, y también escritor, Salvador Castañeda.

Guerra en el paraíso, como todas y todos sabemos, aborda la lucha encabezada en la sierra de Guerrero por Lucio Cabañas Barrientos, quien murió peleando en 1974. Para componer esa obra, Montemayor no se limitó a recabar los testimonios de los campesinos que sobrevivieron a la furia represiva, sino que investigó en los archivos de la Secretaría de la Defensa y consultó documentos, hasta entonces desconocidos, que detallaban las operaciones del Ejército a lo largo del conflicto. Allí acrecentó, sin duda, su admirable erudición en asuntos militares.

Decir que la desaparición de Montemayor deja un enorme vacío que será imposible llenar es algo muy cierto, pero hay una página de su abultada agenda de temas sociales en la que podemos contribuir a paliar su ausencia. Durante los últimos años de su vida, Carlos defendió con tesón a los defensores del histórico Cerro de San Pedro (y aquí la palabra Cerro va con mayúscula, porque no se refiere a un sustantivo sino a un nombre propio), donde en 1600 se pactó el final de la guerra chichimeca, que había estallado medio siglo antes, cuando los conquistadores españoles abrieron un camino directo entre Zacatecas y Querétaro para traer a México la plata de las minas del norte.

Al invadir el desierto de lo que ahora se llama San Luis Potosí, fueron atacados por los grupos nómadas que lo habitaban, despectivamente llamados “cara de perro” (chichimecas) por los mexicas, que jamás pudieron conquistarlos. Las caravanas de carretas y mulas cargadas de piedras pletóricas de oro, plata, plomo, tungsteno y muchos minerales más, empezaron a ser saqueadas sistemáticamente, y quienes las conducían, muertos mediante certeros flechazos. Aquellos indígenas desnudos, que se dibujaban la piel con exóticos colores, sembraron el pánico en la región y obligaron a Felipe II a enviar tropas de refuerzo. La estrategia militar –óyelo Felipe, y escúchalo Calderón– no sirvió de nada. La guerra duró cinco décadas y llegó a su fin cuando la corona española confiscó las cuentas bancarias de los chichimecas y encarceló a todos los políticos (incluso al virrey) y a los grandes empresarios que los protegían y ayudaban a lavar dinero... ¿Qué?

Perdón, perdón, rectifico, no sé en qué estaba pensando: la guerra chichimeca terminó cuando los españoles entendieron que los indios, en realidad, saqueaban las caravanas porque tenían hambre y frío, así que en lugar de seguir construyendo fuertes en el desierto (que hoy son ciudades como Irapuato, Celaya, Matehuala, etcétera) aplicaron otra política económica, y lograron concretar la paz cuando los rebeldes recibieron alimentos y cobijas, sin saber que de tal modo se condenarían a vivir por los siglos de los siglos venideros en la miseria, la esclavitud y la más feroz de las explotaciones.

En 1600, los ganadores de la guerra fundaron la ciudad de San Luis Potosí, con sus siete barrios (incluido el de San Miguelito, que sale en los corridos de Jorge Negrete, y otros en donde fueron agrupados los indios), a escasos kilómetros (entonces leguas) del Cerro de San Pedro, al que dibujaron en su escudo de armas como emblema y seña de identidad. Pero al mismo tiempo, en ese hermoso promontorio, formado por más de 80 mil toneladas de roca, descubrieron un riquísimo yacimiento de plata que, entre otras cosas, financió el desarrollo de la deslumbrante arquitectura barroca potosina.

Cuando la plata y el oro, que siempre nace asociado a ella, se agotaron en la primera mitad del siglo XX, el otrora floreciente lugar cayó en el olvido y, como todos los enclaves mineros que en su día conocieron la abundancia, se volvió, casi, un pueblo fantasma. A principios de la década anterior, para su desgracia, el sitio fue redescubierto por la empresa canadiense New Gold-Minera San Xavier que, repartiendo dinero a manos llenas, obtuvo permiso para explorarlo y llegar a la conclusión de que, a cierta profundidad, debajo de la base del cerro, hay todavía inmensas reservas de oro.

