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viernes, 9 de abril de 2010

Don Julio, el reportero

Ricardo Rocha
Detrás de la Noticia
08 de abril de 2010


No suelo hablar de lo que hacen o dejan de hacer otros colegas. Siempre he creído que los periodistas no estamos para hablar de nosotros mismos. Y que hay cosas más importantes allá afuera.
Hoy, sin embargo, es inevitable entrarle a la polémica generada por el reportaje del encuentro de Julio Scherer García con el capo del narco Ismael El Mayo Zambada. Que ha generado una cauda de comentarios dentro y fuera del país donde el influyente The Washington Post destaca las expresiones fundamentales de la entrevista. Mientras que a nivel nacional se ha desatado una feroz discusión: de un lado quienes defienden el trabajo periodístico de don Julio ponderando sus alcances y trascendencia; del otro, una reacción que podría ser cómica si no fuera tan malintencionada. Los de siempre, denostando la entrevista porque según ellos no dice nada pero criticando ferozmente varias de las frases que en ella se expresan, ¿por fin, dice o no dice algo? Luego, en el estridente desgarramiento de vestiduras atacan perrunamente a Scherer y Proceso por prestarse a ser mensajeros de uno de los criminales más buscados y por permitirle criticar a un gobierno perfecto y a un Ejército inmaculado como los que tenemos en México.

Yo me pregunto si El Mayo Zambada es más o menos criminal que la runfla de ladrones y asesinos impunes que ha padecido este país. Y que comparten con frecuencia las buenas mesas con los impugnadores de don Julio. Por cierto, ninguno de ellos reportero. O que nos muestren algún trabajo que siquiera haya llegado a la banqueta. Algo distinto a su entendimiento del país limitado en el mejor de los casos a los libros y a las pantallas cibernéticas y a la chorcha comodina con los poderosos de la política y el dinero, eso sí con el infaltable trago en tertulias sin fin.

La mera verdad ¿alguien de ustedes se imagina a alguno de estos críticos haciendo el viaje de don Julio y arrinconando a El Mayo sin que les temblaran las corvas? Yo no. Porque los impugnadores del fundador de Proceso jamás han sido reporteros. Beneficiarios de sus tribunas ignoran que el oficio de indagar y luego informar no es un hallazgo fortuito, sino una necesidad vital y hasta hormonal. Por eso se azotan como víboras chirrioneras a sabiendas de que ninguno de sus trabajos dizque periodísticos alcanzará siquiera el recuerdo. Su envidia de la mala —es mentira que existe de la buena—, su estatura moral, sus rencores y su ignorancia no les dan para calibrar un esfuerzo como el de Scherer. Qué van a saber ellos del miedo, de la adrenalina, de la incertidumbre, de las presiones, de la soledad, de ser uno y su circunstancia; de sobreponerse a todo y ejercer un oficio de la mejor manera posible.

A ver: no se trata de una apología, por el contrario, el reportero asoma al alma del entrevistado y no veo en ello nada de malo; en paralelo le arranca no una sino varias notas periodísticas, “es una guerra perdida… el narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción”. “El problema del narco envuelve a millones”. “Si me atrapan o me matan, nada cambia”. “Al Presidente lo engañan sus colaboradores y le informan de avances que no se dan”. “Tengo pánico de que me encierren”. “Cargo miedo”. Todo con un estilo narrativo inconfundible, que hace de los pequeños detalles las grandes revelaciones, muy literario, muy Scherer.

Que pudo estar mejor. Tal vez. Nada es más sencillo que corregir un texto o una entrevista. Y que en cambio construir un nombre es la gran tarea de la vida. Como la que ha conseguido don Julio que hoy llega a los 84 años. Por lo que le mando un abrazo fraterno y le agradezco lo que me ha dado. Porque si el oficio de reportero no existiera, Julio Scherer lo hubiera inventado.
El periodista, el capo y la foto
Nuevo enredo en México: ¿se vale abrir los micrófonos al narco?
GABRIELA WARKENTIN 08/04/2010

Directora del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México; Defensora del Televidente de Canal 22; conductora de radio y TV; articulista.

El capo abrazó al periodista, la foto salió en la portada. Y a todos se nos movieron un poco las certezas.

Parecía la crónica de un domingo cualquiera; terminó marcada por la "crónica de un encuentro insólito". Ya desde el sábado, los murmullos en las redes sociales y los humores de los adelantados nos habían puesto sobre aviso: EL periodista, Julio Scherer (decano de las letras informativas en México, personaje imprescindible del país en que nos hemos convertido, hombre al que se antepone el Don) aparece en una fotografía, en la portada del semanario Proceso (publicación emblemática, opositora como destino y estridente ocasional como marca); junto a él, Ismael El Mayo Zambada, capo entre los suyos, con el brazo sobre los hombros del periodista, el cuello erguido, porte de cazador y mirada que se intuye bajo la sombra de una gorra más camionera que deportiva. Al periodista se le notan los años, pero los porta con el aplomo del que se sabe; al capo se le notan los fueros, pero los recoge con la conciencia del que se expone. Así comenzó el fin de semana informativo, en este México inmerso en una guerra contra el crimen organizado, con cientos de muertes a cuestas, periodistas asesinados, regiones asoladas, horizontes por redefinirse. Uno diría, ¡no sacudan que las olas crecen! Pero bueno, así comenzó.

En páginas interiores de la revista, la crónica de Scherer, esa "crónica de un encuentro insólito". Cómo lo contactaron de parte del capo, cómo aceptó (porque "si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos..."), cómo lo transportaron, cómo llegó, cómo se encontró con ese otro, cómo no le pudo hacer las preguntas, cómo el otro contestó lo que quiso, cómo se terminaron por tomar la fotografía, ésa, la de la portada. "El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó." Vaya juego de palabras y de sugerencias: EL periodista frente a uno de los más buscados por la justicia; o en realidad no frente, sino en un abrazo que provoca.

