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lunes, 1 de junio de 2009

Abstencionismo y movimiento social

John M. Ackerman

Estrictamente hablando, el acto de votar es irracional, es más un acto de fe que un cálculo pragmático. Por muy cerradas que se hayan vuelto las competencias electorales en los últimos años, es casi imposible que las elecciones masivas se decidan por un voto. Estadísticamente, la boleta que usted, su vecino o un servidor depositemos en la urna electoral tiene nulas posibilidades de incidir en el resultado final de la elección.

Pero exactamente lo mismo se aplica a la anulación del voto. Un voto en blanco tiene mínimas probabilidades de impactar el desenlace de la elección. Un voto en blanco tampoco será contabilizado como un voto de protesta debido a la total opacidad respecto del contenido de los votos nulos que exige nuestra legislación electoral. El ilegal e inmoral rechazo del acceso ciudadano a las boletas también asegura que el tamaño real de la anulación activa se mantenga en secreto.

El airado intercambio entre los que abogan por la anulación del voto y los que defienden el ejercicio del sufragio es un debate falso. La triste realidad es que, dado el sistema electoral que actualmente tenemos, las acciones individuales simplemente no cuentan.

Lo verdaderamente importante no es lo que hagamos en solitario y en secreto dentro de la casilla electoral, sino lo que nos atrevamos a expresar en colectivo en las plazas y foros públicos. Si lo que queremos es cambiar la cultura política del país, los ciudadanos tenemos que construir una alternativa independiente que de una vez por todas obligue a las autoridades a rendir cuentas y a responder a nuestras demandas.

Una de las lecciones más evidentes de las últimas décadas es que las reformas significativas no surgen de la buena voluntad de los políticos, sino que se construyen a través de vigorosos movimientos sociales. La reforma política de 1996 fue el resultado directo del levantamiento armado en Chiapas y la acción política del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). La reforma electoral de 2007 y las modificaciones a la reforma petrolera de 2008 son victorias atribuibles a la acción ciudadana y política encabezada por Andrés Manuel López Obrador.

A pesar de la desinformación generada a través los principales medios electrónicos, el pueblo mexicano es muy inteligente y cuando entra en acción de manera colectiva tiene el potencial de impactar directamente en el desarrollo de la política nacional.

Sin embargo, falta articular un movimiento social independiente y dinámico que revitalice nuestra fallida democracia. En particular los jóvenes tendrían que asumir un liderazgo central en esta nueva etapa de la vida política del país. La renovación generacional de la política es una tarea impostergable. Los representantes políticos, cívicos, intelectuales y periodistas que típicamente encabezan estos esfuerzos deben entender que el país reclama un relevo generacional que permita el florecimiento de nuevas ideas y nuevos voceros del movimiento democrático nacional.

Los movimientos estudiantiles de 1968 y 1986, así como los primeros años del movimiento zapatista iniciado en 1994, son ejemplos históricos de lo que una juventud movilizada y consciente es capaz de lograr. Quizás en esta ocasión sean los jóvenes militantes de la contracultura los que nos enseñen el camino hacia una nueva forma de hacer política. O tal vez los jóvenes rechazados de las escuelas públicas encontrarán la forma de organizarse para demandar un cambio estructural al sistema de desarrollo excluyente que predomina en el país.

No sabemos de dónde surgirá la esperanza en este momento tan crítico y desolador del desarrollo de nuestra nación. Pero lo que sí queda claro es que el reto más importante es escuchar atentamente las inquietudes sociales y encontrar maneras de movilizar y canalizar la frustración social. Los movimientos sociales no surgen solos, pero tampoco se generan por decreto.

El descontento ciudadano es un hecho. Lo que falta es la conversión de la desesperación pasiva en un plan de acción concreto para la renovación política del país.

La televisión y los poderes fácticos apuestan al desencanto ciudadano y a las reacciones individualizadas ante las crisis política, económica y social. Para estos actores, el abstencionismo sería la perfecta válvula de escape para la frustración creciente del pueblo mexicano. Pero lo que realmente pondría a temblar a un sistema tan corrupto e injusto como el que nos gobierna no es la protesta silenciosa dentro de la casilla electoral, sino la toma del espacio público por una nueva generación harta del engaño y la mentira.

sábado, 16 de mayo de 2009

5 de julio, la elección del abstencionismo16 de mayo de 2009

Manuel López San Martín


Estamos ya en plena campaña electoral… No llegamos a esta etapa precisamente en el mejor momento. Además de la emergencia sanitaria por el virus de influenza humana, es evidente la enorme brecha, que crece a pasos agigantados, entre ciudadanía y clase política.