Entonces, para adueñarse de esos filones de oro, a los depredadores canadienses no se les ocurrió nada mejor que volar el cerro con dinamita, removiendo las 80 mil toneladas de roca que le dan cuerpo (por eso conocemos ese dato exacto, ¿verdad?, no es que uno vaya por el mundo sabiendo el peso y la talla de los montes). La monstruosa idea no sólo constituye una amenaza para la flora y la fauna de la región –porque el oro que ya están sacando es lavado en tinas de lixiviación, al aire libre, que después filtran sus desechos venenosos al subsuelo–, sino también para las joyas arquitectónicas de San Luis Potosí, situadas a 30 kilómetros de distancia, porque las explosiones ponen en riesgo su integridad.

Aunque la lógica más elemental aconsejaría que para proteger la biodiversidad, el patrimonio cultural y la salud de las personas bastaría con expulsar a Minera San Xavier, el gobierno de Vicente Fox le dio el más rotundo espaldarazo, para que siguiera adelante, y la espantosa y asesina caricatura del “gobierno” actual la sigue apoyando con sumisión inquebrantable.

Además de escribir poemas, novelas, traducciones y artículos de prensa, además de cantar ópera y gozar la vida luchando en numerosos frentes a la vez, Carlos Montemayor defendió con ahínco al Frente Amplio Opositor (FAO) potosino, que combate jurídica y políticamente a Minera San Xavier, y no cejará hasta echarla de México. Si bien el vacío que deja Montemayor es irreparable, Desfiladero recoge desde hoy la estafeta que la muerte le arrebató de la mano a nuestro querido amigo, y se compromete a seguir, en su nombre, la batalla por el Cerro de San Pedro.

Esto le decía la otra noche a una mariposa de alas rojas a la que prometí escribirle esta carta, porque fue el primer animalito que vi, después de saber que ya está entre nosotros Valentina, la hija de Karina Avilés y Miguel Ángel Velázquez. ¡Bienvenida!

jamastu@gmail.com

martes, 2 de marzo de 2010

Agravio a la sociedad

Carlos Montemayor

La violencia de Estado agravia a la sociedad. Es insultante que la policía y el ejército, que debían servir de custodios de la libertad, priven precisamente de la libertad a ciudadanos inocentes e inermes. Agravia que el Ministerio Público, que debe asegurar la procuración de la justicia, pisotee los derechos de los ciudadanos. Se agravia a la sociedad cuando los jueces encarcelan, procesan y condenan injustamente en vez de fungir como garantes de la justicia en la sociedad entera. Es el mayor agravio que las autoridades políticas repriman y dejen una estela sangrienta en la sociedad a la que debían servir, proteger y salvaguardar. Estos agravios son injustificables en la conducta del ejército, cuerpos policiacos, jueces y autoridades políticas en los casos aberrantes de desprecio a los derechos humanos y civiles de los campesinos, carpinteros, profesores y regidores Loxichas aprehendidos en el año 1996 y que en 2008 siguen defendiendo su dignidad e integridad moral y social. No hay justificación ni dignidad en ninguna autoridad cuando la violencia de Estado se vuelve contra la sociedad misma.