Ahí, el domingo dejó de ser cualquiera, los días subsecuentes también. La edición de la revista se fue agotando. Y el coro se desató. Desde el mismo domingo, algunos periodistas de piel sensible reaccionaron ante las posibles críticas: ya sabemos que el que ejerce ve con recelo al que lo observa. Pero poco después, ¡ah!, vaya coliseo de voces encontradas. Por un lado, a quienes no les pareció. Argumentan que la entrevista no aporta, que el periodista terminó como mensajero del narco, que la fotografía muestra la rendición ante el poder fáctico, que el periodista se convierte en cómplice, que no hay nada noticioso, en fin, ¡que no aporta! Por el otro lado, a quienes sí les pareció. Argumentan que la crónica (que no entrevista) sí aporta, que es más importante lo que no se dice, que la contundencia de la imagen devela el fracaso de la guerra emprendida, que el periodista es eso y no procurador de justicia, que la publicación en sí misma es lo noticioso, en fin, ¡que sí aporta!

Las redes sociales bullen. Sólo en Twitter, el tema se mantuvo como el más discutido, en competencia apenas con la tragedia de enredos en que se ha convertido la misteriosa muerte de la pequeñita Paulette, en las periferias acomodadas de la capital mexicana. Los medios de comunicación se empapan del tema, y no hay opinador que se respete que no se aplique. Los detractores reclaman a los valedores su rendición incondicional ante Don Julio. Los valedores exhiben en los detractores enconos y envidias enquistadas. Hacia mediados de la semana, muchos comunicadores ya manifestaban las "preguntas que Don Julio debió haber formulado", en resumen, "la entrevista que debió haber hecho, no hizo y yo seguro habría hecho mejor". En el coliseo de la opinión, las voces se arrebatan la efímera espada de la verdad asumida.

Lo único cierto es que Julio Scherer, y Proceso, marcaron la agenda. Lo único cierto es que no sabemos qué hacer en este México en "guerra" (así nos lo han dicho), con actores que se definen y que son mejores jugadores mediáticos. Lo único cierto es que nos agarró desprevenidos y, ante la sorpresa, la reacción fue la descalificación inmediata o la adoración acrítica.

No veo con malos ojos la publicación. Me parece inútil centrarnos en la calidad de la entrevista, porque no lo es: recordemos, "crónica de un encuentro insólito". Foto y texto dicen más por lo que no explicitan, y porque incomodan. Sí, muchas cosas que reclamarle al narco: muerte, terror, sangre, prensa acallada, zonas devastadas, un México en guerra. Y sí, cosas que ponerle en frente a Julio Scherer, una no menor la delgada línea que separa su crónica de un proceso de humanizar al enemigo declarado. En otros momentos me he manifestado en contra de abrirle micrófonos, plumas o cámaras al crimen organizado. Y lo sostengo. Pero aquí ganó la contundencia, porque aún a pesar del ego del cronista, de las trivialidades que se asoman, de lo mucho que no se dice, confirmo, con esta sola publicación, que es fácil desnudar lo extraviados que estamos en encontrarle rumbo al enredado México del Siglo XXI.

El capo abrazó al periodista, la foto salió en la portada. Y todos, todos nos vimos en el espejo.

lunes, 5 de abril de 2010

"Si me atrapan o me matan... nada cambia"

