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miércoles, 29 de septiembre de 2010

Iglesia: crimen sin castigo

Álvaro Delgado



MÉXICO, D.F., 27 de septiembre (apro).- Mientras la Secretaría de Gobernación trama cómo dejar impunes las insolencias y delitos del cardenal Juan Sandoval Iñiguez y del cura Hugo Valdemar, vocero de la arquidiócesis de la Ciudad de México, que describen como siervos del demonio a ciudadanos y autoridades que anteponen la razón a los dogmas, emerge una historia de intriga, codicia, pasión y muerte en el seno de la Iglesia católica de México.

Se trata del asesinato de monseñor Jesús Guízar Villanueva, canónigo de la Basílica de Guadalupe, cuyos familiares presumen que fue asesinado por enviar al papa Benedicto XVI información confidencial sobre los multimillonarios negocios ilícitos que se cometen en la Basílica de Guadalupe, manejada por monseñor Diego Monroy por órdenes del cardenal Norberto Rivera Carrera.

No es un asesinato menor --ninguno lo es--, pero se trata del sobrino de san Rafael Guízar y Valencia, santo desde 2006, y quien envió a Joseph Ratzinger, quien fue su profesor en Roma, varios reportes sobre las conductas de Monroy, rector del santuario que deja multimillonarias ganancias por las limosnas de los fieles.

En sus reportes, Guízar Villanueva hizo del conocimiento del pontífice el “afán desmedido por el dinero” de Monroy, quien ha logrado acumular “riquezas inexplicables”, no le paga al Episcopado mexicano los “ingresos económicos” que le corresponden del santuario y, para colmo, puso como tesorero de la Basílica a un amigo personal, el “laico Héctor Bustamante”, con quien suele realizar viajes a distintas partes del mundo.

Un ejemplo, en uno de los reportes confidenciales, fechado el 14 de junio de 2007, Guízar le advierte al cardenal Rivera que desapareció todo el “patrimonio” que Guillermo Schulenburg, antiguo abad de la Basílica, le dejó al cabildo. Eran “cuatro cuentas bancarias” depositadas en Estados Unidos y que “sumaban más de 60 millones de pesos, más un lote de joyas y 30 centenarios” que “le fueron entregados a Héctor Bustamante”, a quien Diego Monroy puso como tesorero sólo por ser su “querido”.

Tal como se describe en el reportaje de Rodrigo Vera publicado esta semana en Proceso, Guízar describía cómo la Basílica de Guadalupe se había convertido en una jugosa “empresa” alejada de sus fines pastorales y pedía al Papa en sus documentos --enviados a través del nuncio Christophe Pierre-- algo muy sencillo, pero también de consecuencias devastadoras:

“No que se me crea, sino que se me oiga y que se investigue a fondo, con auditorías o con una visita canónica, pues todos estos asuntos de injusticia, corrupción y prepotencia ya están flotando en el ambiente clerical”.

Y cuando el canónigo aguardaba una respuesta de Benedicto XVI, el 20 de enero, sus familiares lo encontraron golpeado e inconsciente en su cama. Fue llevado al hospital donde murió en circunstancias extrañas, al parecer asesinado, por lo que había logrado descubrir y de lo que había informado, también por escrito, a Norberto Rivera.

Luego de la muerte del religioso, sus parientes encontraron varias carpetas con documentación, entre ellas copias de los informes que, desde 2007, había entregado a Rivera y al Papa. El arquitecto Rafael Guízar Villanueva, hermano de la víctima, expone:

“A partir de nuestro hallazgo, las extrañas circunstancias de la muerte de mi hermano cobraron otra dimensión: los golpes que tenía; el absurdo traslado de un hospital a otro; el coma inducido que se le aplicó; los intentos de cremar su cuerpo y la súbita aparición de Diego Monroy tan pronto murió mi hermano. Él se había convertido en una piedra en el zapato que había que quitar para que ya no siguiera alebrestando”.

Gonzalo Guízar, el otro hermano, agrega: “Desde el punto de vista fisiológico, no era para que se hubiera muerto. Tenía 63 años y estaba relativamente sano. Había sufrido un infarto, pero se estaba atendiendo muy bien en el Centro Médico. Gozaba de buena salud”.

--¿Sospechan entonces que monseñor Jesús Guízar fue víctima de un homicidio?

--Sí, tenemos esa fundada sospecha. Sin embargo, al momento de su muerte no hicimos ninguna denuncia ante las autoridades judiciales pues no imaginábamos el peligro que corría.

--¿Diego Monroy pudo estar detrás de este supuesto asesinato?

--Sí, sobre todo a través del sacerdote Rafael Bustillo, representante de Fratesa, la asociación que ofrece los servicios médicos a los canónigos y sacerdotes de la Basílica. Bustillo fue quien ordenó toda la intervención médica. Él tiene mucho qué explicar.

--¿Suponen que el cardenal Norberto Rivera también está involucrado?

--Bueno, por lo menos tenía conocimiento de todo. Ahí están los informes que le entregaba mi hermano. Ambos llevaban una amistad de años, por lo menos desde que fueron profesores en la Universidad Pontificia.