Montemayor en la mediación

Miguel Ángel Granados Chapa

Durante un año la Comisión mantuvo contactos con Gobernación hasta que la falta de voluntad en esa dependencia hizo que la Comed se disolviera, en abril pasado. Sus miembros, sin embargo, se mantuvieron en extremo interesados en el tema
Anteayer en la mañana Abraham González Uyeda telefoneó desde Guadalajara, donde ahora es diputado local, en busca de noticias sobre la salud de Carlos Montemayor, y supo entonces que el escritor había muerto. Por la noche, en el sepelio en la Academia Mexicana de la Lengua, entre los afligidos dolientes se encontraban Nadin Reyes y su hermano, hijos de Edmundo Reyes Amaya, desaparecido junto con Alberto Cruz Sánchez en mayo de 2007 y cuya presentación con vida era el objeto de la Comisión mediadora solicitada por el Ejército Popular Revolucionario, de la que Montemayor fue integrante y vocero. Si bien la interlocución de ese grupo de mediación y la Secretaría de Gobernación no produjo ningún resultado conducente al logro de su objetivo, la coincidencia de que el ex subsecretario con quien se comunicaron inicialmente los mediadores y la hija de una de las víctimas se manifestaran en torno a Carlos Montemayor, da cuenta de la sensibilidad humana con que actuó durante casi dos años el autor de La violencia de Estado en México, su libro postrero, que ya no vio circular.
El EPR, que inicialmente reaccionó con violencia ante la desaparición de sus militantes, e hizo estallar ductos de Pemex, cuyo daño generó pérdidas materiales muy graves pero, deliberadamente ninguna víctima, mudó su estrategia y en abril de 2008 solicitó explícitamente a cuatro personas, y a quienes designara el Frente nacional contra la represión, que mediaran ante el gobierno federal para lograr la aparición de los desaparecidos mencionados y comprometió una tregua al respecto. Durante un año la Comisión mantuvo contactos con la Secretaría de Gobernación hasta que la falta de voluntad en esa dependencia hizo que la Comed se disolviera, en abril pasado. Sus miembros, sin embargo, se mantuvieron en extremo interesados en el tema y ello los condujo a reconstituir y ampliar la Comisión, cuyo balance fue sumariamente presentado así por Montemayor en su libro mencionado, escrito a fines de junio pasado: "Para la Comisión de mediación, la solución positiva del conflicto que originó la desaparición forzada de ambos militantes eperristas hubiera sido un avance legal y político de gran relevancia en México. Pero la displicencia y el desdén del gobierno federal a los documentos de la Comed fue clara: de los 12 meses de labores de la Comisión, 11 meses aguardó en vano respuesta o análisis de los documentos del 13 de junio nueve meses esperó en vano respuesta a los documentos entregados el 14 de agosto y nueve meses aguardó en vano la ampliación de la interlocución con otras instancias del gobierno federal que no fueran la secretaría de Gobernación, particularmente la Sedena. El 21 de abril de 2009 la Comed decidió poner fin a sus labores".
Sus miembros, empero, no se dispersaron y por ello recibieron con interés la solicitud de los familiares de los desaparecidos de reconstituirse. Tuvieron en cuenta para llegar a un acuerdo positivo un comunicado del EPR del 16 de diciembre de 2009 y uno de Gobernación del 6 de enero siguiente. El 11 de enero resolvieron integrarse de nuevo, pero como lo dijo el propio Montemayor, "diferenciamos la existencia de la Comed, por un lado, y la existencia (o inexistencia) de una mesa de diálogo que no (fuera) solamente declarativa".
Había razones para el escepticismo de los mediadores. Al comenzar este año, por casualidad supieron de la respuesta de la Sedena a una solicitud de información sobre los documentos de la Comed de las fechas anotadas, y sus respuestas. "... la firmó el general de brigada, diplomado de estado mayor Luis Arturo Oliver Cen, con fecha 30 de abril de 2009 y número de folio 34307. Dice así: 'En este contexto y de conformidad con los artículos 46 de la Ley federal de transparencia y acceso a la información pública gubernamental y 70 de su reglamento, se hace de su conocimiento que después de haber efectuado una búsqueda exhaustiva en el Estado mayor de la Defensa nacional, no se localizó la información solicitada, razón por la cual se confirma su inexistencia'.
"Para la Comed...la afirmación del general Oliver Cen sobre la inexistencia de nuestro documento es inadecuada. Por un acuerdo sostenido con la secretaría de Gobernación expresado en documentos del 24 de noviembre y primero de diciembre de 2008, aceptamos que esa dependencia fuera el canal que transmitiera nuestros planteamiento a otras instituciones del gobierno federal, particularmente la Sedena...Entregamos las nueve preguntas mencionadas en un documento de cinco cuartillas a la secretaría de Gobernación el 24 de febrero de 2009 y el 8 de abril volvimos a enviarlas al subsecretario Jerónimo Gutiérrez...porque se le habían extraviado.
"La respuesta del general Oliver Cen es concluyente: no recibió nuestro documento. O sea, la secretaría de Gobernación incumplió el acuerdo establecido con la Comed, de transcribir nuestras preguntas a la Sedena, un ejemplo cabal de la poca disposición de avanzar en el diálogo de la mediación" (La Jornada, 14 de enero de 2010).
Como efecto de ese artículo Carlos Montemayor y autoridades militares entraron en comunicación telefónica sin que ella implicara avance sustantivo alguno. Eso ocurrió en la segunda quincena de enero, cuando el vocero de la Comed enfrentaba ya el mal que le produjo la muerte. Todavía pudo participar, sin embargo, en la preparación de una jornada que se consumará mañana, sobre desapariciones forzadas, su preocupación postrera.
Reforma02/03/2010