Julio Scherer García

Una expresión de Julio Scherer García ha quedado grabada con hierro candente, entre muchas otras, en quienes colaboramos con él. “Si el Diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos…”. En el mayor de los sigilos, bajo la exigencia de reserva absoluta que él respetó y respeta, el fundador de Proceso fue convocado a encontrarse con Ismael El Mayo Zambada. “Tenía interés en conocerlo”, le dijo el capo del cártel de Sinaloa, colega y compadre de El Chapo Guzmán. En el encuentro, que terminó en puntos suspensivos, El Mayo Zambada dejó un reto: “Me pueden agarrar en cualquier momento… o nunca”.
Un día de febrero recibí en Proceso un mensaje que ofrecía datos claros acerca de su veracidad. Anunciaba que Ismael Zambada deseaba conversar conmigo.
La nota daba cuenta del sitio, la hora y el día en que una persona me conduciría al refugio del capo. No agregaba una palabra.
A partir de ese día ya no me soltó el desasosiego. Sin embargo, en momento alguno pensé en un atentado contra mi persona. Me sé vulnerable y así he vivido. No tengo chofer, rechazo la protección y generalmente viajo solo, la suerte siempre de mi lado.
La persistente inquietud tenía que ver con el trabajo periodístico. Inevitablemente debería contar las circunstancias y pormenores del viaje, pero no podría dejar indicios que llevaran a los persecutores del capo hasta su guarida. Recrearía tanto como me fuera posible la atmósfera del suceso y su verdad esencial, pero evitaría los datos que pudieran convertirme en un delator.
Me hizo bien recordar a Octavio Paz, a quien alguna vez le oí decir, enfático como era:
“Hasta el último latido del corazón, una vida puede rodar para siempre.”
Una mañana de sol absoluto, mi acompañante y yo abordamos un taxi del que no tuve ni la menor idea del sitio al que nos conduciría. Tras un recorrido breve, subimos a un segundo automóvil, luego a un tercero y finalmente a un cuarto. Caminamos en seguida un rato largo hasta detenernos ante una fachada color claro. Una señora nos abrió la puerta y no tuve manera de mirarla. Tan pronto corrió el cerrojo, desapareció.
La casa era de dos pisos, sólida. Por ahí había cinco cuadros, pájaros deformes en un cielo azuloso. En contraste, las paredes de las tres recámaras mostraban un frío abandono. En la sala habían sido acomodados sillones y sofás para unas diez personas y la mesa del comedor preveía seis comensales.
Me asomé a la cocina y abrí el refrigerador, refulgente y vacío. La curiosidad me llevó a buscar algún teléfono y sólo advertí aparatos fijos para la comunicación interna. La recámara que me fue asignada tenía al centro una cama estrecha y un buró de tres cajones polvosos. El colchón, sin sábana que lo cubriera, exhibía la pobreza de un cobertor viejo. Probé el agua de la regadera, fría, y en el lavamanos vi cuatro botellas de Bonafont y un jabón usado.
Hambrientos, el mensajero y yo salimos a la calle para comer, beber lo que fuera y estirar las piernas. Caminamos sin rumbo hasta una fonda grata, la música a un razonable volumen. Hablamos sin conversar, las frases cortadas sin alusión alguna a Zambada, al narco, la inseguridad, el ejército que patrullaba las zonas periféricas de la ciudad.
Volvimos a la casa desolada ya noche. Nos levantaríamos a las siete de la mañana. A las ocho del día siguiente desayunamos en un restaurante como hay muchos. Yo evitaba cualquier expresión que pudiera interpretarse como un signo de impaciencia o inquietud, incluso la mirada insistente a los ojos, una forma de la interrogación profunda. El tiempo se estiraba, indolente, y comíamos con lentitud.
Las horas siguientes transcurrieron entre las cuatro paredes ya conocidas. Yo llevaba conmigo un libro y me sumergí en la lectura, a medias. Mi acompañante parecía haber nacido para el aislamiento. Como si nada existiera a su alrededor, llegué a pensar que él mismo pudiera haber desaparecido sin darse cuenta, sin advertirlo. Me duele escribir que no tenía más vida que la servidumbre, la existencia sin otro horizonte que el minuto que viene.
“Ya nos avisarán –me dijo sorpresivamente–. La llamada vendrá por el celular.”
Pasó un tiempo informe, sin manecillas. ‘Paciencia’, me decía.
Salimos al fin a la oscuridad de la noche. En unas horas se cruzarían el ocaso y el amanecer sin luz ni sombra, quieto el mundo.
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Viajamos en una camioneta, seguidos de otra. La segunda desapareció de pronto y ocupó su lugar una tercera. Nos seguía, constante, a cien metros de distancia. Yo sentía la soledad y el silencio en un paisaje de planicies y montañas.
Por veredas y caminos sinuosos ascendimos una cuesta y de un instante a otro el universo entero dio un vuelco. Sobre una superficie de tierra apisonada y bajo un techo de troncos y bejucos, habíamos llegado al refugio del capo, cotizada su cabeza en millones de dólares, famoso como el Chapo y poderoso como el colombiano Escobar, en sus días de auge, zar de la droga.
Ismael Zambada me recibió con la mano dispuesta al saludo y unas palabras de bienvenida:
–Tenía mucho interés en conocerlo.
–Muchas gracias –respondí con naturalidad.
Me encontraba en una construcción rústica de dos recámaras y dos baños, según pude comprobar en los minutos que me pude apartar del capo para lavarme. Al exterior había una mesa de madera tosca para seis comensales, y bajo un árbol que parecía un bosque, tres sillas mecedoras con una pequeña mesa al centro. Me quedó claro que el cobertizo había sido levantado con el propósito de que el capo y su gente pudieran abandonarlo al primer signo de alarma. Percibí un pequeño grupo de hombres juramentados.
A corta distancia del narco, los guardaespaldas iban y venían, a veces los ojos en el jefe y a ratos en el panorama inmenso que se extendía a su alrededor. Todos cargaban su pistola y algunos, además, armas largas. Dueño de mí mismo, pero nervioso, vi en el suelo un arma negra que brillaba intensamente bajo un sol vertical. Me dije, deliberadamente forzada la imagen: podría tratarse de un animal sanguinario que dormita.
–Lo esperaba para que almorzáramos juntos–, me dijo Zambada y señaló la silla que ocuparía, ambos de frente.
Observé de reojo a su emisario, las mandíbulas apretadas. Me pedía que no fuera a decir que ya habíamos desayunado.
Al instante fuimos servidos con vasos de jugo de naranja y vasos de leche, carne, frijoles, tostadas, quesos que se desmoronaban entre los dedos o derretían en el paladar, café azucarado.
–Traigo conmigo una grabadora electrónica con juego para muchas horas–, aventuré con el propósito de ir creando un ambiente para la entrevista.
–Platiquemos primero.
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Le pregunté al capo por Vicente, Vicentillo.
–Es mi primogénito, el primero de cinco. Le digo “Mijo”. También es mi compadre.
Zambada siguió en la reseña personal:
–Tengo a mi esposa, cinco mujeres, quince nietos y un bisnieto. Ellas, las seis, están aquí, en los ranchos, hijas del monte, como yo. El monte es mi casa, mi familia, mi protección, mi tierra, el agua que bebo. La tierra siempre es buena, el cielo no.