El desinterés ciudadano en la política aumenta, en buena medida, auspiciado por partidos y políticos, quienes sólo voltean a ver a la sociedad en época electoral.

Ya la etapa de precampañas, que concluyó el pasado 11 de marzo, evidenció una disociación absoluta entre la actividad política que pretenden llevar a cabo los partidos —todos— y la realidad del ciudadano común al que pretenden convencer sólo para arrancarle el voto.

Por ejemplo, la Encuesta Nacional Sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas realizada por la Secretaría de Gobernación, dada a conocer hace algunas semanas, puso el dedo en la llaga: sólo 4 % de los mexicanos confía en los partidos políticos y únicamente uno de cada 10 cree que los diputados y senadores toman en cuenta los intereses de la población al momento de legislar.

Lo dicho, la brecha crece. Y crece porque los partidos políticos son incapaces de mostrarse cercanos a la ciudadanía. Porque observamos candidatos que brincan de un partido a otro sin pudor alguno. Crece porque, salvo contadas excepciones, no parece haber principios ni ética entre quienes se ostentan como representantes populares. Crece porque la clase política no se ha cansado de defraudar una y otra vez a los ciudadanos que les manifiestan su confianza. Porque tenemos un árbitro electoral deslegitimado y atado de manos. Porque los partidos privilegian la confrontación a las propuestas. La brecha crece porque la partidocracia, empeñada en que sus miserias no sean exhibidas en los procesos electorales, convirtió al IFE en un organismo de censura. Crece porque la autoridad electoral y los partidos creen que con “milagrosos” spots publicitarios los ciudadanos se interesarán en el proceso electoral.

Para el 5 de julio, los mexicanos habremos visto o escuchado más de 24 millones de spots. La gran mayoría de ellos huecos y sin sustento. Así, a nadie debería extrañar que el desánimo por la política entre los ciudadanos, contagiado por la partidocracia, siga aumentando.

Porque tanto partidos como candidatos, lejos de acercar, alejan al ciudadano. Lejos de motivar, desmotivan a la sociedad. Lejos de estimular, desincentivan a la población.

Y la brecha crece cuando observamos cómo nuestro sistema es, además de descaradamente malo, de altísimo costo.

Por ejemplo, el gasto electoral de 2009 asignado al IFE, al Tribunal Electoral y los partidos políticos equivale al presupuesto de la Secretaría de Salud para todo un año de ejercicio.

Mientras los primeros ejercerán en conjunto 16 mil 600 millones de pesos, la dependencia encargada de la salud federal tendrá asignados 17 mil millones.

Por si fuera poco, el gasto electoral y de partidos es mucho mayor que el monto asignado a entidades especializadas en atención a la salud.

Los 12 mil 100 millones de pesos aprobados al IFE para este año equivalen a lo que en conjunto reciben siete hospitales especializados y 11 institutos de investigación como el de Cardiología, Cancerología, Neurología, Pediatría, Nutrición o Enfermedades Respiratorias, que tantas limitaciones tuvo para atender a pacientes del virus AH1N1.

Otro botón de muestra: los partidos políticos tendrán para las elecciones locales y federales un monto que supera en seis veces el presupuesto del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades, organismo dedicado a la prevención y seguimiento de padecimientos como la influenza.

Y así podríamos seguirle.

Queda de manifiesto que a la partidocracia le importa más el tamaño de su botín que la salud de los mexicanos.

Así, nadie debería de sorprenderse con datos como el del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública, de la Cámara de Diputados, que en el estudio Elecciones 2009 estima que en los comicios del próximo 5 de julio el abstencionismo fluctuará entre 65% y 69%.

Nos encaminamos, pues, a un histórico nivel de abstencionismo que, en los hechos, será la muestra más palpable del hartazgo ciudadano frente a la clase política.

Presidente de Construyamos un Mejor País, AC, y analista político en Proyecto 40