Seguiremos hablando, Carlos

Paco Ignacio Taibo II

Una vez te dije que viejos rojos, viejos rockeros y viejos novelistas nunca mueren y me propusiste que añadiera a la lista a los cantantes de ópera. Tengo que confesarte que nunca lo hice.
Estábamos en una gira enloquecida por Italia de presentaciones cruzadas de nuestros libros recientes y teníamos un montón de pactos: yo no rechazaba una copa de vino y a ti te tocaba doble: nunca repetíamos la misma presentación y hablábamos de política cuando esperaban que habláramos de literatura y a la inversa. En algún lugar descubriste un piano y un pianista y mezclamos defensas de los zapatistas, con reflexiones sobre la novela y luego te pusiste a cantar áreas de óperas de Verdi ante un grupo de entusiastas adolescentes sentados en el suelo, que parecían estar muy contentos de que los intelectuales de izquierda mexicanos fuéramos tan heterodoxos.
No siempre nos quisimos bien. ¿Te acuerdas del encontronazo en Mérida? Y luego llegó Guerra en el paraíso, como bien sabes me deslumbró y nos sentamos a discutirla, y nos hicimos muy amigos. Mezclándonos en esta vorágine de resistencias e historias que ha sido el México de estos años.
Tengo que llevarte el prometido video donde en la ceremonia de clausura de la Semana Negra en Gijón cierras la informalidad cantando el brindis de La Traviata con una botellita de Pepsi en la mano.
En ese mismo viaje, después de mostrarte las virtudes de la fabada, se me ocurrió decirte que la comida chihuahuense era un mito. Espantado ante tanta herejía juraste que íbamos a corregir el despropósito. Y días después de retornar a México me llevaste a un restaurante en la colonia Roma, llamado La batalla de Tequila, y nos pusimos verdes de tanto chile asadero, caldillos y guisos, que casi tuvimos que bajar las escaleras de rodillas, yo pidiendo humildemente perdón.
Fue entonces cuando me contaste tu teoría de por qué los chihuahuenses o los coahuileños, o los norteños de Durango o Sonora no han tenido problemas para apropiarse de la cultura helénica. “Estás ahí sentado a la puerta del rancho –decías–, y ves pasar a una vaca. Y no es de nadie. Zas, te la apropias. Y luego ves pasar a lo lejos un ejército de hombres sudorosos con armas de bronce, que apenas brillan en el sol que se acaba, y zas, te los apropias. Y te encuentras de repente con que La Iliada y La Odisea son tuyas.” La teoría resultaba fascinante y siempre intenté encontrarle un complemento que explicara que los que nacimos mirando al mar tenemos la misma posibilidad de apropiarnos de lo que va pasando en piraguas, falúas, veleros o vapores. Nunca te la he contado.
Me quedan siempre cosas por decir. Llego siempre tarde a todo: a los homenajes, a los recuerdos, al dolor de la pérdida, a la memoria. Es la condena del que espera una segunda oportunidad. Sea esta una vez más. Pero estate tranquilo, añadiré a los cantantes de ópera a la lista de los que nunca mueren, te seguiré leyendo, me seguiré olvidando de llamarte por teléfono para aquella comida que tendríamos en casa, que habría de ser esta semana, y que no podría ser cena y en la que Paloma había prometido lucirse en la cocina porque quería agradecerte la larga conversación solidaria que tuvieron cuando fue despedida hace unos meses.
Y seguiré conversando contigo en las noches, como hago con tantos otros.