–No le entiendo.
–A veces el cielo niega la lluvia.
Hubo un silencio que aproveché de la única manera que me fue posible:
–¿Y Vicente?
–Por ahora no quiero hablar de él. No sé si está en Chicago o Nueva York. Sé que estuvo en Matamoros.
–He de preguntarle, soy lo que soy. A propósito de su hijo, ¿vive usted su extradición con remordimientos que lo destrocen en su amor de padre?
–Hoy no voy a hablar de “Mijo”. Lo lloro.
–¿Grabamos?
Silencio.
–Tengo muchas preguntas–, insistí ya debilitado.
–Otro día. Tiene mi palabra.
Lo observaba. Sobrepasa el 1.80 de estatura y posee un cuerpo como una fortaleza, más allá de una barriga apenas pronunciada. Viste una playera y sus pantalones de mezclilla azul mantienen la línea recta de la ropa bien planchada. Se cubre con una gorra y el bigote recortado es de los que sugieren una sutil y permanente ironía.
–He leído sus libros y usted no miente–, me dice.
Detengo la mirada en el capo, los labios cerrados.
–Todos mienten, hasta Proceso. Su revista es la primera, informa más que todos, pero también miente.
–Señáleme un caso.
–Reseñó un matrimonio que no existió.
–¿El del Chapo Guzmán?
–Dio hasta pormenores de la boda.
–Sandra Ávila cuenta de una fiesta a la que ella concurrió y en la que estuvo presente el Chapo.
–Supe de la fiesta, pero fue una excepción en la vida del Chapo. Si él se exhibiera o yo lo hiciera, ya nos habrían agarrado.
–¿Algunas veces ha sentido cerca al ejército?
–Cuatro veces. El Chapo más.
–¿Qué tan cerca?
–Arriba, sobre mi cabeza. Huí por el monte, del que conozco los ramajes, los arroyos, las piedras, todo. A mí me agarran si me estoy quieto o me descuido, como al Chapo. Para que hoy pudiéramos reunirnos, vine de lejos. Y en cuanto terminemos, me voy.
–¿Teme que lo agarren?
–Tengo pánico de que me encierren.
–Si lo agarraran, ¿terminaría con su vida?
–No sé si tuviera los arrestos para matarme. Quiero pensar que sí, que me mataría.
Advierto que el capo cuida las palabras. Empleó el término arrestos, no el vocablo clásico que naturalmente habría esperado.
Zambada lleva el monte en el cuerpo, pero posee su propio encierro. Sus hijos, sus familias, sus nietos, los amigos de los hijos y los nietos, a todos les gustan las fiestas. Se reúnen con frecuencia en discos, en lugares públicos y el capo no puede acompañarlos. Me dice que para él no son los cumpleaños, las celebraciones en los santos, pasteles para los niños, la alegría de los quince años, la música, el baile.
–¿Hay en usted espacio para la tranquilidad?
–Cargo miedo.
–¿Todo el tiempo?
–Todo.
–¿Lo atraparán, finalmente?
–En cualquier momento o nunca.
Zambada tiene sesenta años y se inició en el narco a los dieciséis. Han transcurrido cuarenta y cuatro años que le dan una gran ventaja sobre sus persecutores de hoy. Sabe esconderse, sabe huir y se tiene por muy querido entre los hombres y las mujeres donde medio vive y medio muere a salto de mata.
–Hasta hoy no ha aparecido por ahí un traidor–, expresa de pronto para sí. Lo imagino insondable.
–¿Cómo se inició en el narco?
Su respuesta me hace sonreír.
–Nomás.
–¿Nomás?
Vuelvo a preguntar:
–¿Nomás?
Vuelve a responder:
–Nomás.
Por ahí no sigue el diálogo y me atengo a mis propias ideas: el narcotráfico como un imán irresistible y despiadado que persigue el dinero, el poder, los yates, los aviones, las mujeres propias y ajenas con las residencias y los edificios, las joyas como cuentas de colores para jugar, el impulso brutal que lleve a la cúspide. En la capacidad del narcotráfico existe, ya sin horizonte y aterradora, la capacidad para triturar.
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Zambada no objeta la persecución que el gobierno emprende para capturarlo. Está en su derecho y es su deber. Sin embargo, rechaza las acciones bárbaras del Ejército.
Los soldados, dice, rompen puertas y ventanas, penetran en la intimidad de las casas, siembran y esparcen el terror. En la guerra desatada encuentran inmediata respuesta a sus acometidas. El resultado es el número de víctimas que crece incesante. Los capos están en la mira, aunque ya no son las figuras únicas de otros tiempos.
–¿Qué son entonces? –pregunto.
Responde Zambada con un ejemplo fantasioso:
–Un día decido entregarme al gobierno para que me fusile. Mi caso debe ser ejemplar, un escarmiento para todos. Me fusilan y estalla la euforia. Pero al cabo de los días vamos sabiendo que nada cambió.
–¿Nada, caído el capo?
–El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí.
A juicio de Zambada, el gobierno llegó tarde a esta lucha y no hay quien pueda resolver en días problemas generados por años. Infiltrado el gobierno desde abajo, el tiempo hizo su “trabajo” en el corazón del sistema y la corrupción se arraigó en el país. Al presidente, además, lo engañan sus colaboradores. Son embusteros y le informan de avances, que no se dan, en esta guerra perdida.
–¿Por qué perdida?
–El narco está en la sociedad, arraigado como la corrupción.
–Y usted, ¿qué hace ahora?
–Yo me dedico a la agricultura y a la ganadería, pero si puedo hacer un negocio en los Estados Unidos, lo hago.
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Yo pretendía indagar acerca de la fortuna del capo y opté por valerme de la revista Forbes para introducir el tema en la conversación.
Lo vi a los ojos, disimulado un ánimo ansioso:
–¿Sabía usted que Forbes incluye al Chapo entre los grandes millonarios del mundo?
–Son tonterías.
Tenía en los labios la pregunta que seguiría, ahora superflua, pero ya no pude contenerla.
–¿Podría usted figurar en la lista de la revista?
–Ya le dije. Son tonterías.
–Es conocida su amistad con el Chapo Guzmán y no podría llamar la atención que usted lo esperara fuera de la cárcel de Puente Grande el día de la evasión. ¿Podría contarme de qué manera vivió esa historia?
–El Chapo Guzmán y yo somos amigos, compadres y nos hablamos por teléfono con frecuencia. Pero esa historia no existió. Es una mentira más que me cuelgan. Como la invención de que yo planeaba un atentado contra el presidente de la República. No se me ocurriría.
–Zulema Hernández, mujer del Chapo, me habló de la corrupción que imperaba en Puente Grande y de qué manera esa corrupción facilitó la fuga de su amante. ¿Tiene usted noticia acerca de los acontecimientos de ese día y cómo se fueron desarrollando?
–Yo sé que no hubo sangre, un solo muerto. Lo demás, lo desconozco.
Inesperada su pregunta, Zambada me sorprende:
–¿Usted se interesa por el Chapo?
–Sí, claro.
–¿Querría verlo?
–Yo lo vine a ver a usted.
–¿Le gustaría…?
–Por supuesto.
–Voy a llamarlo y a lo mejor lo ve.
La conversación llega a su fin. Zambada, de pie, camina bajo la plenitud del sol y nuevamente me sorprende:
–¿Nos tomamos una foto?
Sentí un calor interno, absolutamente explicable. La foto probaba la veracidad del encuentro con el capo.
Zambada llamó a uno de sus guardaespaldas y le pidió un sombrero. Se lo puso, blanco, finísimo.
–¿Cómo ve?
–El sombrero es tan llamativo que le resta personalidad.
–¿Entonces con la gorra?
–Me parece.
El guardaespaldas apuntó con la cámara y disparó.