Esta historia truculenta, que de no ser real podría parecer efectivamente un triller, es otra de las muchas en las que está involucrado el jerarca clerical más poderoso de México, el cardenal Norberto Rivera, y sus cómplices, entre ellos Diego Monroy y aun el amigo íntimo de éste, el laico Bustamante Rosa.

Por ejemplo, los tres están involucrados en la comercialización, en 12.5 millones de dólares, de la imagen de la Virgen de Guadalupe y de San Juan Diego, tal como documentó también Rodrigo Vera, en Proceso, y por lo cual se inició una averiguación previa en la Procuraduría General de la República (PGR), que sin embargo no ha arrojado resultados, porque sencillamente Felipe Calderón está sometido al clero…

Ese clero, por cierto, que no tiene la humildad cristiana para felicitar al obispo de Saltillo, Raúl Vera López, por haber sido premiado por la Fundación Rafto, de Noruega. ¿Por qué razón? "(Porque) es un crítico inflexible del abuso de poder y un valiente defensor de los inmigrantes, los indios, y otros grupos en riesgo en la sociedad mexicana". Por eso…



Apuntes



Habrá quienes digan que es un acto de coherencia, pero en realidad la senadora Minerva Hernández Ramos sólo hizo un mínimo esfuerzo para arrancarse la máscara. Como proclama ser “firme partidaria de las alianzas políticas”, este lunes anunció su renuncia al PRD y se sumó al PAN. Hernández Ramos, prominente integrante de la corriente Nueva Izquierda, que encabeza Jesús Ortega, fue candidata a gobernadora de Tlaxcala, pero a unas semanas de las elecciones declinó por la panista Adriana González, una alianza estéril ante el priista González Zarur, que ganó. Pues sí, ya ha comenzado el éxodo de perredistas `chuchistas` al PAN, como se los sugirió Andrés Manuel López Obrador…

jueves, 19 de marzo de 2009

Iglesia entrometida

Ricardo Rocha
Detrás de la Noticia19 de marzo de 2009


Ahora sólo falta que desde el púlpito nos digan por quién votar: como si no hubiera existido jamás una Reforma; como si jamás se hayan separado la Iglesia y el Estado; como si la Revolución resultase inútil y como si la revuelta cristera no nos hubiese manchado de sangre.

Desde luego, no son nuevas ni la sujeción ni la alcahuetería ni las complicidades de la jerarquía católica con el poder. Desde la Conquista, ésta se hizo a sangre, fuego y a cruz. Aunque justo sería deslindar a curas magníficos como Hidalgo y Morelos, como Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz, Raúl Vera, Miguel Concha y Luis Arriaga en tiempos recientes, que han cumplido su vocación pastoral. Igual hay sacerdotes inolvidables como el queridísimo y controversial Alejandro García Durán o el padre Chinchachoma, que viniendo de España a una escuela pirrurris acabó entregado a los niños de la calle en una obra que tras su muerte continúa. Pero la verdad, son garbanzos de a libra. Luces aisladas en una Iglesia cada vez más oscura. Excepciones que confirman un acercamiento aún más impúdico con hombres y mujeres del poder y una distancia ya infinita con sus feligreses.

En México tan sólo en los tiempos recientes sobran episodios para ilustrar este pecaminoso maridaje: recuérdese en el 68 al cura de San Miguel Canoa, Puebla, que haciéndole juego al gobierno diazordacista incitó al pueblo al linchamiento de unos excursionistas por el pecado de parecer estudiantes; también a los Arellano Félix con Prigione en la bendita nunciatura del DF; la aún extraña muerte del cardenal Posadas y los inacabables testimonios de obispos codeándose con la crema y nata de los capos del narco a lo largo y ancho del país; o metiéndole miedo a la gente en los sermones del 2006.

Ahora llama la atención el descaro con el que la jerarquía mete sus narices en el proceso electoral en flagrante violación constitucional. Salen con una injerencia lambiscona a favor, claro, del patrón federal en turno. Descaradamente piden a sus aún fieles no votar por el PRI debido a su negativa para avalar tal cual la iniciativa calderonista de Ley de Dominio, que no es otra cosa que el decomiso ipso facto de bienes de todo aquel sospechoso de pertenecer o servir al crimen organizado. Aunque, más allá del debate sobre la propuesta, está el intervencionismo injerencista eclesial al que sólo le falta decir que votemos por el PAN para contentar al Señor —de Los Pinos, claro— y ser todos muy felices acá en la tierra.

Donde por cierto se nota la mano de mártires de la buena vida como Norberto Rivera, al que exhibieron testimonios sobre su protección a por lo menos un sicópata cura pederasta, aunque ahora parezca absuelto. O el campeón del campo —de golf, faltaba más— Onésimo Cepeda, que oraba para que al gobierno dejara de temblarle la mano y se cargara a 300 o 400 de los de Atenco con tal de que se construyera el nuevo aeropuerto. Es su modo de practicar la caridad cristiana.
Por cierto, no se necesita ser ateo para renegar de esos curas. Yo, por ejemplo, me considero religioso y católico, pero no podría ser riverista u onesimista. Es como si se confunde el ser de izquierda con ser del PRD. Vámonos respetando, ¿no?