A Carlos Montemayor

Vilma Fuentes

Carlos Montemayor me preguntó, no sin mostrar su asombro y su curiosidad, durante la presentación de Castillos en el infierno, en 2006, por qué le dediqué esta novela. Eran tantos los motivos que balbucí una vaguedad sobre las afinidades electivas. Un equívoco pudor, y mi alergia al florilegio de elogios mutuos que más engañosos parecen entre más se expresan, me impidió decir en público, y en privado, la deuda que tenía con él.
Montemayor no prometía: pasaba al acto. Me ayudó en momentos cruciales. Bastaban dos frases de mi parte para ser, de inmediato, comprendida por él. No me veía obligada a circunloquios, las frases ambiguas con que trata de ocultarse la petición que se solicita. Carlos no buscaba agradar, hacerse querer, con su actitud. Su carácter era, ante todo, viril.
Pero le debo ante todo la lectura de su novela Guerra en el paraíso que hizo el favor de enviarme a París. Yo acababa de terminar la primera versión publicada, en Canadá, de Castillos en el infierno, con el título King Lopitos. Al leer su novela y percibir los vasos comunicantes entre la de Carlos y la mía, decidí dedicarle este esbozo y la novela definitiva publicada por Alfaguara (agotada).
Algunos meses antes, durante una conversación en la terraza del bar del Louvre, me había relatado una anécdota de la que me hizo el regalo: un campesino indígena, agonizante, vio venir a él un grupo de personas sonrientes que lo acogían entre ellos; pudo recordar que ya habían muerto aunque él los viera vivos, en carne y hueso. Logró despedirse de ellos y los vio alejarse dejándolo otra vez con su soledad.
Pasó otro anochecer a casa, en París. Traía el texto que sirvió de prefacio a la redición de mis novelas Ayer es nunca jamás y Gloria, en Lecturas Mexicanas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Su generosidad era a la vez elegante y lúcida. No satisfecho con el regalo que me hacía, nos dio un verdadero concierto cantando a capela a Jacques Bellefroid y a mí. Un vecino ruso, músico de profesión, nos preguntó sonriente si recibíamos a Plácido Domingo. La poderosa voz de Carlos había resonado en todo el jardín y el edificio. Salimos después a caminar al borde del Sena a la noche eterizada como un paciente sobre la mesa para dejar al viento hablar/ ése es el paraíso.
En diciembre, durante mi pasado viaje a México lo llamé por teléfono. Bromeó con Jacques, a propósito del Premio Nacional, conmigo rió sobre otras cosas. Quedamos de comer en La Coyoacana, en recuerdo de La Guadalupana, donde habíamos comido, con Bellefroid y la compañera de Montemayor, la risueña Susana de la Garza, albóndigas en salsa verde escogidas por Carlos, pero donde ya está prohibido fumar. Pospuso nuestra cita días después a causa, me dijo, de una gripe. Traté de despedirme de él el 15 de febrero. Quería entregarle en sus manos la traducción al francés de Castillos dedicada a él.
Días antes había desaparecido Esther Seligson, con quien me unió la complicidad durante el año cuando fuimos becarias del Centro Mexicano de Escritores: éramos las dos mujeres del grupo. Podría relatar anécdotas picarescas, para no decir picantes, entre ella y yo.
Recuerdo la mesa larga: en su cabecera a Francisco Monterde, a la derecha suya Juan Rulfo, a la izquierda Salvador Elizondo. Los demás escogimos lugar a nuestro antojo. Montemayor al lado de Rulfo hacía observaciones constructivas y benevolentes sobre los textos de los otros becarios; Esther, en el esplendor de su belleza, junto a Elizondo: sus poemas trasparentaban ya sus búsquedas en el esoterismo; del mismo lado de la mesa, el antropólogo guatemalteco Carlos Navarrete, quien no dejaba de estremecernos y arrancarnos la risa; frente a él, Carlos Mata, el cual no ocultaba su pasión por el deporte; entre Mata y yo, José Emilio Pacheco; quedé, sin buscarlo, más bien por una orgullosa timidez, en la otra cabecera: nadie se atrevió a escogerla. La suerte eligió.
Queda en memoria esta fotografía de grupo de 1969.
vilmafuentes22@gmail.com

lunes, 1 de marzo de 2010

Carlos Montemayor: cuando el tiempo falta

Luis Hernández Navarro


Eran los primeros días de la sublevación zapatista. En el aire todavía estaba fresco el olor a pólvora. Junto a un amplio grupo de analistas mexicanos, Carlos Montemayor fue invitado a participar en un seminario sobre el alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional organizado por un importante think tank en Washington.