Proceso 04/04/2010

El poder de “El Mayo”

Jorge Carrasco Araizaga

Aunque al hablar del cártel de Sinaloa se piensa de inmediato en El Chapo Guzmán, es Ismael Zambada García, El Mayo, el estratega del grupo de narcotráfico que un estudio de inteligencia estadunidense califica como el “dominante” en México. Otro análisis, de autoría mexicana, no sólo se refiere a los maestros de El Mayo y a su gran capacidad de infiltración y corrupción en las instituciones que lo buscan, sino también a la presunta sociedad que desde hace años mantiene con uno de los precandidatos del PRI al gobierno del estado de Sinaloa, el alcalde de Culiacán con licencia Jesús Vizcarra Calderón…
En los gobiernos del PAN, el cártel de Sinaloa se ha consolidado como la organización más importante del narcotráfico en México. Los reflectores se concentran en Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, pero los alcances del grupo delictivo no se explican sin Ismael Zambada García, El Mayo.
A El Chapo se le caracteriza como la cabeza de la organización, y a Zambada como su socio. Pero en realidad el cártel de Sinaloa es una red con varios liderazgos en la que destaca El Mayo como estratega del grupo.
El más mediático de los líderes del cártel es El Chapo, lo que aleja la atención sobre El Mayo, Ignacio Nacho Coronel y Juan José Esparragoza Moreno El Azul, quienes por años, junto con Guzmán, han ejercido el control de esa organización.
Con ellos operan los hermanos Cázares Salazar, señalados como los encargados de “blanquear” los recursos y entre los cuales se menciona a Blanca Margarita Cázares Salazar, La Emperatriz.
Cada uno con su propia estructura, estos personajes han hecho de la organización “la más formidable y dominante en México”, traficando drogas desde América del Sur hacia América del Norte, y armas a México, según un análisis de la firma privada de inteligencia estadunidense Stratfor, elaborado en diciembre pasado.
A diferencia de El Chapo, que se ha enfrascado en costosas batallas personales con los Carrillo y los Beltrán –antiguos aliados del cártel, principalmente en Sinaloa y Chihuahua–, El Mayo se mantiene como pieza clave en la operación del grupo, por su capacidad de penetración institucional –incluido el Ejército–, sus cuantiosas actividades financieras y su aptitud logística para mover droga, dinero y armas.
La Procuraduría General de la República (PGR) ha documentado en diversas averiguaciones previas esas actividades atribuidas a El Mayo. La justicia estadunidense también. Desde 2003, está acusado en la Corte federal para el distrito de Columbia, en Washington, de conspirar con el fin de importar y distribuir en Estados Unidos “cinco kilos o más” de cocaína.
Junto con él fueron acusados por el Departamento de Justicia estadunidense su hijo Vicente Zambada Niebla, El Niño o El Mayito, y Javier Torres, El JT. Su hijo y su operador ya fueron extraditados a Estados Unidos, en febrero de 2010 y en noviembre de 2006, respectivamente.
Como parte de las investigaciones, en 2007 el Departamento del Tesoro de Estados Unidos congeló y confiscó los bienes de su familia. Entre ellos los de Zambada Niebla, de 35 años.
De acuerdo con Stratfor, el grupo de El Mayo “experimentó un retroceso cuando su hijo (…) fue detenido en la Ciudad de México. Zambada Niebla era clave en el lavado de dinero y en las finanzas de la organización, además de que tuvo un importante rol logístico cuando era necesario. Su ausencia, sin embargo, no parece haber afectado significativamente las operaciones” del propio Ismael Zambada García.
La capacidad de operación de Ismael se mantiene a pesar de otros golpes recibidos, como el decomiso, en septiembre de 2008, de 26 millones de dólares en una residencia de Culiacán, donde operaban los hermanos Jesús Alfredo y José Lamberto Verdugo Calderón.
José Lamberto, muerto por el Ejército en enero de 2009, “era el prestanombres de El Mayo en varios ranchos ganaderos, entre ellos Los Mezquites y Potrero del Aguaje, así como el motel Monteverde”, al sur de Culiacán, entre otros negocios, según un reporte de los servicios de inteligencia mexicanos.
Pocas semanas después del decomiso, El Mayo tuvo otro revés. La detención de su hermano Jesús Zambada García, a quien se conocía como El Rey Zambada. Capturado en la Ciudad de México, en octubre de 2008, El Rey tenía el control del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. De esa manera, Ismael Zambada aseguraba la importación de cocaína y de precursores químicos para producir metanfetaminas.
Maestros y socios
El Mayo Zambada, de 60 años, fue iniciado en el narcotráfico por José Inés Calderón Quintero, quien entre los años setenta y los ochenta fue uno de los principales jefes del narcotráfico en Sinaloa y en el país, dice el mencionado reporte de los servicios de inteligencia mexicanos, que aborda las actividades empresariales y políticas del precandidato del PRI al gobierno del estado, Jesús Vizcarra Calderón.
En la investigación sobre el alcalde de Culiacán con licencia se asegura también que, desde los ochenta, El Mayo ha sido socio de Vizcarra Calderón, quien busca el gobierno de Sinaloa para el periodo 2011-2016.
En esa época, Ismael Zambada aprendió a operar en el narcotráfico no sólo por las enseñanzas de Calderón Quintero, sino también de narcotraficantes como Rafael Caro Quintero, Baltasar Díaz Vega, Ernesto Fonseca Carrillo Don Neto y Manuel Salcido Uzueta El Cochiloco.
Nacido en El Álamo, población del municipio Salvador Alvarado, Zambada García creció después a la sombra de Vicente Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, muerto en una cirugía plástica en 1997.
En 2001, El Mayo fue uno de los que protegió a El Chapo cuando se fugó del penal de máxima seguridad de Puente Grande, en febrero de ese año, a la llegada de Vicente Fox a la Presidencia de la República.
De su capacidad para corromper autoridades civiles y militares hay dos referentes: la infiltración del Centro de Inteligencia Antinarcóticos (Cian) del Ejército, en 2002, y la Operación Limpieza de la PGR, dada a conocer en noviembre de 2008.
No ha sido la de 2002 la única vez en que Zambada ha infiltrado al Ejército. En junio de 2009, la PGR informó del arraigo de nueve militares que la Secretaría de la Defensa Nacional entregó al Ministerio Público Federal por su presunta relación con El Mayo.
En el caso de la Operación Limpieza, se demostró que El Mayo y los Beltrán Leyva, entonces aliados, penetraron esa institución y la Secretaría de Seguridad Pública (SSP).
La PGR investigó a dos hombres cercanos del titular de la SSP, Genaro García Luna, por sus presuntas relaciones con Ismael Zambada: Luis Cárdenas Palomino, brazo derecho de García Luna, y Gerardo Garay Cadena, excomisionado de la entonces Policía Federal Preventiva, hoy Policía Federal.
Según las investigaciones, El Mayo pagaba a más de 35 agentes del Ministerio Público Federal entre 350 y 400 mil dólares para que lo mantuvieran informado sobre las acciones de la PGR contra su organización y cualquiera de sus miembros.
Los elementos de las dependencias infiltradas acabaron también divididos con las pugnas al interior del cártel, iniciadas en 2004, cuando El Chapo Guzmán ordenó el asesinato de Rodolfo Carrillo Fuentes, y agudizadas en 2008, cuando los hermanos Beltrán Leyva acusaron a Guzmán Loera de haber entregado a su hermano Alfredo, El Mochomo.
El Mayo tomó partido por El Chapo y ahora también está metido en la confrontación con las dos familias para expulsarlas de Sinaloa. A pesar de sus funciones de estratega, también cuenta con un fuerte brazo operativo. Sus hombres más conocidos por su capacidad de violencia son El Chino Ántrax, El Macho Prieto y El Ondiado. En las canciones de los jefes de sicarios de El Mayo se refieren a Ismael Zambada como El Padrino, Su Majestad o El M y La Z.
Los hombres de Zambada actúan ahora junto a sicarios del cártel del Golfo y de La Familia michoacana, organizaciones con las que El Chapo y El Mayo se han aliado en su confrontación con los Carrillo Fuentes, los Beltrán Leyva y Los Zetas.
Proceso05/04/2010

