MÉXICO, D.F. (apro).- El escritor peruano nacionalizado español, Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010, calificó como un "fracaso" la guerra contra el narcotráfico emprendida por el presidente Felipe Calderón, y vaticinó que ese tropezón facilitará el regreso del PRI a Los Pinos.
Durante una charla con el historiador mexicano Enrique Krauze, en Madrid, el autor de La ciudad y los perros aseguró que "la lucha emprendida con gran coraje del gobierno mexicano contra las mafias ha fracasado estrepitosamente".
En la conversación, realizada durante la celebración por el 10 aniversario de la edición española de la revista Letras Libres, Vargas Llosa dijo que en la lucha anticrimen de Calderón "da la impresión" de que los cárteles del narcotráfico van ganando. "La violencia que ellas (las mafias) imponen es la que está en la actualidad", indicó.
El estrepitoso fracaso, dijo el escritor, ha creado una situación en la que el PRI, al que califica de "detestado y detestable", "puede volver al poder por elecciones limpias", por lo cual, cuestionó: "¿Qué pasó?, ¿qué es lo que ocurrió?, ¿por qué ese fracaso de un país que todo parecía indicar que iba a ir más bien hacia adelante?
Krauze respondió que en tiempos del PRI, había un sistema de control completo: político y social, en el cual el sistema de justicia no tenía nada que ver. "No era un estado de derecho, y al venir la democracia hubo un proceso de descentralización centrífugo y el poder volvió a los estados, a los gobiernos municipales y estatales, pero también volvió a los malos, a aquellos que operaban en combinación con los políticos locales y que ahora se dan cuenta de que ante un Estado débil ellos pueden volverse los viejos y los nuevos caciques de su lugar".
El historiador agregó que Calderón puso "énfasis total" en el Ejército y "poco énfasis en cosas como el lavado de dinero, la convivencia de los políticos y los delincuentes, el control de las aduanas, el control de las cárceles, que son como escuelas de delincuentes".
El historiador mexicano comentó que parece que México está condenado a tener cada cien años una revolución violenta, como la que tenemos ahora, dijo, agregando que la salida es fragmentaria y múltiple.
Proceso
09/10/2011
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domingo, 9 de octubre de 2011
lunes, 8 de junio de 2009
La dictadura que viene
Hermann Bellinghausen
Las recientes andanzas del otrora sartrecillo valiente”, Mario Vargas Llosa, en Venezuela, ilustran a qué grado la ultraderecha latinoamericana está perdida y está perdiendo. No que se idealicen o sobrevaloren los gobiernos “progresistas” de la región, ni que se minimice al fascismo que acecha, sino que en buena parte de nuestra América los pueblos son actores, participan y producen cambios; su situación es dura, pero son más libres que nunca. Incómodos, patrones y élites defienden histriónicamente una “libertad de expresión” de su propiedad, sin mejores recetas que ofrecer que la neoliberal, que a todas luces ya valió queso. Su “aportación” es sólo ruido para el escándalo mediático. Están vacíos.
A contracorriente de la tendencia progresista y movilizada en el continente (que no deja de ser frágil) van México y Colombia, únicos países donde la ultraderecha gobierna, ahora que ya ni los Bush-Chenney ocupan la Casa Blanca y el cerco a Cuba se desmorona después de medio siglo.
Otras vergüenzas comparten México y Colombia. Son los únicos donde el narcotráfico participa abiertamente en el poder político y económico, y controla grandes territorios, incluso gobiernos estatales, municipales y, al menos, parcelas del federal. Hace tiempo que nuestro territorio entró al relevo de los cárteles colombianos, bajo nuestras propias narices y en frontera con Estados Unidos (“el” mercado). Hoy lo pagamos con una “guerra” que ha permitido al calderonato militarizar el país, imponer bloqueos de robocops y provocar una matazón “anónima” sin fondo, que ya se lleva entre las patas a funcionarios, periodistas, líderes sociales o cualquiera que se ponga arisco y no se deje.
Otras víctimas colaterales son centenares de mujeres entre Toluca y Ciudad Juárez, y aquellas leyes que defendían nuestros derechos. Cada día más, la cambiante legislación cimenta estados de excepción y un Estado policiaco con atribuciones extraordinarias, aunque se realicen elecciones en una danza de millones publicitarios para parir el ratón del voto.
Colombia y México padecen presidentes pendencieros que pasan por “valientes”, y sus gobiernos los controlan una cuantas familias: los Santos, Medina Mora, Uribe, Salinas, y los barones del dinero que en ambas naciones prosperan con facilidad pasmosa.
En contextos históricos distintos, ambos países se encuentran en condiciones de guerra interna. En Colombia, el Estado “combate” narcos y paramilitares (en realidad sus cómplices), y sobre todo al factor guerrillero, desgastado y deslegitimado, pero desafiante. En México existen focos insurreccionales explícitos en los estados del sur, de por sí militarizados hace más de una década, pero sus exigencias son estrictamente sociales, no criminales, y el poder aprovecha sus propios ruidos para no escuchar esas demandas.
La verdadera “guerra” en México, si se le puede llamar así, se da por el control de plazas entre el crimen organizado y un gobierno fragmentado pero unido en su proyecto de hacer buenos negocios. Aqueja a la clase gobernante una mezcla de avidez y desesperación sumamente peligrosa, en la medida en que se permite validar estados de excepción con epidemias, fugas carcelarias, decapitaciones, obras públicas, rodajes de telenovelas o allanando el paso a las trasnacionales mineras y turísticas.
Atravesamos un crisis ambiental escandalosa. Una crisis económica sin paliativos. Una devaluación de la “política” y de los políticos tan aguda, que cuando las autoridades dan zarpazos autoritarios los justifican como “defensa de la política”.
Su compromiso con la verdad es mínimo y se sienten impunes, se fían de sus publicistas y aprietan el puño. Con Felipe Calderón hay un golpe de Estado en curso, que quizás se inició desde 2006, pero es ahora que se desenmascara (y se le puede llamar de todo menos incruento), cuando la clase gobernante, a pesar de su torpeza y su arrogancia, multiplica la represión mediante un discrecional aparato de violencia institucional y privada. Y el Ejército está en las calles y las montañas.
Servicios de seguridad contratados. Plena legalidad (y ágiles los trámites) para la intervención física y electrónica de la vida personal de los ciudadanos. Una dotación de miedos a explotar (¿cuál sigue? ¿No dicen que Al Qaeda quiere alquilar los túneles de Mexicali? Si no, algo más se les ocurrirá).
El desaire masivo que podría determinar los inminentes comicios intermedios y los impoderables de la nota roja seguirán en el tablero de los señores después de las elecciones. Sus pies son de barro, pero se nos acorta el tiempo para detenerlos.
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