En la opinión pública había un intenso debate sobre la naturaleza y los alcances de la rebelión. Comenzaba la guerra de tinta e Internet. En los círculos intelectuales oficiosos la moda era presentar el levantamiento como producto de la manipulación de las comunidades indígenas de Chiapas por parte de un grupo de revolucionarios profesionales mestizos y del obispo Samuel Ruiz y su iglesia.

En su ponencia, Montemayor hizo añicos esta interpretación del conflicto. Explicó cómo el zapatismo sólo podía entenderse como parte de la historia de las guerrillas en el país a lo largo de varias décadas y, simultáneamente, como una guerrilla rural genuinamente indígena. Postuló que la insurgencia requería analizarse como parte de un movimiento afincado en una zona específica, crecido a la sombra de la urdimbre familiar, social y regional que lo encubrió y lo transformó de estación en estación del año; como una fuerza auténtica nacida de las comunidades.

Cuando al final de las presentaciones uno de los asistentes preguntó qué debía hacer Estados Unidos ante el conflicto, el novelista afirmó enfático: nada. No intervenir. Ése no es su asunto. La respuesta disgustó a los analistas estadunidenses, acostumbrados a pensar que la intervención de su país en los asuntos internos de América Latina, sea para “defender la democracia y los derechos humanos”, o sea para garantizar la estabilidad y los intereses de sus empresas, es una actividad legítima.

Durante años, el analista siguió escribiendo sobre el tema. Sus obras se convirtieron en una ventana privilegiada para asomarse al conflicto. Fueron traducidas a varios idiomas. En la librería de Aldo Zanchetta, en la ciudad de Lucca, Montemayor presentó la versión italiana de su libro sobre Chiapas. Inspirado por estar en la tierra de Giacomo Puccini, para sorpresa del público, en lugar de hablar sobre su texto, el escritor cantó arias del célebre compositor de ópera toscano.

Así se las gastaba Montemayor. Lo mismo desbrozaba la coyuntura nacional a contracorriente de las versiones oficiales que sacaba sus pistas musicales con amigos para desplegar sus dotes de tenor. Con igual erudición e interés abordaba temas de la cultura grecolatina que defendía el valor y la riqueza de las lenguas indígenas. Con idéntica soltura y solidez escribía de temas candentes de la actualidad desde la perspectiva del derecho, la teoría política y la historia. Lo hacía, además, con un explícito compromiso con los de abajo.

Durante los últimos años de su vida trabajó en su casa, dividiendo su tiempo entre la música y la literatura. Procuraba vocalizar un rato al día, lo que le servía como contrapeso para aguantar la presión de la escritura y el análisis político. Encontraba en la música lo que quería producir en literatura y en la literatura lo que deseaba hacer en música.
Polígrafo incansable, ensayista, poeta, traductor, novelista, investigador y divulgador de las lenguas originarias de México, analista político, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, cantante de ópera, Montemayor sostuvo que “la literatura recupera la dimensión humana de todo lo que existe”. Defendió y practicó el compromiso del artista con su arte.

En una época en la que la moda intelectual reivindica las opiniones de la tecnocracia especializada y al intelectual mediático de derecha, Montemayor fue uno de los intelectuales públicos de izquierda de vocación universalista más relevantes del país. Colaborador regular de La Jornada, hizo del ejercicio periodístico una herramienta privilegiada para comunicarse con el gran público. A pesar de las limitaciones de espacio a las que el género obliga (lo que padeció y lamentó), difundió sus opiniones en la prensa escrita con un estilo directo y claro.

Escritor realista que buscó comprender el mundo a través de la palabra, su trabajo literario partió fundamentalmente de la poesía pero no siempre se mantuvo en la órbita de la labor con el verso. Su obra como narrador comenzó como un reflejo de la poesía en la prosa, aliado siempre al sentimiento de que la poesía es una forma de tomar conciencia de la vida humana. Su literatura se desarrolló en función de una realidad, social o sensorial, que tomaba conciencia a través de la palabra.