viernes, 10 de julio de 2009

Entrega IMSS guardería a “El Mayo” Zambada

LA REDACCIÓN

México, D.F., 10 de julio (apro).- El Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) avaló la operación de la guardería "Niño Feliz", registrada a nombre de familiares del narcotraficante Ismael, "El Mayo", Zambada.
Entre los propietarios de la estancia infantil se encuentran la hija del capo, María Teresa Zambada Niebla, así como sus parientes Maite Díaz Zambada, Javier Ernesto Díaz Zambada y Rosa María Zazueta Zambada.
El miércoles pasado, el IMSS publicó la lista de propietarios del sistema de estancias infantiles subrogadas, como respuesta a la tragedia del incendio de la guardería ABC en Sonora, adjudicada a familiares del gobernador Eduardo Bours y a parientes de Margarita Zavala, esposa del presidente Felipe Calderón.
En dicha lista se corroboró que familiares de políticos y funcionarios públicos obtuvieron los permisos de operación, como los casos de Felipe Calderón, Vicente Fox, Dulce María Sauri y Carlos Medina Plascencia, por citar algunos. No obstante, en una revisión detallada, puede corroborarse la participación del cártel de Zambada en el sistema de guarderías nacional.
De acuerdo con la ficha del IMSS, la representante de la guardería "Niño Feliz" es Carmen Amelia Araujo Laveaga, ubicada como operadora de "El Mayo" por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos.
El gobierno del país vecino advirtió en 2007 que "El Mayo" lavaba dinero a través de seis negocios establecidos, entre los que citó a dicha guardería.
En su noticiario matutino trasmitido por la empresa MVS, la periodista Carmen Aristegui entrevistó al director del IMSS, Daniel Karam, sobre la participación de "El Mayo" en las guarderías oficiales. El funcionario pretextó que él únicamente tiene la facultad de suspender una estancia infantil si incumple con las normas de operación.
"Niño Feliz" opera en Culiacán, Sinaloa, desde noviembre de 2001. Atiende a 209 niños, de los que obtiene un pago de 5 millones 640 mil pesos anuales por parte del IMSS.
Proceso10/07/2009

lunes, 23 de marzo de 2009

El Mayo Zambada, su historia, su clan

RICARDO RAVELO

El anuncio de la captura de Vicente Zambada Niebla, hijo de Ismael El Mayo Zambada, capo del cártel de Sinaloa, obedece más a un objetivo mediático que a una operación calculada para desmantelar a esa organización criminal. Aún más, parece destinado a aplacar el embate de Washington, en vísperas de la llegada a México de la secretaria de Estado Hillary Clinton y a unas cuantas semanas de la visita ya anunciada de Barack Obama. La estructura operativa de los Zambada, que se detalla en este reportaje, apenas fue rasguñada, pero el clan se muestra, sin embargo, sentimentalmente tocado. No en balde, El Vicentillo es el consentido de la familia...
En medio de las presiones provenientes de Estados Unidos por la presunta protección que se brinda en México al cártel de Sinaloa, el gobierno de Felipe Calderón respondió con un golpe mediático al detener a Vicente Zambada Niebla, El Vicentillo, pero aún sigue intocada tanto la estructura criminal como la red financiera de su padre, Ismael Zambada García, El Mayo, considerado dentro y fuera de México como uno de los capos más poderosos del país.
El jueves 19, la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y la Procuraduría General de la República (PGR) dieron a conocer la captura del hijo de Ismael Zambada García, El Mayo, mientras el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, afinaba en Washington la agenda y los pormenores de la visita de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, a México, programada para este miércoles 25, así como la del propio mandatario de ese país, Barack Obama, a mediados de abril.
En su boletín 309/09, emitido el viernes 20, la PGR informó que el arresto de El Vicentillo se realizó para "cumplimentar la orden de detención provisional con fines de extradición internacional, librada por el Juzgado Tercero de Procesos Penales Federales en el Distrito Federal, derivada de una orden de captura emitida por la Corte de Distrito de Columbia en los Estados Unidos, por los delitos de asociación delictuosa y distribución de cocaína para ser importada a los Estados Unidos".
En México, según la Sedena, el detenido no tiene ninguna averiguación abierta, aunque en el momento de su detención -dijo el portavoz de la dependencia- portaba armas para uso exclusivo de las Fuerzas Armadas.
La captura de Zambada Niebla, a quien la Sedena compara con Joaquín Guzmán Loera, El Chapo, por su poder y capacidad operativa, ocurrió luego de que la revista Forbes publicó que el llamado "capo del panismo" posee una fortuna de mil millones de dólares. Esta información provocó airadas reacciones en las clases política y empresarial, y hasta entre académicos especializados en el tema de la delincuencia organizada.
El investigador del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) Edgardo Buscaglia, por ejemplo, interpretó la inclusión de El Chapo en la lista de Forbes como "un claro mensaje" del gobierno estadunidense para que el presidente Calderón desmantele al cártel (de Sinaloa) cuya rentabilidad criminal ha sido tan evidente como descomunal en los ocho años que el PAN lleva gobernando al país (Proceso 1689).
Desde que ese partido ganó la Presidencia de la República en 2000, no sólo El Chapo Guzmán se fugó del penal de Puente Grande, Jalisco, sino que desde entonces sólo tres personajes emblemáticos del cártel de Sinaloa han sido capturados: Javier Torres Félix, El JT -exjefe de gatilleros de El Mayo Zambada-, Jesús Rey Zambada García y ahora Vicente Zambada Niebla, El Vicentillo.
Hasta hace menos de un lustro, Zambada Niebla era considerado un narcojunior dedicado a las correrías de juventud al lado de Vicente Carrillo Leyva (vástago de Amado Carrillo) y Nadia Patricia y Brenda Esparragoza Gastélum, hijas del capo Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, de quien no se habla.
Sin embargo, el resto de la estructura criminal, representada en buena medida por El Mayo, no sólo permanece en funcionamiento, sino que se extiende por más de 30 países del mundo, hasta donde han ido a parar las multimillonarias ganancias provenientes del tráfico de drogas y de una veintena de actividades delictivas manejadas por dicho cártel.
El reino del capo
Si Joaquín Guzmán Loera se convirtió desde enero de 2001 en una pesadilla para los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, El Mayo Zambada mantiene un comportamiento de "bajo perfil" que ha resultado clave para sobrevivir tres décadas en el negocio de las drogas sin ser perturbado.
Los problemas que ha enfrentado en la última década, por ejemplo, han derivado de diferencias entre socios y rivales, como la ocurrida en septiembre de 2004, cuando fue asesinado Rodolfo Carrillo Fuentes. En aquella ocasión (Proceso 1455), Vicente Carrillo, actual jefe del cártel de Juárez, le telefoneó a El Mayo Zambada para reclamarle la muerte de su hermano:
-Compadre, sólo quiero saber si estás conmigo o contra mí -le espetó.
-Estoy contigo, compadre.
-Entonces demuéstramelo entregándome la cabeza de ese hijo de la chingada.
Vicente Carrillo se refería a El Chapo Guzmán, a quien le atribuyeron la muerte de Rodolfo Carrillo, El Niño de Oro.
Fuera de esas diferencias, superadas por la salvaguarda del negocio, El Mayo Zambada al parecer no ha visto perturbadas sus actividades criminales.
En 1992, cuando comenzó el declive que liquidó la unión de los capos en el negocio de las drogas como una sola familia criminal, el cártel de Tijuana ofreció 3 millones de dólares a quien asesinara a El Mayo Zambada. El plan resultó un fracaso.
Hoy, la agencia antidrogas estadunidense (DEA) ofrece una recompensa de 5 millones de dólares a quien aporte información para detener a El Mayo, considerado uno de los narcotraficantes más poderosos del país. Hasta ahora nadie lo ha denunciado.
A lo largo de tres décadas, el llamado clan de El Mayo Zambada ha sufrido rasguños y bajas importantes, sobre todo desde el punto de vista sentimental, como las recientes detenciones de su hermano Jesús Reynaldo Zambada, El Rey, y la de su hijo Vicente, pero él mantiene boyante su red patrimonial y financiera a pesar de los cuantiosos decomisos de dinero y de droga efectuados por la PGR a miembros de su organización.
Zambada García es, junto con Esparragoza Moreno, uno de los capos más viejos en el negocio del narcotráfico. Él ha sabido sortear los embates de sus rivales y los del gobierno mediante "cañonazos" de dólares; además, sabe manejarse con discreción.
Esa habilidad se la reconocen incluso las autoridades. Zambada García no sólo se mueve con cautela para evadir al Ejército y a los agentes federales, algunos de los cuales son sus cómplices, sino que cuenta con una base de aceptación social. Es muy popular en Sinaloa, su entidad natal, donde prácticamente ha sido inmortalizado en corridos en los que se alude a él como El Rey, El Grande, El MZ , El Jefe, El Padrino. El Señor o El Patrón.
Considerado dentro y fuera de esa entidad como "el último reducto de la generosidad", Zambada García incursionó en el negocio de las drogas a finales de los setenta, cuando el narcotráfico era manejado en el Pacífico mexicano, entre otros, por personajes como Pablo Acosta Villarreal, cacique de Ojinaga, Chihuahua; Rafael Caro Quintero, y Miguel Ángel Félix Gallardo.
Existe una etapa de la juventud de Zambada García poco conocida. A finales de los setenta, él trabajaba como empleado en la Mueblería del Parque, en Culiacán, donde se desempeñaba como chofer y se encargaba de repartir entre los clientes muebles y aparatos de línea blanca.