Dos experiencias dieron sentido humano y profesional a su vida artística. En la primera, su maestro Federico Ferro lo acercó al mundo y a las lenguas grecorromanas. “Éste fue el origen (el nacimiento, podría decir) de mi condición de escritor”, afirmó Montemayor. En la segunda, Óscar González Eguiarte lo acompañó en el descubrimiento de las luchas y reclamos sociales de los campesinos chihuahuenses de la década de los cincuenta y en el conocimiento de personalidades como Álvaro Ríos y Arturo Gámiz.

El trato que tuvo con una excepcional camada de dirigentes sociales e indígenas marcó su visión del mundo y su obra. “A partir de entonces –contó–, mi compromiso ha sido contrastar las versiones oficiales con las realidades sociales y humanas. Eso lo he hecho como analista político, como investigador, como historiador y como escritor, de manera que cuando se despertó mi vocación literaria sabía que en algún momento tendría que tomar estos temas, a los que siempre he estado apegado y nunca he perdido de vista.”

A la periodista cubana Yuris Nórido, Carlos Montemayor le confesó: “Me falta tiempo, nos falta tiempo. Para el periodismo, para la literatura, para la familia, para la amistad, para el amor… Siempre nos falta tiempo. Gran parte de la lucha de la vida es encontrar tiempo para lo que deseamos”. Creativo y vital, Carlos Montemayor se quedó sin tiempo. Tenía apenas 63 años de edad y muchas cosas que decir.

domingo, 28 de febrero de 2010

Murió el escritor Carlos Montemayor

Fue un destacado creador, militante activo del pensamiento crítico y luchador de la justicia social.

La Jornada en línea Publicado: 28/02/2010 09:58

México, DF. El escritor, traductor, ensayista e integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, Carlos Montemayor falleció este domingo a las 3:35 horas después de una larga batalla contra el cáncer.
Al momento de su deceso, en el Instituto Nacional de Cancerología, Montemayor estuvo acompañado de sus familiares, quienes señalaron que el escritor pidió privacidad desde que le fue diagnosticado el padecimiento.
Por lo tanto, no habrá homenajes institucionales ni velatorio tradicional. Sólo se informó que en el transcurso de esta mañana sus restos serán cremados y sus cenizas estarán expuestas por la tarde en la sede de la Academia Mexicana de la Lengua, ubicada en Liverpool 76, de esta ciudad.
Montemayor (Parral, Chihuahua, 1947-2010) se encontraba internado en dicho nosocomio desde el pasado lunes 22 de febrero a causa de un cáncer en el estómago que le fue diagnosticado hace algunos meses.
A Carlos Montemayor lo distinguió ser un singular luchador de la justicia social, militante activo del pensamiento crítico y un destacado creador.
Entre otros reconocimientos, Montemayor fue acreedor de los premios Internacional "Juan Rulfo", por su cuento "Operativo en el trópico"; "Xavier Villaurrutia", Las llaves de Urgell; "José Fuentes Mares", Abril y otras estaciones, y Colima de narrativa, Guerra en el paraíso.
El pasado 15 de diciembre, el académico recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009 en el campo de Literatura y Lingüística.
Su trabajo creativo y multidisciplinario, que incluía -además de sus colaboraciones para La Jornada- la publicación el próximo martes 2 de marzo de su más reciente libro La violencia de Estado en México.
Como parte de su actividad por las causas sociales de nuestro país, Montemayor integró la Comisión de Intermediación con el periodista Miguel Ángel Granados Chapa, el arzobispo emérito Samuel Ruiz, el abogado Juan de Dios Hernández Monge, el académico Enrique González Ruiz, la senadora Rosario Ibarra de Piedra y el antropólogo Gilberto López y Rivas.
Este grupo tenía como fin promover el diálogo entre el Ejército Popular Revolucionario (EPR) y el gobierno federal, para tratar en particular el tema de la desaparición de dos de sus miembros, Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez, y fue formado a instancias del propio grupo armado.
La comisión se disolvió en abril de 2009 al considerar que no existía voluntad del gobierno federal para esclarecer la desaparición de Reyes Amaya y Cruz Sánchez.

viernes, 26 de febrero de 2010

Carlos Montemayor es reportado grave

Médicos ofrecen pocas esperanzas de vida para el ensayista, luchador social y tenor.