En ese empleo Zambada García conoció a Rosario Niebla, quien trabajaba como secretaria. Se casó con ella y procrearon a Vicente Zambada Niebla, quien hoy tiene 34 años de edad y fue detenido el miércoles 18 en la Ciudad de México tras un operativo efectuado por efectivos militares y agentes de la Agencia Federal de Investigación (AFI).
Zambada García no duró mucho en ese empleo. Según refieren fuentes policiacas y personas que lo conocieron en esa época, quienes pidieron el anonimato, El Mayo siempre tuvo inclinaciones por las actividades delictivas. Esa proclividad lo llevó, tiempo después, a trabar relaciones con un grupo de colombianos allegados a su familia, quienes lo invitaron al negocio de las drogas, y ya no pudo dejarlo.
Desde principios de los ochenta su carrera delictiva ha sido vertiginosa y fulgurante. En 1993, tras el asesinato de Rafael Aguilar Guajardo, Zambada García se alió con Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, máximo jefe del cártel de Juárez en aquella época.
Se asoció, entre otros personajes, con Eduardo González Quirarte, El Flaco, publirrelacionista del cártel; con los hermanos Vicente y Rodolfo Carrillo; con Carlos Colín Padilla, cerebro financiero de la organización, con los hermanos Beltrán Leyva, Albino Quintero Meraz, Don Beto, y Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, considerado el decano de los capos mexicanos y el más hábil negociador entre grupos antagónicos.
En mayo de 2003, durante un cateo realizado a una de las residencias de El Azul en Cuernavaca, Morelos, agentes de la PGR encontraron la agenda de su hija Nadia Patricia Esparragoza, a quien se relacionó sentimentalmente con el entonces gobernador de la entidad, el panista Sergio Estrada Cajigal (Proceso 1492).
En aquella época, el mandatario morelense era investigado por la PGR por sus presuntos vínculos con el narcotráfico y, en particular, con Esparragoza Moreno, quien vivía cómodamente en esa entidad e incluso utilizaba el aeropuerto local para recibir cargamentos de droga que luego transportaba en vehículos de la policía local, a cargo del comandante Agustín Montiel, actualmente preso en el penal del Altiplano.
Las alianzas
Bajo el liderazgo de Carrillo Fuentes, Zambada García se mantuvo firme en el cártel de Juárez. Pero hubo fracturas a raíz de la muerte de Carrillo, por lo que decidió separarse de ese grupo criminal poco después de la fuga de El Chapo Guzmán, en enero de 2001. Fueron él y los hermanos Beltrán Leyva quienes le brindaron protección al evadido.
Desde entonces, Zambada García ha sobrevivido a las fracturas que ha sufrido el cártel de Sinaloa, incluso la de enero de 2008, provocada por la captura de Alfredo Beltrán, El Mochomo. A pesar de las pugnas internas y los embates del cártel del Golfo -su más acérrimo rival- y del gobierno federal, El Mayo se ha mantenido prácticamente intocable.
No sólo eso: ha incrementado su fortuna. En poblaciones de Sonora, Sinaloa y Nayarit incluso lo consideran benefactor, al grado de que los lugareños se refieren a él como El Señor.
Los socios de las empresas Leche Santa Mónica, Multiservicios Jeviz y Jamaro Constructores, asentadas en esas entidades y consideradas por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos como empresas fachada del cártel de Sinaloa, se jactaban de contribuir al desarrollo económico en la región.
Hasta el 18 de mayo de 2007, todo era bonanza para quienes manejaban esos corporativos. Pero sobrevino el derrumbe. Luego de cinco años de investigación, ese día el Departamento del Tesoro acreditó que las empresas, propiedad de Rosario Niebla, exesposa de El Mayo, y de sus hijas son producto del dinero obtenido por el tráfico de drogas. Al darse a conocer ese informe, la Secretaría de Hacienda determinó que en México no existen datos ni evidencias sobre actividades ilícitas de esos consorcios.
Así mismo, un día después del darse a conocer el informe del Departamento del Tesoro, la familia Zambada Niebla publicó un desplegado en diarios sinaloenses para rechazar las acusaciones. Señalaron que las empresas fueron creadas conforme a derecho, y que "los accionistas y sus representantes legales son personas que pueden demostrar su calidad moral... y solvencia necesaria para el desarrollo de sus actividades como empresarios".
Así, el capo de 62 años de edad se ha mantenido impune y desde hace varios años está bien conectado con las instituciones responsables de combatir el narcotráfico.
En noviembre de 2002, por ejemplo, el Centro de Inteligencia Antinarcóticos (Cian), cuerpo de élite del Ejército que depende directamente del secretario de la Defensa Nacional, fue infiltrado por las redes de El Mayo Zambada y El Chapo Guzmán.
La extinta Unidad Especializada en Delincuencia Organizada (UEDO) documentó que una de las piezas que servían de enlace entre el Cian y los capos citados era el sargento Marcelino Alejo Arroyo López. No es todo: La investigación 124/2002-V también detectó que las fugas de información para favorecer a Zambada y a sus socios (entonces aglutinados bajo el liderazgo de Amado Carrillo) se venían dando desde 1995.
En la red de vínculos que servían a Zambada García, de acuerdo con la Sedena, había más nombres: Francisco Tornez Castro, El capitán Tornez, quien había formado parte de diversas corporaciones policiacas; Salvador Ortega Becerra, exfuncionario de la desaparecida Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos contra la Salud (FEADS); Elvia Ramírez García y Rubén Escalante, este último se desempeñaba como subdirector de la Unidad de Apoyo Táctico de las Fuerzas de Apoyo de la Policía Federal Preventiva (PFP).
En octubre de 2008, el Ejército asestó un fuerte golpe al círculo familiar y empresarial de El Mayo al detener a su hermano, Jesús Zambada García, El Rey, y a 15 sicarios, quienes eran protegidos por agentes de la PFP. El Rey tenía su centro de operaciones en el Distrito Federal y en el Valle de México, pues con la protección de agentes federales mantenía un férreo control en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, en donde recibía cargamentos de cocaína y de precursores químicos para elaborar drogas sintéticas.
Otro golpe que asestó el gobierno, ésta vez a una parte de la estructura financiera de El Mayo, ocurrió el 14 de septiembre de 2008, cuando efectivos del Ejército aseguraron 26 millones de dólares cuya propiedad las autoridades federales atribuyeron a Zambada García.
Según la indagatoria PGR/SIEDO/UEIORPFAM/171/ 2008, el dinero estaba empaquetado en cajas de huevo, y presuntamente formaba parte de las ganancias del cártel de Sinaloa.
Pese a esos golpes, Ismael Zambada García mantiene casi intacto el poder acumulado desde que inició su carrera criminal. En El Álamo, Sinaloa, su pueblo natal, se le recuerda gratamente porque -según fuentes policiacas consultadas por Proceso- cada Navidad visita a familiares y viejos conocidos, a quienes suele repartir cervezas y dinero en efectivo.
En diciembre de 2006, cuando celebraba una posada en el rancho Los Mezquites, localizado a un kilómetro de la comunidad El Carrizal, cerca de Culiacán, estuvo a punto de ser detenido. Ese día se montó un operativo policiaco y militar para catear el rancho. El Ejército tenía información de que Zambada García estaría en la fiesta.
Los datos eran ciertos. Ese día el capo acudió a la posada, incluso brindó con los asistentes y bailó algunas piezas. Cuando el comando arribó al rancho para capturarlo, al filo de la medianoche, el viejo capo ya se había ido, informó el periódico El Noroeste.
Proceso 22/03/2009