La Jornada en línea
Publicado: 26/02/2010 12:42

México, DF. El escritor, tenor, traductor, ensayista y miembro de la Academia de la Lengua Carlos Montemayor fue reportado desde anoche como grave y los médicos ofrecen, por lo pronto, pocas esperanzas de vida.

Montemayor (Parral, Chihuahua, 13 de junio de 1947) se encuentra internado en el Instituto Nacional de Cancerología desde el pasado lunes 22 de febrero a causa de un cáncer en el estómago que le fue diagnosticado hace algunos meses.

Tras el diagnóstico, el también miembro de la Real Academia Española y de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas continuó su trabajo creativo y multidisciplinario, que incluye -además de sus colaboraciones para La Jornada- la publicación el martes 2 de marzo de su más reciente libro La violencia de Estado en México, del cual este diario publica hoy un adelanto.

También está la próxima presentación de dos discos como tenor, con el pianista Antonio Bravo, y que constituyen su tercera y cuarta incursión en la grabación de cedés.

Como parte de su actividad por las causas sociales de nuestro país, Montemayor integró la Comisión de Intermediación con el periodista Miguel Ángel Granados Chapa, el arzobispo emérito Samuel Ruiz, el abogado Juan de Dios Hernández Monge, el académico Enrique González Ruiz, la senadora Rosario Ibarra de Piedra y el antropólogo Gilberto López y Rivas.

Este grupo tenía como fin promover el diálogo entre el Ejército Popular Revolucionario (EPR) y el gobierno federal, para tratar en particular el tema de la desaparición de dos de sus miembros, Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez, y fue formado a instancias del propio grupo armado.

La comisión se disolvió en abril de 2009 al considerar que no existía voluntad del gobierno federal para esclarecer la desaparición de Reyes Amaya y Cruz Sánchez.

Entre otros reconocimientos, Montemayor ha recibido los premios Internacional "Juan Rulfo", por su cuento "Operativo en el trópico"; "Xavier Villaurrutia", por Las llaves de Urgell; "José Fuentes Mares", por su libro de poesía Abril y otras estaciones, y Colima de narrativa, por Guerra en el paraíso.

martes, 8 de septiembre de 2009

Premiarán en Chihuahua la trayectoria del escritor Carlos Montemayor

El Instituto Chihuahuense de la Cultura informó que dicha distinción busca reconocer la trayectoria artística y humanística de destacados personajes nativos de ese estado.

Notimex Publicado: 08/09/2009 11:56

Ciudad Juárez, Chih. El escritor mexicano Carlos Montemayor recibirá el próximo 10 de este mes la presea Gawí Tónara a su destacada trayectoria, en el marco del encuentro de escritores "Literatura en el Bravo", del Quinto Festival Internacional Chihuahua.
La ceremonia será en el Centro Cultural Paso del Norte, donde de manos del gobernador del estado, José Reyes Baeza Terrazas, el escritor nacido en el municipio de Hidalgo del Parral, Chihuahua, recibirá la estatuilla hecha por el escultor Luis Y. Aragón.
El Instituto Chihuahuense de la Cultura informó que dicha distinción busca reconocer la trayectoria artística y humanística de destacados personajes nativos de ese estado, que han puesto en alto el nombre de la región, para colocarlos como ejemplos de creatividad, tenacidad, lucha y valores a seguir por las nuevas generaciones.
El nombre del máximo galardón de las artes de Chihuahua (Gawí Tónara, viene del dialecto tarahumara y significa "Pilares del mundo".
Carlos Montemayor es escritor, poeta, tenor, analista político y activista, así como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, de la Real Academia Española y de la Asociación de Escritores en lenguas Indígenas.
Nació en 1947 y actualmente se trata de uno de los escritores mexicanos de mayor reconocimiento en todo el país, así como en el extranjero.
Debido a su intensa actividad en el campo de la literatura, su desempeño musical como tenor ha sido poco conocido, sin embargo, ha ofrecido conciertos en Cuba, Estados Unidos, Italia y en diversas ciudades de México.
Desde 1999 ha trabajado un amplio repertorio de canciones mexicanas, españolas, italianas y alemanas de ópera y opereta, al lado del pianista Antonio Bravo.